El tratamiento que da Rivera Letelier a su personaje es a la vez burlón y lleno de compasión. Si bien algunas de sus ideas son supersticiosas ("El agua no hierve si se la mira"), a veces el Cristo de Elqui sorprende con un sentido común incontestable: "En vez de aprender a arrepentirse de los pecados, sería mejor aprender a no caer en ellos".
Pero, como suele ocurrir en las novelas del autor, los verdaderos protagonistas son los "pampinos" (habitantes de la pampa chilena): Mineros pobres y alcoholizados que llegaron a la región a menudo engañados o huyendo de la ley. Uno de los varios narradores de la novela parece ser un minero en huelga contra el nuevo patrón extranjero.
Entrelazadas con las desventuras del "Cristo", aparecen historias de explotación y masacres de “salitreros”, además de leyendas como la de un tren cargado de trabajadores sacados de un manicomio destruido por un terremoto, o la del obrero mapuche que se suicidó por amor haciéndose estallar con dinamita. Sin embargo, frente a la tragedia el autor siempre logra mantener un tono lúdico y vitalista, a través de un expresivo lenguaje repleto de jerga local y rico en imágenes barrocas.
Lo que no se puede decir de Rivera Letelier es que es un innovador. Su estilo se mantiene en un terreno muy familiar dentro de la narrativa latinoamericana, desarrollado una y mil veces por autores como Gabriel García Márquez. Sus aciertos provienen no de una propuesta narrativa diferente sino de su gracia y naturalidad a la hora de contar historias llenas de humor, humanidad y ternura.


















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