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Sonidos del pasado

En una entrevista con su madre para StoryCorps Historias, el editor asociado Carlos J. Queirós se entera de sus sacrificios, penas y alegrías.

In English | Es un día claro y soleado y Mamá y yo nos dirigimos hacia Nueva York desde Nueva Jersey. Sin embargo, nuestro verdadero destino es visitar el pasado. Vamos a grabar una entrevista para StoryCorps Historias, una iniciativa para dejar constancia de las diversas historias de los latinos estadounidenses.

Llegamos a la cabina de grabación perfectamente rectangular en la plaza Foley, frente al Palacio de Justicia de Estados Unidos, donde nos recibe Veronica Ordaz, la supervisora de la sede de StoryCorps en la Ciudad de Nueva York, quien nos guiará a través del proceso. Hace calor dentro de la cabina, así que nos quitamos los abrigos. Aunque le dije a Mamá que no había necesidad de vestirse elegantemente, ella viste un blazer con rayas marrones, adornado con un pendiente en forma de mariposa, y un collar que le da varias vueltas alrededor del cuello. Yo tengo puesto un suéter a rombos marrón y gris, y me doy cuenta de que combinamos.
 
Veronica nos guía a nuestros asientos, nos brinda agua y nos alcanza unas lapiceras especiales que se utilizan para completar los sencillos formularios de consentimiento. Nos da las instrucciones en un español fluido, lo que hace que Mamá se sienta cómoda. Los dos marcamos las casillas para que nuestra entrevista se incluya en el proyecto Historias y casi inmediatamente nos acompaña a la habitación de al lado, que está a dos pasos, donde se grabará la entrevista. Nos enteramos de que, cuando terminemos, no sólo obtendremos un CD gratis de nuestra entrevista, sino que ésta será archivada en la Biblioteca del Congreso para futuras generaciones.

La habitación está a media luz y cuenta con una mesa, dos sillas y, a un costado un equipo de sonido en el que Veronica ajusta los niveles de grabación. Mamá y yo ocupamos nuestros asientos, uno frente al otro, y si no fuera por los dos micrófonos suspendidos cerca de nuestros rostros como dos esponjosos barquillos de helado, se diría que estábamos sentados ante una acogedora mesa de cocina. Me preocupa que los micrófonos puedan inhibir las respuestas de Mamá. Una vez ajustado el nivel de sonido, Veronica cierra la puerta de la habitación, y el sonido de succión hace que el momento se sumerja en lo mágico y lo sagrado. El día de hoy le ha sido arrebatado al tiempo. En una típica tarde de jueves estaría normalmene trabajando frente al monitor de la computadora y Mamá estaría cuidando a Jason, un niño de un año, pero la familia del niño está visitando familiares en Brasil.

Nos piden que comencemos por decir nuestros nombres completos, edades, fecha y lugar. Hablamos en portugués; hacerlo en otro idioma nos haría sentir extraños.

“Mi nombre es Natalina Queirós. Tengo 55 años. Hoy es 7 de enero de 2010, y estoy en Nueva York con mi hijo, Carlos Queirós”. La voz de Mamá transmite certeza, claridad y orgullo.

Respiro profundamente y hago la primera pregunta: “¿Cuál fue el momento más feliz de tu vida?”

Se produce una pausa mientras espero que Mamá viaje la distancia necesaria hacia el pasado. Miro dentro de sus ojos marrones, enmarcados por unas gafas oscuras rectangulares que parecen acortar la larga y distintiva nariz que compartimos. Me hace recordar lo hermosa que es, cómo siempre se comportó con dignidad, orgullosa de su apariencia —sigue yendo al salón de belleza casi todos los sábados para prepararse para las noches de baile con sus amigas—. Cuando comienza a hablar, me sorprende que los micrófonos, intrusos hasta hace un momento, han desaparecido. También desaparecen el equipo de sonido y Veronica. Sólo estamos Mamá y yo, conversando. Nada podría ser más simple.

"Quando eu dei à luz a minha primeira filha." responde. Y me viene a la mente lo involuntariamente poético que puede ser el idioma portugués al describir el nacimiento como “dar a luz” a su primera hija. “Tenía 19 años, y acabábamos de llegar a Venezuela de Portugal. Tu papá tenía 21 años y era dueño de una carnicería que no podía dejar desatendida. Me sentía nerviosa y abandonada, pero cuando llegó Elika, sentí que poseía la riqueza más grande del mundo, algo mío”.

Imagino a Papá, que ahora tiene 59 años, en este preciso momento, a menos de una hora de distancia, cortando carne para ShopRite en Elizabeth, Nueva Jersey. Recuerdo que cuando niño lo veía llegar a veces con un pulgar a medio amputar, vendado como una momia. Nunca se quejaba; no era nada, sólo trabajo.

El siguiente par de minutos, Mamá contesta mis preguntas de un modo directo, casi sin titubear.

Luego de unos cuatro minutos, pregunto: “¿Cómo quieres ser recordada?”

Se produce una pequeña pausa. Emerge entonces una voz gutural y los ojos brillan detrás de las gafas: “Como alguien que siempre trabajó duro por sus hijos”, dice, levantándose las gafas para secarse las lágrimas. “Alguien que hizo muchos sacrificios por sus hijos y continúa haciéndolos, como una buena madre. Así es como quiero ser recordada”.

Respiro profundo, me enderezo en mi asiento y miro abajo hacia mis preguntas escritas con ojos nublados. Resisto el impulso de tomar a Mamá de la mano con el deseo de darle espacio para que sienta lo que necesita sentir. Me llevo una manga a los ojos, respiro otra vez y trato de mantener el control sobre mí mismo.

Su respuesta acerca de los sacrificios hechos como madre lleva la conversación a Jason, el pequeño niño que cuida durante la semana. Su cara se ilumina cuando describe cómo lo baña, cómo lo alimenta, cómo les deja notas detalladas a sus padres. Mamá me ha mostrado fotos y me ha contado tanto acerca de este niño —lo inteligente que es, cómo sonríe cuando ella entra en la habitación y sobre el tiempo que pasan juntos— que siento que es un hermano perdido hace tiempo que conoceré algún día. Termina diciendo que lo ama mucho.

“¿Hay cosas que haces con Jason que desearías haber podido hacer con nosotros?”, pregunto, curioso acerca de las lecciones aprendidas por haber criado a tres hijos.

“Lo observo casi 12 horas por día, veo cada gesto, las venas de su cuello cuando respira, cada vez que mueve sus deditos. Esto es algo que no pude hacer con ustedes. Siempre tenía que trabajar. Y he llegado a saber que esas personas que los cuidaban” —hace una pausa, para luego atragantarse con sus últimas palabras— “no siempre los trataban bien. Me siento tan—”.

“Hiciste lo mejor que pudiste”, interrumpo, antes de que pueda viajar más lejos por ese camino de remordimientos.

Más tarde, Mamá habla de lo dura que era para la familia la vida de inmigrante. En Portugal eran pobres, pero podían comer lo que producía el suelo. Cuando llegaron a Venezuela, y luego a Estados Unidos, vendieron lo único que podían: su trabajo. Para Mamá, eso significaba trabajar a destajo como costurera, por lo que le pagaban entre 5 y 12 centavos por prenda. “Me saltaba el almuerzo para poder coser más piezas”, recuerda. “Los jefes me apreciaban porque podían contar conmigo, pero las otras mujeres me llamaban portuguesa loca. Estaba hambrienta, pero de trabajo”.

Finalmente el cartílago de su rodilla derecha se desgastó —como los frenos de un auto, explica— y los médicos rehusaron dejarla volver a pedalear en la máquina de coser. Hasta que comenzó a limpiar casas, ella estaba segura de que ser costurera era el trabajo más duro. “Al menos una está sentada”, dice, “pero con la limpieza, subes y bajas escaleras con pesadas aspiradoras, y debes limpiar baños sucios y hornos que nunca se mantienen limpios”.

Recuerdo que, durante esos años, no importaba cuántas veces Mamá se duchara y se perfumara, siempre tenía un olor a lavandina; y sus uñas, a pesar de que utilizaba guantes, siempre estaban deterioradas debido a los productos químicos de los limpiadores.

Intenté llevar la conversación hacia temas más placenteros: “¿Qué recuerdo sobre mí es tu favorito?”

“Hay tantos que no puedo elegir, aunque uno de los más dolorosos fue…”.

Pensé interrumpirla, pero esta entrevista parecía ser catártica para ella. Otra vez se producen algunas pausas en sus respuestas. Estos hechos son los que le dan significado a su vida, y permanecí sentado, atento, embelesado, y sí, también con un poco de pesar.

“El más doloroso fue cuando viniste a casa a retirar tu colchón cuando te graduaste de la universidad y dijiste que te ibas a vivir a Nueva York. Yo tenía esa gran mesa de cocina para nosotros cinco, y cada vez que alguno de ustedes se iba, sacaba una de sus hojas de extensión. Esa noche saqué la última hoja y me senté frente a tu padre en una mesa muy pequeña que se sentía demasiado grande. No lo pude resistir. Tuve que tomar una bandeja y comer en el sofá”. Las lágrimas comenzaron a correr a ambos lados de esta mesa.

Al igual que con otros aspectos dolorosos de su vida, Mamá había elegido mantenerme al margen de todo esto, pues creía que yo necesitaba tranquilidad mental por mi tipo de trabajo como escritor y editor. Nunca me contó lo difícil que había sido volver a conectarse con Papá sin la distracción de los hijos. De alguna manera, simplificar la tristeza de Mamá al síndrome del “nido vacío” no funciona cuando está sentada frente a mí, llorando. Había bajado la guardia totalmente, y me permitía cargar junto con ella el peso de dolores del pasado.

Lo intento otra vez: “Y ¿hay algún recuerdo de mí que te haga feliz?”

Ahora aparecen lágrimas de felicidad.

“Hay tantos… pero si tuviera que elegir uno, sería cuando finalizaste tu maestría y sentí que, pasara lo que pasara conmigo de allí en adelante, tú podrías luchar por una vida digna de ser vivida”.

Le cuento lo importante que fue también para mí aquel día de fines de mayo. El día de mi graduación miré al público durante la lectura de mi obra de ficción (basada en parte en las muertes de mis abuelos) y vi las caras de mis tíos y primos, de mi hermana y de mi novia. Les dediqué esa lectura a mis abuelos porque los extrañaba mucho y quería honrar los sacrificios que me permitieron pararme delante de mi familia con la convicción de que este logro era también de ellos.

Ahora, la entrevista se convierte en un revivir de recuerdos reconfortantes. Mamá tiene cinco años y su papá está regresando a la casa desde Lisboa, donde había estado repartiendo leche. Lo ve a través de la gran extensión de bosque. “Mira, ¡ahí viene tu papá!”, le dice su madre. Padre e hija corren al encuentro con los brazos abiertos. Ella tiene 16 años y, unida estrechamente a su madre, la está ayudando a cargar sacos de 100 kilos de cereal en el carro tirado por burros. Ahora tiene 26, y nazco yo —un saludable varoncito— y toda la familia se reúne a festejar en el Hospital de Saint James, en Newark, Nueva Jersey.

Después de la entrevista, Veronica nos toma un par de fotografías para archivar con el CD. Cuando el flash se apaga, finalmente abrazo a mamá y revivimos la experiencia. Veronica nos entrega el CD, y mamá lo estrecha contra su pecho antes de colocarlo en su cartera. Una vez afuera, los sonidos de Nueva York nos inundan, pero ambos permanecemos callados mientras llamamos un taxi para regresar a la estación del tren.

Esta noche nos reunimos alrededor del reproductor de CDs y escuchamos la entrevista en la cocina. Papá está cerca, restregándose los ojos todo el tiempo. El teléfono suena, pero nadie se mueve para ver quién es.

“Ni siquiera recuerdo haber dicho esas cosas”, dice Mamá, y las lágrimas vuelven a desbordarse. “Era como si hubiera estado hipnotizada”.

El CD finaliza, pero Mamá continúa: “Si me preguntaras otra vez cuál es uno de mis recuerdos favoritos, tendría que decir que el día de hoy”.

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