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Después de los 50

Mande su cerebro al gimnasio: aprenda un nuevo idioma

¿Quién dice que es mejor dejar a los jóvenes el aprendizaje de un idioma extranjero?.

Aprendiendo un segundo idioma

— Getty Images

In English | Allí estaba yo, con 69 años y saltando a una aventura única en la vida (en la mía, al menos): vivir en otro país —México—, donde hablan un idioma del cual nunca recibí ni un día de clases. Me advirtieron: “A tu edad, no será fácil”. Otros me aseguraron que el español era pan comido (resultó ser que esa gente nunca intentó hablarlo). Mi primo, profesor universitario de español, tuvo palabras menos alentadoras: “Les decimos a nuestros alumnos que deben dedicar cuatro horas de estudio por cada hora de clase”.

Mi esposo había muerto hacía poco. Mientras me recuperaba de la pérdida, me di cuenta de que ya no me alcanzaría el dinero para vivir en la ciudad de Nueva York —al menos no para vivir como yo deseaba hacerlo—, y no me entusiasmaba la idea de mudarme a un pueblo pequeño, donde debería sobrevivir con mi Seguro Social y algún otro pequeño ingreso que tuviera. De pronto me pareció que lo peor que me podría pasar sería que mi lápida rezara: “Vivió en un solo país”.

Para alguien en mi situación, México parecía tenerlo todo como país: estaba lo suficientemente cerca como para que me visitara mi familia y para volver cuando yo quisiera. Podría fácilmente regresar para tratarme médicamente —algo muy importante, ya que Medicare no brinda cobertura en el extranjero—. Quedaba al sur de nuestra frontera, por lo que se acabarían los inviernos fríos. Había observado, en visitas anteriores, que era un país grande y hermoso, lleno de gente amigable. Y, lo que era crucial para mí, estaría en la envidiable posición de vivir con dólares en una economía de pesos.

Elegí establecerme en una pequeña ciudad, en el área de montañas, llamada San Miguel de Allende, donde había ido en mi primera luna de miel, 40 años antes. Mi marido de ese entonces no había tomado ni una sola clase de español en su vida, pero parecía entenderse perfectamente con los lugareños (Olvidé que su facilidad con los idiomas no tenía nada que ver con que yo tuviese alguna; por otra parte, no había estado casada con él los últimos 20 años). Además del clima perfecto y la belleza del lugar, comprobé que, actualmente, San Miguel tiene una considerable comunidad “gringa”, por lo que no tendría que recitar el español con total fluidez inmediatamente.

Cómo se beneficia el cerebro

Nunca he sido una de esas personas que toman clases de idiomas como entretenimiento. Para comenzar, permítanme decirles que ustedes deberían ser una de esas personas, porque hace la vida más fácil y comunicativa, y hasta podría mantener su cerebro en buen estado. Como dijo un amigo psicólogo luego de asistir a un seminario de neurología: “Aprender un idioma es como mandar su cerebro al gimnasio”.

Aunque difícil de creer en esos días en que nos olvidamos de hasta el nombre de nuestro mejor amigo, nuestro cerebro se está desarrollando permanentemente, y si lo sometemos a tareas difíciles, seremos recompensados. En efecto, un segundo idioma desarrolla nuevas vías nerviosas en el cerebro, crea nuevas conexiones y agrega flexibilidad, y, por supuesto, un proyecto de este tipo tiene efectos enriquecedores similares en nuestro mundo.

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