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Los <i>baby boomers</i> y las drogas

El aumento de las tasas de adicción está destruyendo a las familias. La buena noticia: existe ayuda.

In English | En la oscuridad antes del amanecer del 5 de diciembre del 2005, Patricia Dash despertó a su esposo, Ron, y lo guió para que bajara las escaleras hacia la sala de su casa en Nueva York. Ron estaba aturdido y se sintió confundido al ver que al lado de la chimenea se encontraba un extraño vestido con un jersey blanco de cuello alto debajo de un suéter negro.

"¿Qué está haciendo aquí un sacerdote?'' pensó. ''¿Qué demonios está pasando?''

Tal vez Ron estaba soñando. O quizás había bebido demasiado vino y vodka la noche anterior, o todo se debía al OxyContin y el Ambien que se había tomado con el alcohol.

Pero el hombre con la camisa de cuello alto no estaba solo. Sentado nerviosamente en el borde del sofá se encontraba Sam, el hijo de Ron de 8 años; los dos hermanos mayores de Ron; su sobrina de 13 años y su madre de 86.

''Ron, saluda a Bob'', dijo Patricia. ''Va a conversar contigo''.

Allí fue cuando Ron entendió: se trataba de una intervención.

''Patricia se pasó del límite'', pensó Ron. Patricia no sólo había pedido ayuda a otros miembros de la familia para la intervención, sino que también había incluido al más joven de todos, Sammy.

En el mundo de los tratamientos para el abuso de sustancias, una intervención es un llamado a la acción, que si bien se hace con amor es a la vez directo, y suele ser el último intento que hacen los seres queridos para poner fin a la ruta destructiva de la adicción. Patricia había contratado a Bob, un especialista en intervenciones, para asegurarse de que la iniciativa emprendida por la familia fuese exitosa y de que nadie saliera lastimado.

<p>''Las cosas habían llegado a tal punto que mi esposa tenía miedo de regresar a casa después del trabajo. Se preguntaba si iba a encontrarme muerto en el piso''. <i>—Russ C., 61, adicto a la metadona en proceso de recuperación.</i></p>

Ron examinó atentamente los rostros de quienes estaban en la sala. Esa mañana tenía muy mal aspecto ''como si alguien lo hubiera golpeado con un bate de béisbol'', recuerda Patricia. ''Había aumentado mucho de peso y estaba hinchado''. Y parecía mucho más viejo que una persona de 52 años.

No siempre había sido así. Cuando Ron se animó a dejar la soltería a los 40 para casarse con su bella novia venezolana, formaban una pareja atractiva y carismática. También había construido una linda casa de tres pisos con vista a la bahía, un símbolo del éxito profesional de Ron. Pero, a los pocos años de matrimonio, Ron empezó a beber alcohol cada vez que se presentaba la ocasión y a usar drogas cada vez con más frecuencia. Se volvió impredecible, malhumorado y algunas veces violento.

Por eso, esa mañana su familia no tenía idea de cuál sería su reacción ante la medida que habían tomado colectivamente para poner fin al caos. Todos le habían escrito cartas explicándole cuánto lo querían y cuánto deseaban, necesitaban, que volviera a la sobriedad. Con voz entrecortada, cada uno de los miembros de la familia leyó su carta. Sammy había escrito que había perdido a su padre y que quería que volviera.

''Yo estaba enfurecido'', dice Ron. Subió las escaleras y agarró el teléfono de la cocina. ''Estaba llamando a la policía para que los echara a todos a la calle''. Patricia, delgada y menuda, se lanzó hacia su corpulento esposo. Ron la empujó. ''¡Si no vas a rehabilitación'', gritó Patricia, ''nunca volverás a vernos ni a Sammy ni a mí!''.

Y fue entonces cuando Sammy explotó.

''Se fue a su habitación y rompió su carta'', dice Ron. ''Agarró un bolígrafo y talló las palabras 'NO TENGO PAPÁ', en la puerta de su closet. Luego vino hacia mí sujetando una foto de los dos cortada por la mitad''.

Al ver la forma en que su niño había reaccionado, Ron finalmente entendió. ''Pude ver, fuera de mi, lo que le estaba haciendo a mis seres queridos. Me partió el alma''.

Ron cayó de rodillas y sujetó a Sammy.

''Está bien, voy a ir'', dijo llorando. ''Voy a ir''.

Algunas horas más tarde, la familia y Bob abordaron un avión para ir a Florida donde Ron empezaría su tratamiento en una residencia, ese mismo día para recuperarse del alcoholismo y la adicción a las drogas. En el Centro Hanley, en West Palm Beach, Ron pasaría las siguientes 48 horas en un proceso de desintoxicación que lo hacía sudar y tener náuseas, para deshacerse de los efectos del alcohol, los tranquilizantes, el analgésico narcótico OxyContin, y el medicamento para dormir Ambien. Solamente después de que esas sustancias salieran de su torrente sanguíneo empezaría la intensa terapia individual y en grupos, con otros 30 hombres de entre 20 y 50 años, con lo cual podría reiniciar su vida como una persona sobria.

A los 57 años, Ron se ha mantenido sobrio y sin problemas por más de cinco años. No obstante, sigue aumentando el número de adictos a las drogas en los baby boomers, aquellos nacidos entre 1946 y 1964, que están envejeciendo. El resultado: se trata de la primera población considerable de adultos de más de 50 años que batallan no solo contra el alcohol sino contra las drogas, según la SAMHSA (Administración de Servicios para el Abuso de Sustancias y Salud Mental), una agencia del gobierno federal. SAMHSA predice que a medida que los 77 millones de baby boomers envejecen, el número de adictos a las drogas que tendrán derecho a recibir descuentos para adultos mayores, sencillamente seguirá aumentando. En un informe publicado en diciembre del 2009, SAMHSA reveló que 4,3 millones de adultos de 50 años o más habían utilizado una droga ilícita el año anterior. El número de boomers con problemas de abuso de sustancias se duplicará al pasar de 2,5 millones en 1999 a 5 millones en el 2020, según pronósticos de SAMHSA. Por ende, no resulta sorprendente que SAMHSA prevea que la necesidad de tratamiento también va a duplicarse, a medida que los adictos de larga data logran mayor acceso a los medicamentos con receta.

<p>&quot;Esa idea de 'vivir mejor gracias a la química' en la que se basan los boomers<i> —</i>de que uno puede sentirse mejor si toma una pastilla<i>—</i> los está matando''.&nbsp;<i>—John Dyben, director clínico del Hanley Center</i></p>

La explosión del abuso de drogas en la edad madura está separando a las familias, arruinando carreras profesionales, destruyendo la salud de los adictos y haciendo aumentar los costos de la atención médica. Pero no todas las noticias son malas: el estigma social de la adicción, aunque todavía existe, está disminuyendo y se ha vuelto evidente que los adictos son vecinos, amigos, abuelas, esposos. Esa toma de conciencia obliga a que menos adictos se oculten. Además, hace que ellos estén más dispuestos a buscar ayuda en comparación con los alcohólicos de ayer. La rehabilitación no es una solución mágica, pero cuando los adultos mayores encuentran el tratamiento adecuado, ya sea una reunión local de 12 pasos o un programa de rehabilitación en un hospital, la recuperación puede transformar la vida de una familia.

En el 2005, el mismo año en que Ron Dash ingresó al Centro Hanley, el doctor Fred Blow observó que: ''un mayor número de boomers llegaban repentinamente a los programas de tratamiento con problemas de cocaína''. Dice Blow, un destacado investigador en cuestiones de envejecimiento y adicción: ''Nunca antes habíamos observado esto en esta población''. Este nuevo grupo de usuarios de cocaína, dice, son de edad madura, de clase media y, a menudo, jubilados. Y ahora su tiempo libre los está matando: cuando la jubilación no está acompañada de actividades que los satisfacen, dice Blow, algunas personas recurren a las drogas para colmar el vacío.

Blow, profesor de psiquiatría en la Escuela de Medicina de la University of Michigan, recuerda el caso de un jubilado de 58 años que había sido maestro de escuela por 30 años. ''Había fumado algo de marihuana antes'', dice Blow, ''pero nunca tuvo problemas. Ahora está empezando un tratamiento contra una adicción total a la cocaína crack. Tenía demasiado tiempo libre y utilizó la cocaína para sobrellevarlo". Una tercera parte de los boomers que inician el tratamiento pueden clasificarse en la categoría de adictos de ''comienzo tardío'', calcula Blow. ''Esta tendencia va a continuar'', agrega. ''Tenemos que estar preparados''.

Aunque el alcohol sigue siendo la sustancia de la que más se abusa entre los grupos de más edad, el uso de drogas está aumentando. Entre las personas de 50 años en adelante, los ingresos a los establecimientos de tratamiento por abuso de cocaína se cuadruplicaron entre 1992 y el 2008; para los casos de abuso de heroína aumentaron a más del doble. El abuso de medicamentos recetados y de marihuana también aumentó considerablemente.

''Si bien en el pasado el alcohol era el problema predominante y único que empujaba a la gente al tratamiento'', dice Blow, ''ahora vemos más casos de abuso de varias sustancias, como por ejemplo de alcohol y marihuana, o de alcohol y cocaína''.

La disponibilidad de medicamentos con receta que crean adicción amplifica esta mezcla mortal. A lo largo de los últimos 20 años, muchos médicos han decidido tratar el dolor con medicamentos más fuertes, con lo cual los analgésicos a base de opio (o de opioides sintéticos) son algunos de los medicamentos que más se recetan en Estados Unidos. Solamente en el 2009, los médicos prescribieron 128 millones de recetas para productos combinados de hidrocodona-acetaminofén, como Vicodín.

Estos potentes analgésicos les ahorraron a los verdaderos pacientes mucho sufrimiento. Pero, muchos de esos medicamentos también causan euforia. Y eso los hace sumamente adictivos.

Para la gente que se está recuperando, los analgésicos pueden ser una rosa con espinas. Veamos el caso de Doug Bergon, especialista de sistemas de información, de 50 años, que vive en Roanoke, Virginia. Había luchado contra la adicción, el alcoholismo y la depresión desde los 14 años, intentó suicidarse varias veces, y gran parte de su vida la había pasado entrando y saliendo de rehabilitación. En 1999, como nuevo esposo y padre, Doug había estado bien por casi cuatro años cuando le encontraron un quiste por una lesión en la rodilla. Fue remitido a un cirujano para que lo operara, y después de la cirugía el médico le recetó oxicodona. "No puedo tomar eso'', le dijo Doug al médico. ''He tenido problemas con abuso de sustancias''.

El médico no le dio importancia a sus preocupaciones. ''Va a tener mucho dolor'', le dijo a Doug. ''Sencillamente, tómelo tal como se lo receté''.

Pero eso puede ser difícil para los adictos que se están recuperando. ''Oxicodona es heroína en una pastilla'', dice Doug. ''Me despertó la ansiedad y volví a ser adicto a la heroína, en algo así como un minuto''.

Doug logró esconder su consumo de heroína de su esposa, Melissa, hasta una noche, poco antes de Navidad. ''Me estaba preparando para acostarme cuando oí ese ruido extraño como el zumbido de un motor'', recuerda ella. ''Salí y casi me caigo cuando me topé con la causa del ruido: era Doug, inconsciente, en el piso cerca de la piscina. Pensé que le había dado un infarto''.

Cuando llegaron los paramédicos dijeron que Doug había estado a punto de morir''. Pero no de un infarto: ''Su esposo tuvo una sobredosis'', le dijeron.

''Sentí cómo cambiaba mi vida en ese instante'', dice Melissa.

El hecho de que se tratara de heroína era doblemente aterrador: ''Yo había llevado una vida tan recta, ni siquiera podía decir la palabra en voz alta''.

Con la ayuda de Melissa, Doug ingresó a una clínica en la Florida administrada por Hazelden donde pasó tres meses en rehabilitación. Tenía buenos meses seguidos por recaídas. En el 2007, poco después de que el patrocinador de Doug lo dejó en casa —un patrocinador es alguien que se compromete a servirle de mentor a un alcohólico durante un programa de 12 pasos— Melissa lo encontró sin conocimiento en el sofá del estudio a las 3 de la madrugada después de haberse excedido en el consumo de drogas y alcohol. Fue entonces cuando le pidió que se mudara de la casa. ''No podía dejar que nuestros hijos lo vieran borracho o drogado'', recuerda. ''Por suerte, eso nunca ocurrió''.

Doug y Melissa han estado separados por tres años. Doug, que había sido empleado del Gobierno, tiene dificultades para que le den autorización de seguridad y para encontrar cualquier tipo de trabajo. Al final del 2010, se ha mantenido ''limpio'' por seis meses.

Doug tuvo suerte de que su esposa lo encontrara y le salvara la vida después de su sobredosis. Pero, mucha gente que toma analgésicos con opioides y al mismo tiempo beben alcohol o toman sedantes no sobreviven a esas combinaciones tóxicas, que pueden disminuir fatalmente la respiración. Y a medida que ha aumentado el uso de los analgésicos con opioides, también han aumentado las muertes por sobredosis de medicamentos. Las sobredosis son actualmente la segunda causa principal de muerte accidental en Estados Unidos, superada únicamente por los accidentes automovilísticos. Ahora, observemos quiénes tienen mayores probabilidades de morir por esta causa: las personas de 45 a 54 años, según los CDC (Centros para el Control y Prevención de Enfermedades).

El médico Steve Bartels, director de los Centros Darmouth de Salud y Envejecimiento, situados en Lebanon, Nuevo Hampshire, les advierte a sus pacientes acerca de la reducción de la habilidad del cuerpo para metabolizar las drogas a medida que envejecen.

"Los adultos mayores que quizás estén usando marihuana, cocaína u otras drogas son sensibles a cantidades más pequeñas en comparación con las que consumían cuando eran más jóvenes'', dice. ''El problema es que no saben eso. Por eso, tienen problemas --como accidentes en automóviles, incidentes caseros-- con niveles mucho más bajos de consumo''.

El abuso de sustancias en adultos mayores es similar a muchos de los signos del envejecimiento: causa pérdida de memoria, problemas cognitivos, temblores y caídas. El resultado es que ni siquiera los familiares se dan cuenta de que un ser querido tiene una adicción. El abuso en etapas tardías, especialmente en mujeres de solamente 55 a 60 años, induce pérdida de peso, desgaste muscular y, entre las alcohólicas, tasas elevadas de cáncer de mama.

La ''adicción lo avejentará mucho más rápido'', dice la especialista en intervenciones Debra Jay, coautora de Aging and Addiction (Envejecimiento y adicción). ''Es posible que usted sea una persona sana, vegetariana, pero si consume cocaína o cualquier otra droga o alcohol, su cuerpo se deteriorará mucho más rápido a los 55 que a los 35''.

El aumento del consumo de drogas por los boomers quizás no sea motivo de sorpresa. Después de todo, esta es la generación que popularizó la experimentación con drogas, por eso el adicto de 55 años de hoy suele ser el estudiante de secundaria que lanzaba piedras. Por lo menos dos terceras partes de los boomers que terminan en tratamiento han bebido alcohol, consumido drogas o ambas cosas la mayor parte de su vida adulta, y también durante algunos años de su adolescencia. ''Mientras más temprano haya empezado, peor será su problema'', dice John Dyben, director clínico del Centro Hanley.

Ron Dash fumó marihuana por primera vez a los 13 años y ''me gustó desde el principio'', dice. ''Crecí leyendo sobre Allen Ginsberg y Timothy Leary. Para un chico como yo, que quería ser diferente y llamar la atención, la marihuana era interesante''. Y para él eso lo llevó hasta el hachís, la cocaína, los hongos alucinógenos y el LSD, a menudo amplificados por el alcohol.

Dyben también indica la propensión de los boomers a tomar medicamentos tanto para el dolor físico como para el emocional. ''Aquí estoy y soy un baby boomer, llegando a los 50'', dice Dyben imitando al hombre común que llega a la edad madura. ''Mis rodillas me duelen un poco más cuando juego tenis y de acuerdo a la cultura en la que crecí, mi mente me indica 'si tengo dolor, es porque algo anda mal. Y si algo anda mal, con una pastilla se arregla'. Pero, esa idea de 'vivir mejor gracias a la química', de que uno puede sentirse mejor si toma una pastilla, o bebiendo o fumando algo, en la que se basan los boomers, los está matando''.

Muchos médicos sin saberlo se convierten en aliados de los adictos para mantenerlos armados con pastillas. Russ C., quien tiene 61 años, está jubilado de su trabajo como supervisor de poda de árboles y es abuelo, empezó a tomar analgésicos con narcóticos luego de sufrir una lesión en el cuello relacionada con su trabajo a los 37 años.

A lo largo de los años, tomó más y más narcóticos y tranquilizantes para calmar el dolor. En el 2003, tenía tanto dolor que tuvo que dejar su empleo. Se jubiló por discapacidad y sufrió una depresión grave, que es una consecuencia habitual de la pérdida de un trabajo o de la jubilación.

''Todo lo que tenía que hacer era sentarme y tomar pastillas'', dice. En el 2005 ''las cosas habían llegado a tal punto que mi esposa tenía miedo de regresar a casa después del trabajo. Se preguntaba si iba a encontrarme muerto en el piso''.

A los 56 años, desesperado por librarse de ese hábito, Russ buscó ayuda de un psiquiatra, quien le dio un consejo inadecuado que lo enfurece hasta el día de hoy. ''Usted está demasiado viejo, y ha estado tomando medicinas para el dolor por demasiado tiempo para poder desintoxicarse'', le dijo el médico. En lugar de la desintoxicación le recetó metadona que se agregó al resto de los medicamentos que él sabía que Russ estaba tomando. ''Me dijo que buscara todas las comodidades posibles por todo lo que fuera a durar mi vida'', dice Russ.

Sobre la metadona dice: ''No tenía sentimientos. Pensé que Dios se había llevado mi alma y mi corazón. No podía conducir. Había perdido la memoria''. Era tan inestable que sus hijos adultos se negaban a dejarlo solo con sus nietos. Dice Russ: ''Mi vida no tenía ningún propósito''.

Todo andaba tan mal, o hasta peor, para su esposa Kathy que ahora tiene 59 años. Conoció a Russ cuando ella todavía estaba en la secundaria; se casaron al día siguiente de que ella terminó su primer año en la universidad. Después de casi 40 años, ella sigue dedicada a él. Pero, la enfermedad de su esposo estaba acabando con su vida.

''Cuando tomaba metadona siempre quería café para no volverse comatoso'', dice. ''Pero más rápido de lo que uno puede chasquear los dedos, se quedaba dormido y se echaba todo el café caliente encima. Cosas así pasaban cinco o seis veces diarias''.

La adicción de su esposo representaba un gran sacrificio para Kathy: ''No podía dedicarles mi atención a los nietos porque tenía que ocuparme de Russ'', dice. ''No era solamente una persona que tenía esta enfermedad. Estábamos todos discapacitados por ella''.

En el 2007, Russ había perdido mucho peso y había pasado de 170 libras a 118. Aterrada por el deterioro de su esposo, Kathy y sus hijos empezaron a buscar un establecimiento de rehabilitación. Pero no le dijeron nada a Russ. ''Sentíamos que buscar tratamiento debía ser una decisión que él debía tomar'', recuerda Kathy.

Finalmente, Russ sintió que ya no podía seguir funcionando así. Tenía que dejar los analgésicos. Pero, temía repetir una experiencia de dos años atrás cuando pasó siete días difíciles en un centro de desintoxicación del centro de la ciudad. ''La gente pasaba por el estacionamiento en la noche y le gritaba a los pacientes a través de las ventanas'', dice Kathy. ''Los encerraban y los cateaban para buscar drogas. No sabíamos que todos los centros de rehabilitación no son así''.

Como no estaba dispuesto a repetir esa experiencia, Russ resolvió dejar la metadona por sí solo. ''Tenía temblores violentos'', recuerda. ''Vomitaba. Podía sentir cómo temblaban mis órganos dentro del cuerpo. Kathy, reconoció que no podía ayudarlo sola y llegó a su límite el 12 de noviembre del 2007. ''Hemos encontrado un lugar que será bueno para ti'', le dijo a Russ. ''¿Irás?''

Russ dijo que sí y Kathy en seguida llamó a sus hijos. Juntos llevaron a Russ por carretera desde su casa en el sur de California hasta Community Bridges, en Mesa, Arizona. Russ dudaba de que fuera a sobrevivir el viaje de nueve horas. ''No quería morir frente a mi familia'', dice.

Pasó 10 días en desintoxicación y luego fue transferido a Journey Healing Centers en Scottsdale para pasar 45 días en rehabilitación. Esta vez el tratamiento funcionó. (Los pacientes tienen menos probabilidades de recaer si, al igual que Russ, están rodeados de una familia sobria que los apoya).

Russ se ha mantenido ''limpio'' por tres años. Aunque él no habla de eso, Kathy dice que todos los días tiene dolor, pero lo tolera. De lo que sí habla es acerca del placer de estar reunido de nuevo con su familia. A menudo juega con sus ocho nietos y hasta los cuida. ''No pasa una noche'', dice ''sin que le dé gracias a Dios por esta segunda oportunidad''.

Para las familias que se encuentran en la mitad de la vida, muchas de las cuales tienen que cuidar al mismo tiempo de sus niños y de padres que están envejeciendo, el estrés de la adicción puede ser casi insoportable. Las crisis pueden mantenerse latentes por muchos años hasta que explotan.

Ese fue el caso de Blake H., de 45 años, escritor, casado y padre de dos hijos, que vive en California. Describe a su padre de 63 años, Sam, como un adicto que lo ha sido por toda la vida. ''La marihuana era parte de la familia'', dice. ''Después de que yo me acostaba por la noche, mi padre se sentaba en la sala y fumaba. Yo colocaba toallas debajo de la puerta''.

Ahora, dice Blake, su padre es adicto a las metanfetaminas, una dependencia que lo hace volátil, carente de honradez, e incapaz de manejar el dinero. En los últimos 15 a 20 años, Sam le ha pedido a Blake que lo ayude a pagar su hipoteca, que le compre un auto y hasta que le compre una casa rodante. Esperando siempre que Sam dejara su adicción, Blake siempre le envió el dinero. "Pensé que haría un esfuerzo por saber lo que quería hacer con su vida en lugar de actuar como un chico de 15 años''.

Pero Sam siguió usando metanfetaminas y cocaína. El año pasado terminó sin un centavo una vez más.

Blake ya no confía en las promesas de Sam. Ya no le manda más cheques. Rara vez habla con su padre, o esconde su rabia. ''Pensé, ''¿Qué le pasó a esta generación que necesita que sus hijos los mantengan, no porque son ancianos sino porque no quieren asumir responsabilidades?' "

En generaciones anteriores la vergüenza asociada con la adicción a menudo impedía que la genta buscara tratamiento. Pero, los adictos que se encuentran en la edad madura, y en particular sus cónyuges, están mucho más dispuestos a confrontar los problemas difíciles. ''Los cónyuges más jóvenes no están dispuestos a llevarse secretos a la tumba'', dice la experta en intervenciones, Debra Jay.

Eso hace que haya más probabilidades de que los boomers busquen ayuda terapéutica en comparación con sus padres. Sin embargo, hasta los pacientes que pueden pagarlos deben buscar mucho para encontrar algún tipo de servicios de rehabilitación. Los programas de tratamiento en todo el país han disminuido en los últimos veinte años, dice Fred Blow: ''Eso es algo que vamos a tener que enfrentar como nación; debemos tener más programas de tratamiento. La gente mayor puede luchar por eso".

Cinco años después de la intervención que cambió su vida, Ron Dash sigue limpio y sobrio. Patricia, Ron y Sam ahora viven en Florida donde Ron practica ciclismo, natación y asiste a reuniones de 12 pasos en el tiempo que le queda entre llevar a Sam a las prácticas de fútbol y preparar la cena. ''Después de haber estado muy ausente por todos estos años, Ron ha aprendido a ser el padre de Sam'', dice Patricia. ''Y ha aprendido también a ser su amigo''.

A pesar de las dificultades, ella y Ron han reconstruido su matrimonio. Eso no sucedió el mismo día que salió de la rehabilitación, ni en las semanas y los meses que siguieron. ''Pasé cuatro años esperando que cayera el otro zapato'', admite Patricia. ''Fue apenas este año que empecé a tener confianza en él otra vez''.

''Eso fue un gran logro'', dice Ron, pensando en cómo su vida podría ser diferente. ''¿Qué le pasaría a Sammy si después de superar todos estos problemas el adicto, el alcohólico no se mantuviera sobrio?''

Se propone no encontrar nunca la respuesta a esta pregunta.

Elaine Appleton Grant es reportera de temas de salud en el New Hampshire Public Radio, donde en el 2010 produjo la serie Prescription Drug Abuse in New Hampshire (Abuso de medicamentos recetados en Nuevo Hampshire).

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