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Creciendo con un activista

Un legado de valores en defensa de los derechos de los trabajadores del campo.

In English | A través del sacrificio, el compromiso con la no violencia y su espiritualidad, César Chávez y Dolores Huerta cambiaron una nación. Juntos crearon el movimiento de trabajadores agrícolas, lucharon contra el sector de la agroindustria y organizaron a miles de trabajadores para que pudieran ganar un salario que les permitiera vivir y contar con condiciones de trabajo justas. En 1962, pusieron en marcha la Asociación Nacional de Trabajadores Agrícolas (National Farm Workers Association), que precedió la Unión de Campesinos Unidos (United Farm Workers of America, UFW).

Con el propósito de favorecer el avance de la causa, llevaron vidas austeras. Ambos dejaron de dedicar tiempo a sus grandes y queridas familias para defender los derechos humanos de los trabajadores del campo, y vivieron con lo mínimo para no distraer fondos del movimiento. También vivieron en peligro; muchas veces fueron amenazados de muerte.

Con la pasión y fortaleza que los caracterizaba, Chávez y Huerta lograron superar situaciones difíciles e inculcar sus propios valores sobre servicio y comunidad a sus hijos.

Hoy en día, Huerta continúa en la lucha, de la misma manera que lo hacen sus hijos, las familias de estos y los hijos de Chávez. Ellos continúan creyendo en las palabras de Chávez que marcaron el movimiento: "Es mi creencia más profunda que sólo dando vida encontramos la vida".

<p>&quot;Podemos elegir dedicar nuestras vidas al servicio de los demás y, de esta manera, hacer del mundo un lugar más justo y mejor para nuestros niños&quot;.<br> -César Chávez</p>

Los hijos de Chávez
Raspadas y volantes


Once años después de la muerte de Chávez, sus hijos lo recuerdan como un hombre amable y afectuoso.

Paul, uno de los ocho hijos que Chávez tuvo con su esposa Helen, es presidente del Centro Nacional de Servicio de Trabajadores Agrícolas (National Farm Workers Service Center Inc., NFWSC) la organización sin fines de lucro que fundaran Chávez y Huerta en los años sesenta. "Aprendimos desde temprana edad que teníamos que compartir a nuestro padre con toda su gran familia. Por supuesto, hubo ocasiones en que hubiésemos deseado tenerlo cerca —explica Paul, de 47 años— Tuvimos que crecer sin que nos pudiera llevar a las pequeñas ligas de béisbol, porque se encontraba de viaje o en diferentes campañas. Pero lo que sí hizo fue encontrar maneras de involucrarnos en su trabajo y en la labor del movimiento, lo que nos permitía pasar tiempo juntos. Así era de creativo".

Paul recuerda los primeros tiempos, cuando su padre no contaba con personal y tenía que repartir volantes. "Nos llevaba a mis hermanos, hermanas y primos, en su camioneta, a repartir volantes. Era un trabajo muy duro, pero al final del día nos invitaba con raspadas [helados] y nos llevaba al parque a jugar al sóftbol".

Compartir momentos apacibles era especial. "A medida que envejecemos me doy cuenta del sacrificio que nuestro padre hizo, y sé que fue muy duro para él; por lo tanto, es difícil juzgarlo, pues sabemos que no lo hacia de negligente, sino de sacrificado".

Luego de que Paul se graduara de la secundaria, su padre asumió un rol diferente: el de jefe. Paul recuerda cómo Chávez lo alentaba a ocupar diferentes puestos dentro del UFW. Empezó trabajando en la imprenta y luego pasó a organizar a los trabajadores. Posteriormente, sirvió como negociador, como director político del sindicato y como intercesor en Sacramento, California, y Washington, D.C. Sin el constante aliento de su padre, que le enseñó a confiar en sí mismo, cree que no hubiera podido enfrentar los diversos desafíos que se le presentaron.

Eloise Chávez Carrillo, supervisora de nómina de la Escuela Secundaria Delano, recuerda que era víctima de hostigamiento en la escuela y en la comunidad por las actividades de su padre. "Era muy duro -dice ella- En la escuela, los niños eran simplemente terribles. Recuerdo que acostumbraba decirle a mi padre: '¿No puedes ser un padre común y corriente, tener un trabajo común y corriente? La gente habla sobre ti' ".

La gente de la ciudad y los escolares acostumbraban a referirse a su padre como un haragán y comunista, y sostenían que estaba robando el dinero de la gente. "Mi padre se sentía mal cuando compartíamos esas historias con él, y siempre nos decía: 'Ofrezcan la otra mejilla. Rezaremos por ellos' ".

En la Escuela Secundaria Delano, "hasta la administración estaba en contra de los sindicatos de trabajadores —cuenta Chávez Carrillo, ahora de 52 años— En aquella época, los agricultores dominaban la escena. Muchos de ellos tenían a sus hijos en la escuela y éstos eran de nuestra edad. Había mucha actividad y piquetes de huelga y, por supuesto, cuando volvíamos el lunes a la escuela, escuchábamos comentarios al respecto".

Chávez Carrillo, una de las hijas del medio, explica que su fortaleza para enfrentar estas situaciones la heredó de sus padres. "Mi padre siempre nos recordaba que pusiéramos la otra mejilla y que había mucha gente que diría cosas para herirnos. Si tan sólo rezamos y tenemos fe, llegará el día en que esta gente se dé cuenta de que el sindicato está aquí para quedarse".

<p>&quot;Una cosa es donar a los niños ropa y comida, pero es mucho más importante enseñarles que otras personas, además de ellos, son importantes, y que lo mejor que pueden hacer con sus vidas es ponerla al servicio de los demás&quot;.<br> - Dolores Huerta</p>

Los hijos de Huerta
Creciendo con un activista


A la edad de 74 años, Huerta, madre, abuela y bisabuela, continúa fomentando la participación social. Su segunda hija, Lori de León, es promotora de programas de la fundación que lleva el nombre de su madre. "Tomé mucha conciencia, desde muy joven, de que había cierta gente cuyas necesidades básicas no estaban cubiertas. Acompañaba a mi madre a las casas [de los trabajadores agrícolas] y veía los pisos de tierra y las paredes fabricadas con cartón, alambrado para gallineros y rellenas con periódicos. Sabía que [mi madre] era una persona especial porque los ayudaba", dice su hija que tiene, actualmente, 52 años.

Ella recuerda lo difícil de compartir a su madre con el movimiento. "No nos criamos dentro de un marco familiar tradicional. Estábamos a la buena de Dios. A temprana edad, todos mis hermanos tomaron conciencia de la importancia de su trabajo". Recuerda cuando su madre pasó por alto su cumpleaños número 13, fecha muy especial para de León, para, en cambio, ayudar a organizar a los recolectores de naranjas que trabajaban para Minute Maid, en Florida. Huerta le dijo a su pequeña hija que al sacrificar sus necesidades y deseos personales en ese día, miles de trabajadores agrícolas y sus familias podrían beneficiarse. "¿Cómo podría alguien argumentar contra esto?", dice de León al evocar los dichos de su madre.

Los valores que le inculcó su madre quedaron demostrados a través de su activa participación social. "Hay cosas más importantes que el dinero, como la gente —dice de León, repitiendo las enseñanzas de su madre— La gente está primero. Cada individuo tiene un valor y debe ser valorado".

El alto perfil de Huerta, Chávez y del trabajo de ambos significaba la inminente amenaza de disturbios violentos. Los niños temían por la seguridad de sus padres, y con razón, dice de León. "Minutos antes del asesinato de Robert F. Kennedy, mi madre había estado a su lado, en el estrado, mientras daba su discurso de aceptación a la candidatura presidencial. Kennedy reconoció su trabajo y el de los trabajadores agrícolas que lo ayudaron a ganar las elecciones primarias de California. Minutos después, fue asesinado". Huerta sobrevivió también a ataques en su hogar y en los piquetes de huelga.

Inclusive, en una oportunidad, fue tomada de rehén.

Aprender a autocontrolarse frente a la violencia los hizo comprometer más aún con la no violencia, reflexiona de León. "Nosotros, mis hermanos y yo, y los hijos de César, tomamos conciencia de los tesoros que poseíamos en las personas de César y de mi madre. Todos estábamos dispuestos a ofrecer nuestras vidas para protegerlos".

Emilio J. Huerta, de 47 años y el segundo de los hermanos, es el asesor general del NFWSC. Si bien admite que la situación financiera por la que pasó su familia fue muy penosa, dice que la participación social de su madre enriqueció su crianza. Cuando Dolores Huerta seguía a los trabajadores por todo el país, llevaba consigo a sus hijos.

"En cierto aspecto, era difícil porque nos mudábamos muy seguido. pero, al mismo tiempo, conocimos muchas cosas de este país, que, probablemente, no hubiéramos conocido de otra manera —dice— Vivimos en San Francisco y en la Ciudad de Nueva York. Tuvimos la oportunidad de viajar a lugares como Chicago y por todo California. Pudimos experimentar el vivir en comunidades diferentes, entre diferentes tipos de gente. Estuvimos en la primera línea y fuimos testigos presenciales de muchos de los cambios sociales que tuvieron lugar en aquella época".

Su madre proveyó principios básicos muy sólidos a sus once hijos.

"Siempre me alentó a utilizar mi inteligencia e ingenio. Ella me hizo ver que yo era inteligente y fomentó que empleara mis habilidades para ayudar a la gente tal como ella hizo —recuerda— En algún momento su sueño fue que todos nosotros fuéramos dirigentes laborales o activistas. A nuestro modo, lo fuimos. Siempre nos alentó a servir a los demás. Yo soy abogado, mi hermano es médico y mi hermana es enfermera. Nos inclinamos por profesiones que ayudarían a la gente a mejorar sus vidas. Ésa fue su única preocupación mientras crecíamos".

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