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La dualidad de la aflicción

Osito de peluche

— David Oxberry/Getty Images

In English | Es uno de esos perfectos días de otoño, soleado y con temperaturas agradables, ni muy caluroso ni muy frío. Ni una brisa corre a través de la calle sin salida de este tranquilo vecindario de Los Ángeles, donde Pinney e Ilean Kanter están sentados a la mesa de la cocina y recuerdan a su nieta Elisa.

Mientras el día resplandece con promesas, los ojos de Ilean se llenan de lágrimas. Pinney, un ingeniero aeroespacial jubilado, está tenso por la pena emocional que siente mientras hablan de Elisa, una joven brillante y activa de 13 años que falleció repentinamente de una enfermedad cardíaca no detectada, el pasado mes de junio.

“Él nunca estalla en llanto —dice Ilean de su marido de 53 años—, pero yo sé que está llorando por dentro, sé lo que está pensando, está en su voz”.

Elisa era su única nieta. Los Kanter cuidaban de ella cuando era bebé, la llevaban de viaje cuando era pequeña y le abrieron la puerta de su hogar cuando se convirtió en una adolescente.

En un momento estaba viva y, aparentemente, saludable  —una alumna excelente y una destacada escritora y música, a sólo tres días antes de un viaje a Israel— y al momento siguiente, se había ido. Lo repentino de su muerte intensificó la pérdida. Cuando murió, el mundo que conocían se evaporó.

“Fui al hospital y froté su brazo —recuerda Ilean, sollozando suavemente—, la besé tres veces, no lo podía creer, aún no puedo. Nunca me sobrepondré a esto”.

En los días que siguieron a la muerte de Elisa, los Kanter ayudaron a sus padres  —  su hija, Debbie, y su yerno, Leslie— a sobrellevar su propia pena. Lloraron juntos, dice Ilean, con sus ojos llenos de lágrimas por el recuerdo, y hablaron sobre el amor y la alegría que Elisa trajo a sus vidas. Ilean y Pinney escuchaban mientras los padres hablaban, y liberaban la tristeza que llenaba su nueva soledad.

“Apoyábamos a Debbie con sólo estar allí —dice  Ilean—. ¿Qué más podíamos hacer? La llevaba a hacer compras; lo que ella quisiera. Intentaba hacerla reír cuando hablábamos de Elisa. Era la niña más dulce que pudiera uno conocer; cuando era pequeña, llamaba a la escalera mecánica el cocodrilo…”

Mientras Ilean habla, una pequeña terrier llamada Daisy, que compraron para Elisa, se acurruca en el piso cerca de ellos, un recuerdo de la niñita que habían ayudado a criar.  

Ahora, aún a menos de un año después de la muerte de Elisa, los Kanter, ambos en sus 80 años, continúan haciéndose cargo de su dolor, día a día.

Ilean se hace el propósito de hablar con Debbie por teléfono una o dos veces al día. Elisa se convierte en una presencia viva cuando la recuerdan, comenta Ilean.

“Debbie se siente defraudada y yo también. ¿Por qué Dios se la llevó tan pronto? Le digo a Debbie lo sola que me siento. No la quiero perturbar, pero es la forma en que ambas nos sentimos. Ella debe saber que no es la única que está sufriendo”.

Efectivamente, los abuelos son, con frecuencia, los que sufren en silencio. Desde un segundo plano, mientras intentan ser fuertes para sostener a su propio hijo o hija, los abuelos son llamados a cumplir el difícil papel de padres para sus afligidos hijos, al mismo tiempo que fijan la vista en el vacío dejado por la muerte de un nieto.

¿Cómo deberían actuar?, ¿qué deberían decirle a un hijo o hija que acaba de perder su tesoro más preciado?  

“La muerte de un nieto ocupa un lugar alto en la escala del dolor humano, pero esto rara vez es reconocido —escribe Helen Fitzgerald, directora de capacitación de American Hospice Foundation, en un ensayo en línea—. Por lo general, se deja que los abuelos salgan adelante como mejor puedan”. La muerte parece fuera de orden, agrega, y los fuerza a confrontar su propia mortalidad. ¿Por qué no murieron ellos primero?, ¿quién continuará ahora el nombre de la familia? “La pérdida —escribe Fitzgerald— resuena a través de las generaciones”.

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