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Una carta de amor para Tuesday

Un veterano de Irak y el sorprendente perro que le ayuda a manejar sus angustias postraumáticas.

Luis Carlos Montalván conoció al perro que le devolvería la vida un martes, el día de la elección presidencial que llevaría a Barack Obama a la Casa Blanca. Por coincidencia, el perro se llamaba Tuesday —martes en inglés— aunque nadie sabe por qué.

Vea también: Mascotas terapéuticas.

Pero a Montalván —ex capitán del ejército estadounidense, incapacitado por heridas y traumas en la guerra de Iraq— ya no le preocupa el origen del nombre de su perro. Lo importante es la manera en que Tuesday diariamente lo acompaña, lo ayuda, y lo rescata de los lugares tenebrosos donde la mente de Montalván se estanca cuando, de pronto, los recuerdos de la guerra se apoderan de él.

“No pasa un día sin que yo de gracias por tener a Tuesday en mi vida,” dice Montalván, que camina con un bastón y habla lenta aunque claramente, a pesar del trauma que sufrió en el cerebro durante un atentado en Iraq. “Pero Tuesday siempre está a mi lado. Mi vida no sería posible sin todo lo que él hace por mí.”

Es cierto. Si Montalván se paraliza, o comienza a sudar presa de sus angustias, Tuesday lo devuelve a la realidad con un lenguazo, una mirada o un empujoncito en la pierna, apenas perceptible para los demás, con el que parece decirle: “Tranquilo, no estás solo.”

Es difícil no quedar prendado de Tuesday, un perro color caramelo con destellos dorados y una mirada profunda. Durante esta entrevista, Tuesday se acercó y me lamió, primero los pies y luego las manos. Después, se echó a mis pies, moviendo la cola con desenfado. Sorprendida y un poco incómoda —nunca he tenido mascotas y no sé cómo reaccionar ante la devoción de un animal— le pregunté a Montalván por qué Tuesday actuaba así.

“No lo sé,” dijo Montalván, que enseguida detectó una mueca de dolor en mi rostro. “¿Te duele algo?”

Sí, esa mañana me dolía el cuello terriblemente y no encontraba posición cómoda en el sofá del pequeño apartamento de una sola habitación que Tuesday y Montalván comparten, en el barrio de Morningside Heights en Manhattan.

“Por eso es,” me dijo. “Está tratando de distraerte.”

Y lo logró. Tuesday está entrenado para detectar el mínimo gesto en el lenguaje corporal de una persona; especialmente, aquellos signos de alteración o incomodidad. Y, más asombroso aun, los sutiles cambios en el patrón de respiración que le suceden a Montalván cuando está angustiado, adolorido o sufre pesadillas al dormir.

Desde que Tuesday llegó a su vida —a través de un programa que provee a veteranos incapacitados con perros de servicio sin costo alguno— Montalván duerme mejor porque duerme abrazado a su perro.

También ha recuperado su balance. Antes de Tuesday, Montalván se caía con frecuencia. En ocasiones, de manera aparatosa en las escaleras del metro de Nueva York. Ahora, Tuesday le ayuda a subir y bajar escaleras con precisión porque lo espera y lo guía con su hocico.  “En un gentío, Tuesday interpone su cuerpo y me protege”,  dice Montalván, que se siente ansioso en espacios cerrados y atestados de gente. “De mirarme solamente sabe lo que estoy sintiendo y me protege.”

Así lo narra Montalván en su libro, Until Tuesday: A Wounded Warrior and the Golden Retriever Who Saved Him, que estuvo varias semanas en la lista de los libros más vendidos del New York Times este verano. El libro, escrito con Bret Witter, es una carta de amor a Tuesday, pero es, además, una ventana al fascinante mundo de los perros entrenados para servir.

Perros de servicio

Hay perros entrenados para ayudar a diabéticos, inválidos, niños autistas y hasta aquellos que respiran con la ayuda de un pulmón artificial. Los perros —entrenados para observar a su dueño y a detectar el mínimo cambio en su respiración, rostro o comportamiento— aprenden a interpretar las señales de, por ejemplo, un bajón de azúcar, y pueden alertar a su amo o incluso buscar la medicina que necesitan.

Por ejemplo, cuando Montalván estaba escribiendo capítulos de su libro que lo llevaban de vuelta a la guerra de Iraq, Tuesday percibía el tumulto de emociones y la ansiedad que se apoderaban de su dueño. Entonces el perro se subía en la cama y —con gran delicadeza pero también con gran determinación— ponía su hocico sobre el teclado de la computadora.  Esa era la señal para que Montalván dejara de escribir y, hundiendo sus manos, en el tibio pelaje de Tuesday, se olvidara de todo lo que no fuera su mejor amigo.

Montalván, hijo de un cubano y una puertorriqueña, nació y se crió en Washington, DC., y enlistó en el ejército el día que cumplió 17 años, siguiendo un sueño de niñez. Actualmente, está estudiando una maestría de comunicación estratégica en la Universidad de Columbia, la misma universidad de donde se graduó el año pasado con una maestría de periodismo, y se ha convertido en un activista a favor de los derechos de los veteranos, particularmente los incapacitados.

Cuando no está estudiando o promoviendo su libro, escribe artículos sobre veteranos en los cuales recuerda el gran sacrificio de los soldados en las guerras de Iraq y Afganistán. Además, siempre acompañado por Tuesday, suele dar charlas en diferentes lugares por todo el país a favor de los veteranos.

Pero se imagina, en un futuro no muy lejano, viviendo en una finca rodeado de perros y caballos, lejos de la ciudad, el ruido y las multitudes. Busca la paz y el aire puro, no solo para él, sino también para Tuesday.

“Esas paticas”, dice Montalván con cariño, acercando su rostro al de Tuesday, “no fueron hechas para caminar por el duro asfalto de esta ciudad”.

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