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Cómo convertirse en un “fuentette”

El extraductor de Carlos Fuentes pasó una semana de profundas transformaciones recluido con el autor.

In English | Fuentistas: Durante los años 70, estos fanáticos literarios podían ser identificados con facilidad, ya que se arrastraban detrás del escritor Carlos Fuentes por el campus de University of Pennsylvania (la Universidad de Pensilvania), donde Fuentes enseñaba. Era algo característico de estos grupis el estar pendientes de cada palabra de Fuentes y sentir una profunda admiración por sus dotes literarias.

En mi caso, sería necesario un largo aprendizaje, antes de que me uniera a sus filas.

Comenzó en 1984, cuando me nombraron editor de Review: Latin American Literature and Arts, una publicación de Americas Society. Pensé que publicar un extracto de la nueva novela de Carlos, Christopher Unborn —la cual yo había escuchado leída por él mismo en inglés (de su propia traducción) en University of Oklahoma (la Universidad de Oklahoma)— sería un golpe maestro. Me contacté con Carlos, que en ese entonces enseñaba en Washington D.C., y me envió un capítulo en español, diciéndome: “Haz lo que quieras con él”. Lo traduje, se lo envíe y muy pronto supe que no le había gustado lo que yo había hecho.

Desilusionado, supuse que mi corta relación con Fuentes había llegado a un abrupto fin. Me equivoqué. Una tarde, el teléfono sonó. Era la sonora voz de Carlos Fuentes, diciéndome: “Alfred, estuve pensando en ti”. La vieja imagen del Tío Sam que apuntaba con su dedo se metamorfoseó en Carlos Fuentes. Necesitaba un traductor para que continuara su traducción de Christopher Unborn desde donde él la había dejado, y pensó que, a pesar de mi traspié, yo podía hacerlo. ¿Aceptaría yo el trabajo?

Lo hice, aunque con tremendas dudas. Después de todo, la novela es larga, inimaginablemente compleja y contiene un gran rango de estilos, incluidos largos pasajes en el argot local de la Ciudad de México. Mi español, mi inglés y mi cordura serían puestos a prueba. No era parecido a nada de lo que había traducido en mi vida, pero el honor de traducir al autor de The Death of Artemio Cruz (La muerte de Artemio Cruz) era una oportunidad que nunca hubiera rechazado.

La estrecha colaboración de Carlos sería fundamental. Esto llevó a una experiencia única e inolvidable: un viaje a México con David Rieff, el entonces editor de Carlos en Farrar, Straus and Giroux, y una maratónica sesión de una semana de corrección. De qué manera logró Carlos convencer a Roger Straus, quien encabezaba Farrar, Strauss and Giroux, para que nos enviara a David y a mí a México, todavía escapa a mi comprensión. Los editores son famosos por su resistencia a desprenderse del efectivo. De todos modos, en la primavera de 1988, una vez que hube finalizado mi traducción, volé a la Ciudad de México con Rieff, para luego conducir hacia el sur, al estado de Morelos, al pintoresco pueblo de Tepoztlán. Otro ejemplo más del poder de persuasión de Carlos: había convencido a un amigo de que nos prestara su casa de campo —cocinero, personal y piscina incluidos—, para que pudiéramos estar totalmente aislados.

Carlos organizó el programa de trabajo con disciplina militar. En traje de baño, con una bata sobre los hombros, se sentaba a la cabecera de la larga mesa, con el manuscrito original frente a él. Rieff y yo nos sentábamos a los lados con la traducción, turnándonos para leer en voz alta. Trabajamos como esclavos de galeras, con algunos ocasionales recreos para almorzar, nadar o dar una caminata por Tepotzlán. Todavía recuerdo a Carlos señalando a las mujeres que lavaban la ropa en un riachuelo, mientras sus hijos devolvían cassettes a una dudosa —en ese pueblo— agencia de alquiler de videos. “Esto es un resumen del México moderno”, comentó Carlos. “No hay agua corriente, pero sí aparatos de televisión en todos lados”.

"Christopher Unborn, una de las grandes sátiras de la literatura latinoamericana del siglo XX, llegó al inglés a través de la sangre, el sudor y las lágrimas del autor, el editor y el traductor". —Alfred MacAdam

Sin embargo, de vuelta en el cuartel general de traducciones, esta colaboración era una sorpresa para Carlos. Nuestro ejercicio de lectura diaria era, de hecho, su primera revisión del original en español con un editor. La figura del editor —tal como la conocemos en el mundo editorial de Estados Unidos— recién había aparecido en el mundo de habla hispana. En el pasado, simplemente se suponía que el autor supervisaría su propio trabajo. Gracias a las sugerencias de David Rieff, Carlos se encontró haciendo modificaciones al texto en inglés que hubiera deseado hacer al original, cortando y eliminando cosas para que el relato resultara más fluido. De hecho, producir la traducción cambió la percepción del original por parte del autor. Para cuando terminó la semana, roncos y exhaustos, habíamos cumplido nuestro objetivo, y transformamos mi tosca traducción de Christopher Unborn en un libro legible en inglés.

Los lectores de habla inglesa podrían ahora disfrutar la acusación de Carlos al fiscal mexicano por mala administración y la fuerte crítica a los festejos por el 500.º aniversario del descubrimiento de América (1492-1992), y ver cómo el autor imaginó su país en un futuro cercano: endeudado hasta las orejas y deseoso no sólo de venderse al mejor postor, sino muy feliz de regalarse a sí mismo en una gran rifa. Christopher Unborn, una de las grandes sátiras de la literatura latinoamericana del siglo XX, llegó al inglés a través de la sangre, el sudor y las lágrimas del autor, el editor y el traductor.

Yo era ahora un "fuentette" hecho y derecho.

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