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La vacuna contra la COVID-19: ¿Dónde vacunarte? Encuentra información en tu estado

 

Cómo podría ser el futuro de la COVID-19

Mientras millones de personas se vacunan, los expertos en enfermedades infecciosas contemplan lo que puede ocurrir con el virus a largo plazo.

Ilustración del coronavirus en una bola de cristal y unas manos como prediciendo el futuro

GETTY IMAGES

In English | ¿Cuántas veces en este último año has utilizado la frase “cuando se acabe la pandemia…”? Lamentablemente, si bien la COVID-19 puede convertirse en una amenaza menos grave, los expertos advierten que no se prevé un futuro próximo sin coronavirus, incluso con una vacuna. “Estamos bastante seguros de que tendremos que vivir con este virus en el futuro previsible”, señala el Dr. William Schaffner, profesor de Enfermedades Infecciosas en el Vanderbilt University Medical Center.

Por qué es probable que la COVID-19 no desaparezca

La historia nos demuestra que es casi imposible erradicar una enfermedad infecciosa, según John Wherry, director del Institute for Immunology de University of Pennsylvania. Los seres humanos solo lo han logrado una vez, con la viruela. Otras enfermedades virales, como el sarampión, casi se han eliminado en Estados Unidos por medio de la vacunación, ya que las vacunas inducen algo llamado “inmunidad esterilizante”. Esto significa que las personas vacunadas no pueden infectarse ni transmitir la enfermedad.


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Ese no es el caso con la COVID-19, explica la Dra. Clare Rock, profesora adjunta de Medicina en la División de Enfermedades Infecciosas de la Facultad de Medicina de Johns Hopkins. Según Rock, tanto la vacuna contra la COVID-19 como la vacuna contra la influenza “no producen esa inmunidad esterilizante y, por lo tanto, las personas aún pueden contraer infecciones leves. Sin embargo, todavía no sabemos si pueden transmitir la infección a los demás”. Se ha demostrado que la vacuna contra la COVID-19 es muy eficaz para prevenir enfermedades y protegernos contra complicaciones graves u hospitalizaciones. Por lo tanto, se espera una gran disminución en la cantidad de muertes y hospitalizaciones a medida que más y más personas se vacunen. De todos modos, “esta no es una vacuna que va a erradicar la COVID-19”, dice Rock.

Además, hay otros factores que podrían influir en la persistencia de la enfermedad, como la cantidad de personas que opten por vacunarse o la aparición de variantes del virus que sean resistentes a las vacunas. Cada vez que el virus se transmite de persona a persona, acumula cambios en su código genético.

“Cuanto más se reproduzca el virus, más variantes se producirán”, señala Wherry. “La gran mayoría de esas variantes no tienen futuro, pero estás jugando a la ruleta rusa. Cuantas más balas haya en el arma, más probable es que suceda algo malo”. La gran preocupación, por supuesto, es que llegue una variante que pueda eludir la inmunidad inducida por la vacuna.

Lo que nos enseña la gripe española

Después de extenderse por el mundo durante más de un año, la COVID-19 no desaparecerá sin más. Sin embargo, con el tiempo podría llegar a convertirse en algo más parecido a la gripe o incluso al resfriado común, dice Wherry, aunque eso podría llevar años, décadas o más tiempo.

La última pandemia grave, que ocurrió hace un siglo, podría ofrecer algunas pistas. En 1918 y 1919, la gripe española cobró la vida de al menos 50 millones de personas en todo el mundo; hasta ahora, la COVID-19 ha causado la muerte de menos de 3 millones de personas a nivel mundial. El virus finalmente cedió, más que nada porque gran parte de la población mundial ya había estado expuesta y ya sea adquirió inmunidad o murió. Pero aunque la pandemia terminó, en realidad el virus nunca desapareció. De hecho, los descendientes del virus de la gripe de 1918 causaron brotes mortales en 1957, 1968 y en el 2009.

“El virus de 1918 acumuló muchos cambios con los años y todavía existen vestigios genéticos en la cepa viral H1N1”, explica Schaffner. “Es como las generaciones de personas. Tú llevas parte de los genes de tu tatarabuelo, y del mismo modo el virus de la influenza actual tiene algunos de los genes de la influenza de sus tatarabuelos”.

Asimismo, el SARS-CoV-2, el virus que causa la COVID-19, ya ha comenzado a mutar. La pregunta es cómo cambiará el virus. La mayoría de las mutaciones de otros virus no tienen ningún impacto significativo en su comportamiento, y algunas mutaciones pueden incluso ser perjudiciales para el mismo virus. En otros casos, los virus pueden mutar para propagarse con más facilidad o evadir la respuesta inmunitaria del organismo.

“El problema es que un pequeño cambio puede hacer que un virus sea muy perjudicial”, dice Gustavo Caetano-Anollés, bioquímico y biólogo computacional de University of Illinois en Urbana-Champaign, quien estudia la evolución de los virus. “La diferencia entre la COVID-19 y la influenza es que los seres humanos han estado expuestos a [la gripe] durante tanto tiempo y han estado produciendo inmunidades durante tanto tiempo, que se reduce su incidencia”.

Tal vez no consideres que actualmente la gripe sea una gran preocupación, pero todavía cobra la vida de entre 12,000 y 61,000 personas por año en el país y produce la hospitalización de cientos de miles más. Rock explica que si los índices de mortalidad y hospitalización por COVID-19 finalmente disminuyeran al nivel de los de la gripe —y eso es aún una suposición—, la enfermedad aún representaría una enorme carga.

“La influenza produce miles de muertes cada año —en su mayoría adultos mayores— y causa una gran presión en los sistemas de atención médica”, advierte. “Y podríamos tener el doble de casos de COVID-19 que de influenza cada año”.

Por qué la futura COVID-19 puede alcanzar su pico en invierno

La otra cuestión es si la COVID-19 se convertirá en una enfermedad estacional. Muchas personas pronosticaron que la pandemia disminuiría durante el verano del 2020; sin embargo, los casos aumentaron en el sur y en el oeste del país. No obstante, Caetano-Anollés señala que los datos se desvirtuaron debido a la intensidad de la pandemia.

“Cuando tienes una pandemia incontrolable de este nivel, la estacionalidad no ayuda”, indica. En un estudio que se publicó en enero (en inglés), Caetano-Anollés concluyó que los casos de COVID-19 y los índices de mortalidad se correlacionan notablemente con la temperatura y la latitud en 221 países. Esto sugiere que una vez que la cantidad de casos comience a disminuir, la COVID-19 puede convertirse en una enfermedad estacional como la gripe que alcanza su punto máximo en el otoño y el invierno.

Caetano-Anollés explica que muchos virus aumentan y disminuyen con las estaciones por dos razones. Por un lado, la membrana externa que protege el virus puede ser vulnerable ante ciertas condiciones ambientales, como el calor y la luz ultravioleta. Nuestro sistema inmunitario también cambia con las estaciones: se fortalece en el verano, quizás debido al aumento de la producción de vitamina D.


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Sin embargo, que el virus sea estacional no significa que desaparezca durante el resto del año. “La razón por la que tenemos episodios de gripe todos los años es que siempre hay un nivel bajo de infecciones —incluso fuera de la temporada de gripe—, y eso es suficiente para mantener el virus vivo entre los picos”, según Caetano-Anollés.

A la larga, Wherry contempla dos versiones de lo que él llama un “desenlace favorable” para la COVID-19. Una posibilidad es que el SARS-CoV-2 finalmente desaparezca debido a la inmunidad generalizada y tal vez sea reemplazado por otras cepas de coronavirus, de un modo similar a lo que sucedió con la gripe española. Otra posibilidad es que podría permanecer y convertirse en un virus estacional endémico que infecte principalmente a los niños pequeños que aún no han adquirido anticuerpos, pero que rara vez cause una enfermedad grave, de modo similar a otros coronavirus que circulan entre los seres humanos y causan resfriados comunes.

De hecho, los científicos de Emory University y Penn State University hace poco crearon un modelo (en inglés) que se basa en estudios de otros coronavirus humanos, y este modelo predice que el SARS-CoV-2 puede convertirse algún día en una enfermedad infantil leve con un índice de mortalidad inferior al de la gripe estacional.

¿El desenlace desfavorable, según Wherry? “Que no vacunemos a suficientes personas y el virus mute, siga siendo patógeno y cobre miles y miles de vidas cada año”. Según los expertos, la mejor manera de evitar esa terrible situación es distribuir la vacuna en todo el mundo lo antes posible.

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