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Claridad a través de la crisis

La pandemia de COVID-19 me ha ayudado a comprender mi propósito de vida en mi jubilación.

Julia Lobaco junto a su esposo Kenny y su perro

CORTESÍA DE Julia Bencomo Lobaco

Julia y Kenny junto a su perrito Teddy.

Son las ocho y media de la mañana. Me levanté a las cinco y cuarto, tomé café, desayuné avena con bayas y regué las plantas antes de que la temperatura subiera a más de 100 grados.

Ya hace casi tres meses que comenzó la “cuarentena” aquí en Arizona.

Por primera vez desde que me jubilé —en marzo del 2019— me siento “retirada”. Sin las sesiones de gimnasia a las siete y media de la mañana tres veces por semana. Sin citas con el médico o el dentista. Sin historias que escribir o plazos que cumplir. Sin correr al supermercado (hacemos los pedidos en línea y los recogemos junto a la banqueta).


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Siestas por las tardes: Teddy, nuestro perrito de 17 años, me guía hasta el dormitorio a las tres de la tarde todos los días. La televisión sintonizada en The Real Housewives of Beverly Hills, Chopped, CNN, MSNBC; en el teléfono, leo The Washington Post, The New York Times, Twitter.

Después de casi 40 años en periodismo como reportera y editora, cumpliendo plazos y dedicándome a informar a los lectores sobre la comunidad latina, pensé que la jubilación me traería viajes, trabajo voluntario, tal vez clases de cocina, ejercicio del que realmente disfrutaría y la posibilidad de despertarme a las ocho de la mañana.

En vez, el primer año trajo cuatro operaciones de la vista, un diagnóstico devastador de cáncer para uno de mis hermanos, varias asignaciones para escribir sobre servicios para el final de la vida, incontables citas médicas y el privilegio de sostener la mano de mi suegra y una amiga muy querida en sus lechos de muerte. Las dos fallecieron en un período de tres meses.

No hubo nada que representara “jubilación” ese año.

No estaba segura de poder soportar un confinamiento, si extrañaría la actividad diaria y constante. ¿Me haría sentir triste? ¿Feliz? ¿Aburrida? ¿Valoraría el tiempo que tenía para organizar los armarios, triturar años de “cosas de la vida y el trabajo” que tenía acumuladas en cajas y archivos? ¿Sembraría un jardín o cambiaría los muebles de lugar?

Descubrir el verdadero sentido de la jubilación

Hace un mes completé la segunda parte de una sesión de capacitación de dos días para voluntarios de servicios para enfermos terminales. La primera clase fue justo antes de que comenzara la cuarentena. La segunda clase fue en línea, cada uno por su cuenta. El certificado llegó por correo electrónico, no con un abrazo y un apretón de manos. El trabajo al que había querido regresar desde mi primera experiencia como voluntaria para enfermos terminales en Florida más de 20 años atrás, se suspendió... otra vez. 

A veces me siento culpable por estar sin hacer nada. No obstante, la mayor parte del tiempo me cuesta creer cuán afortunada soy de que mis días casi no tengan estructura, a excepción de las siestas con Teddy. (Para que quede registrado oficialmente, comencé a triturar papeles hace dos días y la semana pasada moví de lugar varios muebles en la sala). ¿Es esto lo que significa la jubilación?

Papá dirigió su negocio de bicicletas hasta pasados los 80 años. Mamá siguió siendo una activista comunitaria —si no físicamente, en espíritu— hasta el final. Mi marido Ken, que se jubiló tres años antes que yo, pasaba tres o a veces cuatro días a la semana haciendo trabajo voluntario con personas sin vivienda o llevando a personas mayores a citas médicas. Ahora los dos estamos atrapados en casa. Si bien todavía le pagamos a la señora que limpiaba la casa, ahora hacemos la limpieza nosotros. Aprendí qué es lo que pone en el agua para lavar el piso y qué es lo que da mejor resultado en los inodoros. Sin embargo, no puedo pasarme el tiempo obsesionada con el polvo y la ropa sucia.

La gratitud, una plegaria diaria

Ver el sufrimiento y la devastación que un virus microscópico ha causado en nuestro mundo me da más claridad y mucha gratitud. Ken y yo estamos rodeados de bendiciones. Decidimos dejar de trabajar cuando quisimos, a diferencia de millones de personas que ahora buscan beneficios de desempleo. Tenemos un hogar, cuando tantas personas rezan para no perder el suyo. Hasta ahora, la COVID-19 no ha afectado nuestra salud ni nos ha causado el dolor que sienten familias en todo el mundo. Nuestros cheques de estímulo siguieron viaje a bancos de alimentos, hospitales y refugios para personas sin vivienda, porque nuestros armarios y alacenas están llenos. La gratitud es una plegaria diaria. 


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Ken y yo nos tenemos el uno al otro para hacernos compañía durante estos momentos difíciles, pero hay muchas personas de nuestra edad o mayores que están aisladas. La depresión, la soledad y la sensación de inutilidad que pueden acompañar al aislamiento también fueron mis “compañeros” por momentos cuando me mudé sola a la Costa Este del país para un trabajo nuevo en la década de 1990.

Conocer ese dolor me hace sumamente consciente de la importancia de la conexión humana. Las sesiones semanales de FaceTime con las mejores amigas de mi suegra fallecida, en Massachusetts, generan risas y aportan lecciones sobre cómo han vivido hasta los 88 y 95 años: se trata de vivir la alegría, no la tristeza de cada día; la salida del sol, no su inevitable desaparición al atardecer.

Sus “gracias” efusivos al final de cada conversación se sienten inmerecidas. Ellas, les decimos, llevaron alegría, consuelo y un oído dispuesto a escuchar a mi suegra durante muchos años, especialmente los tres años que siguieron a la muerte de mi suegro. Estamos agradecidos y nos sentimos muy bendecidos de poder tocar sus vidas de la forma en que ellas tocaron la suya.

Cuando esta pandemia se calme, mi deseo es visitarlas de nuevo, reírme y beber vino con Beverly, disfrutar el delicioso kugel de fideos de Evelyn. Darle a cada una un abrazo de corazón y tomar sus manos suavemente. Luego, ya de vuelta en Arizona, como voluntaria para enfermos terminales, ser buena compañera para quienes se acercan al final de sus vidas.

Ahora sé que sentarme a su lado, con su mano entre las mías, será lo que verdaderamente signifique la jubilación para mí.

Julia Bencomo Lobaco fue editora ejecutiva de AARP VIVA y AARP en español entre 2003 y 2019. Reside en Phoenix, Arizona, con su esposo Ken Venet y su perrito Teddy. 

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Nota del editor: Este ensayo forma parte de una serie sobre cómo vivimos los latinos en Estados Unidos el brote de coronavirus. A continuación, la lista de perfiles que forman parte de esta serie:

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