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Vivir a la sombra de un volcán

El Tungurahua en Ecuador se empina sobre una región conocida como la “puerta al Amazonas".

Volcán Tungurahua

— Foto por: Cecilia Puebla/AFP/Getty Images

In English | La “Garganta de fuego” estaba presente en la mente de Luis Alfonso Proaño cuando construyó su hospital; también estaba en la de Alfonso Guevara cuando construyó su refugio en una cueva.

Estos dos ecuatorianos poco tienen en común. Proaño, de 52 años, ejerció la medicina en Oklahoma hasta 1997, cuando regresó a su Ecuador natal, un país sudamericano situado en medio de los impresionantes Andes. Guevara, de 60 años, es un agricultor que nunca dejó su país.

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Lo que estos dos hombres sí tienen en común es su precaria situación: ambos viven a la sombra del Tungurahua —Garganta de Fuego, en la lengua quechua local—, un poderoso volcán que, con sus 16.575 pies de altura, es uno de los 10  picos más altos de Ecuador. Proaño y Guevara, al igual que los demás residentes del lugar, viven con el temor constante de que el volcán entre en erupción, lo que significaría la pérdida de sus fuentes de trabajo, cuando no, la de sus vidas mismas. Pero también se benefician con la encantadora belleza de los paisajes agrestes y del rico suelo volcánico, uno de los más fértiles del mundo. Y, si bien los bufidos y rugidos de la montaña asustan a algunos visitantes, el volcán también atrae al turismo, lo que genera trabajo y mejora la economía.

Tungurahua es parte de lo que el explorador alemán del siglo XIX Alexander von Humboldt llamó la Avenida de los Volcanes, un área al sur de la capital, Quito, que incluye nueve de los 10 picos más altos de Ecuador. Entre cada montaña, a una altura de 7.000 a 9.000 pies, yace un valle. Desde la era preincaica, distintos grupos étnicos han cultivado los densamente poblados valles. Hoy, miles de ecuatorianos y turistas extranjeros visitan la región cada año, para realizar caminatas o explorar la Avenida de los Volcanes desde una distancia segura.

Esa distancia es crucial: luego de permanecer dormido durante 81 años, el Tungurahua despertó violentamente en 1999, cuando escupió fuego y lanzó rocas a millas de distancia de su cráter, de 600 pies de ancho. Alrededor de 20.000 personas en Baños y otros poblados de la zona debieron ser evacuados durante meses.

“Tenemos que aprender a convivir con ‘Mamá Tungurahua’”, dice Proaño, quien ya estaba preocupado por las erupciones antes de construir su sueño, un pequeño hospital en su ciudad natal de Baños. Aun así, está feliz de haber regresado. “La vida en Estados Unidos se estaba convirtiendo en demasiado trabajo”, dice. Si bien ahora también está ocupado —combinando la medicina tradicional con la alternativa—, siente que tiene una vida más equilibrada, con más tiempo para dedicar a su familia y amigos, y para su pasatiempo favorito: sumergirse al amanecer en La Piscina de la Virgen, unas termas naturales que son alimentadas por las aguas hirvientes provenientes del Tungurahua. Pese a las erupciones, el peligroso volcán no lo asusta como para abandonar la zona. “Sólo confío en Dios”, dice. Y si fuera necesario, bromea, en el techo de concreto que cubre su cabeza.

Por otra parte, Guevara confía en la cueva cavada en su propiedad, en Runtún, un poblado situado a seis millas del Tungurahua. En este pozo, él y su familia buscarán refugio de la fuerza destructiva del rebelde volcán, si entrara nuevamente en erupción. Guevara, un granjero dedicado al cultivo del maíz y a la producción de lácteos, tiene manos grandes y callosas, y ama a los colibríes, para los que cultiva flores coloridas y perfumadas. Al igual que Proaño, se muestra decidido ante la posible furia del humeante “Gigante Negro”. “Estoy preparado”, dice.

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Old South Meeting House - Vista histórica de El recorrido de la libertad, Boston, Estados Unidos.

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