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"Lejos de la normalidad": cómo un centro regresa a la actividad después de la COVID

En un hogar de ancianos en Wyoming regresan los bolos, el bingo y las visitas, pero sigue su lucha contra el aislamiento y el agotamiento.

La residente Janice Whitley hace fila para jugar a los bolos con la ayuda de la asistente de actividades Suzanne Steele.

Emily paulin

La residente Janice Whitley en su turno para jugar bolos con la ayuda de la asistente de actividades Suzanne Steele. “Si lanzas la bola con bastante fuerza puedes derribar todos los bolos”, dice Whitley. “Y si no, tal vez no llegue”.

In English | NEWCASTLE, WYOMING: “Si viene mi hija, quiero irme con ella”, dijo Karen Krause, de 79 años, en su voz ronca, de camino a la bolera improvisada en el hogar de ancianos Weston County Manor ("Manor"), un martes por la tarde en marzo.

"Está bien, cariño”, contestó Meredith Tolley, la directora de actividades del centro sin fines de lucro de 58 camas en esta pequeña ciudad en el este de Wyoming. Tolley sabía que si la hija de Krause venía, las restricciones por la COVID-19 impedirían que sacara a su madre del centro. Durante el último año, cualquier residente que quisiera salir del centro tenía que someterse a una cuarentena de 14 días a su regreso. La escapada no merecía la pena.


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El personal de Manor había perdido la cuenta de cuántas veces Krause, una paciente con demencia, había preguntado si se podía ir con su hija durante la pandemia. Los intentos de explicarle por qué esto no era posible la habían dejado confundida, estresada y triste. “No quiero que tenga que volver a pasar por eso”, dijo Tolley.

Tranquilizada por la mentira piadosa de Tolley, Krause continuó su juego, apoyada en su andador, con la mano izquierda sobre la bola azul y lanzándola por la rampa en dirección hacia los bolos. Derribó siete de los 10 bolos. Otros residentes aplaudieron y vitorearon.

Después, cuando los residentes regresaron a sus habitaciones, Krause volvió a insistirle a Tolley. “Si viene mi hija”, repitió, “quiero irme con ella".

Tolley asintió con la cabeza. "Claro que sí".

Un par de semanas más tarde, el deseo de Krause se hizo realidad. El equipo de administración de Manor permitió que los residentes plenamente vacunados contra la COVID-19 salieran durante unas horas para celebrar la Pascua con sus seres queridos, sin tener que someterse a cuarentena después. Las familias de 16 residentes los apuntaron para breves escapadas durante el fin de semana festivo.

Los cambios se basaron en las nuevas pautas federales para hogares de ancianos que facilitaron que los residentes recibieran vistas de sus seres queridos después de un año de cierres a raíz de la pandemia. Aunque las nuevas pautas no incluían recomendaciones explícitas sobre si los residentes podían salir de las instalaciones, Manor decidió que las vacunas y la disminución en el número de casos justificaban las salidas breves del centro.

Por lo que pocos minutos antes de las 10 a.m. el Domingo de Pascua, Tolley se encontró con Krause junto a las puertas de entrada a Manor, colocó cuidadosamente las correas de una mascarilla quirúrgica sobre los tubos de oxígeno detrás de las orejas de Krause, y preguntó: “¿Estás lista, Karen?”

Krause no respondió. Empujó las ruedas de su andador contra las puertas de cristal que la separaban de su hija, Tammy Harman, que estaba esperando fuera, mientras la saludaba con la mano. Tolley abrió las puertas y permitió que Krause saliera de Manor por primera vez en meses.

"Oh, mi hija, mi hija”, dijo Krause, a la vez que hundía su rostro en el hombro de Harman. “Oh, te quiero, te quiero, te quiero”.

"Yo también te quiero, mamá”, dijo Harman, mientras frotaba la espalda arqueada de su madre. “Venga, vámonos de aquí”. Krause disfrutó del abrazo unos momentos más antes de empujar el andador —un poco más deprisa de lo habitual— hacia el estacionamiento.

Karen Krause (izquierda) y su hija Tammy Harman.

Emily Paulin

Karen Krause (izquierda) y su hija Tammy Harman (derecha) se abrazan después de que Krause recibió permiso para dejar Manor por primera vez en meses.

Retorno a la actividad, pero todavía lejos de la normalidad

Ha sido un año de devastadores pérdidas a raíz de la COVID, soledad y añoranza por regresar a la normalidad en los hogares de ancianos del país, donde el virus ha matado a más de 130,000 residentes, infectado a unos 650,000 y despojado a cientos de miles de ellos de sus rutinas, conexiones sociales y libertades.

Y aunque no existe un recuento oficial de cuántos residentes han fallecido debido a los efectos del aislamiento social y a la soledad causados por los confinamientos —cuyo objetivo era proteger a los residentes de los visitantes portadores de COVID— los expertos predicen que la cifra es alta.

Ahora, gracias al gran descenso en el número de casos de COVID-19 en los hogares de ancianos debido a la vacunación generalizada de los residentes, estamos recuperando algunos placeres sencillos. Los juegos de bolos con amigos, dar la mano a un familiar, las escapadas breves de los centros —todo lo cual estaba prohibido durante la mayor parte del último año— están regresando.

Y, sin embargo, continúan los retos y la confusión.

Algunos residentes de Weston County Manor se niegan a salir de sus habitaciones, donde se les obligó a permanecer durante meses. Siguen vigentes las órdenes que exigen el uso de mascarillas, lo cual dificulta las reuniones familiares y la socialización. Los trabajadores agotados continúan enfrentando horarios sobrecargados debido a nuevos obstáculos, como el bajo nivel de aceptación de la vacuna por parte del personal. Y con la amenaza de un nuevo aumento en los casos de coronavirus, a muchos les preocupa que los hogares de ancianos puedan perder las libertades que recibieron recientemente.

"La vida aún está muy lejos de regresar a la normalidad”, dijo Maureen Cadwell, directora ejecutiva de Weston County Health Services, del que forma parte Manor. Eso es “agotador para todos”, afirma, para los residentes, el personal y los seres queridos.

Estas son las mismas dificultades que enfrentan los hogares de ancianos en todo el país donde residen más de 1.2 millones de adultos mayores. “En muchos sentidos, estamos regresando a nuestra vida normal”, dijo Carol Silver Elliott, presidenta de la junta directiva de LeadingAge, una asociación nacional que representa a 5,000 proveedores de servicios para adultos mayores sin fines de lucro, uno de los cuales es Weston County Manor. Pero “nuestra gente está ansiosa e impaciente porque el mundo vuelva a abrirse”.

"Pasamos mucho tiempo explicando por qué debemos seguir siendo prudentes hasta que todo esto realmente haya terminado”.

Bingo y socialización

Sharla Lax, una asistente de actividades de Weston County Manor, estaba sentada al fondo del comedor, delante de una pantalla de televisor grande que exhibía los números de bingo autogenerados por su computadora portátil. Cada vez que aparecía un nuevo número, ella lo gritaba bien alto para que los residentes, a seis pies de distancia entre sí, pudieran oírla a través de la mascarilla.

"La primera bolita es la más bonita, ¿cuál es?”, preguntó.

"B1”, gritaron los residentes, mientras examinaban sus tarjetas de bingo con la ayuda de marcadores —las cuales solamente ellos pueden tocar para evitar la contaminación cruzada del equipo— en busca del número afortunado.

"¡Bingo!” gritó Jo Shackelfurd, de 88 años, y recibió dos monedas de cinco centavos por ser la ganadora y dos “monedas para los vecinos”, una para el jugador a su derecha y otra para el jugador a su izquierda.

"Menos mal que estoy sentada a tu lado”, bromeó Melva Keever, de 89 años, que no había ganado ningún juego todavía, “o me habría arruinado”.

Residentes de un hogar de ancianos disfrutan del regreso del bingo.

Emily Paulin

Los residentes disfrutan del regreso del bingo y la oportunidad de ganar unas monedas. “Es muy lucrativo”, dijo la directora de actividades, Meredith Tolley.

Las actividades grupales, que aparte de los bolos y el bingo incluyen jardinería, talleres de cerámica, manicuras y noches de cine, han sido algunas de las actividades recuperadas más populares de los últimos meses en Manor.

A principios de marzo del 2020, cuando los Centros de Servicios de Medicare y Medicaid (CMS) federales publicaron su primer memorándum sobre COVID-19 (enlace en inglés), en el que instruyeron a los hogares de ancianos que cerraran los comedores comunitarios y pararan las actividades en grupo, los residentes de Manor fueron confinados mayormente en sus habitaciones. Comían sus comidas junto a la cama. Realizaban actividades solos. El ejercicio quedó relegado a un segundo plano. Solo veían a sus seres queridos a través de ventanas o pantallas de teléfonos.

A mediados de septiembre los CMS —que regulan los 15,000 hogares de ancianos en el país— reconocieron que "los residentes podían sentirse aislados socialmente, lo cual conlleva un mayor riesgo de depresión, ansiedad y otras expresiones de angustia”, y actualizaron sus pautas para permitir las actividades grupales y las visitas bajo ciertas condiciones.

Pero Manor identificó sus primeros casos de COVID-19 de la pandemia poco después. En breve, se descubrieron más casos positivos, con un total de cinco residentes y 15 miembros del personal infectados con el virus en los meses siguientes. Dos de esos residentes murieron a causa de la COVID-19.

No fue hasta diciembre, cuando los residentes y el personal del centro estuvieron libres de nuevos casos de COVID durante dos semanas, que el comedor volvió a abrirse por primera vez en nueve meses, para ser cerrado de nuevo tres días más tarde cuando un miembro del personal recibió un resultado positivo. Cuando los eventos comunitarios finalmente regresaron de manera estable en enero, en medio de la distribución de la vacuna contra la COVID-19, los residentes se regocijaron.

"Fue maravilloso”, dijo Norma Reman, de 87 años, acerca de su primera comida con otros residentes. “Estamos todos juntos, más o menos”, dijo, indicando con las manos que los residentes estaban separados entre sí, “y cada uno puede comer una cosa distinta”.

"Y no tienes que comer en un plato de papel” agregó Suzanne Steele, una asistente de actividades.

Reman asintió con entusiasmo. “No me gustaba eso, tener que quedarme en la habitación”, dijo. “Esperaba que [el virus] se marchará por fin o que llegáramos a un punto en que pudiéramos hacer todo juntos".


Para información actualizada sobre la COVID-19 visita aarp.org/ElCoronavirus


La residente Norma Reman pinta a su cerdo, "Porky", en una clase grupal de cerámica.

Emily Paulin

La residente Norma Reman pinta su cerdo, “Porky”, en una clase de cerámica en grupo.

 

Pero no todos los residentes se alegran del retorno de la vida comunitaria a Manor. Uno de los desafíos recientes para el personal ha sido persuadir a los residentes para que salgan de sus habitaciones.

El aumento en los índices de depresión y el empeoramiento del debilitamiento físico, causados por el aislamiento prolongado durante el confinamiento, probablemente sean los motivos de la reducción en el nivel de participación, dice la Dra. Carla Perissinotto, subdirectora de Programas Clínicos Geriátricos en University of California, San Francisco. Los cambios en la rutina, especialmente en el caso de los residentes que padecen demencia —para quienes el cambio puede ser desorientador— podrían también ser una causa, así como el temor persistente de contraer el virus.

Pero es vital que encontremos formas de alentar a los residentes a socializar, dijo Perissinotto. Según estudios, (enlace en inglés) el aislamiento y la soledad se relacionan con un riesgo aproximadamente un 50% más alto de desarrollar demencia y un riesgo casi cuatro veces mayor de fallecer entre los pacientes con insuficiencia cardíaca.

"Deben ser conscientes de quiénes se sienten solos como resultado de todo lo relacionado con [la pandemia] y preguntarle a cada persona qué pueden hacer para ayudarlas”, esto, indicó Perissinotto, es lo que aconseja en los hogares de ancianos. “Inicien la conversación… reconozcan que esta situación apesta y que estamos aquí y vamos a superarlo juntos, para intentar infundir esperanza”

'Estoy sonriendo debajo de la mascarilla, de verdad

La residente Frieda Waterson sonríe bajo su mascarilla durante una visita con su familia.

Emily Paulin

La residente Frieda Waterson sonríe debajo de su mascarilla durante una visita de su familia.

A principios de marzo, una vez completada la vacunación en casi todos los hogares de ancianos y tras el drástico descenso en los índices de infección y muerte, el Gobierno federal volvió a publicar nuevas pautas para los centros, con lo que facilitó que los residentes pudieran ver, abrazar y dar la mano a sus seres queridos durante las visitas, incluso en interiores. “No hay nada que reemplace el contacto físico, como el cálido abrazo entre un residente y un ser querido”, señalan las recomendaciones, que al mismo tiempo advierten que deben continuar las precauciones, entre ellas el uso de mascarillas, los límites de tiempo para las visitas y el número máximo de visitantes.

Al día siguiente, Manor anunció que cada residente podría tener dos visitas de 30 minutos y una visita de 60 minutos en el interior del centro cada semana, con dos visitantes a la vez.

Era una soleada mañana de domingo en abril cuando Frieda Waterson, de 95 años, vio a su nieta Keyra Comer y a sus bisnietos, Connor, de 17 años, y Kenna, de 19 años, acercarse a la entrada de Manor. Suspiró y miró a través de la ventana del vestíbulo principal. No los había visto en persona en 15 meses.

Keyra y Connor entraron primero en el edificio, para respetar el límite de dos visitantes, mientras que Kenna esperaba fuera en el pabellón de Manor. Connor puso al día a su bisabuela sobre lo que había hecho durante el pasado año y tres meses; le contó sobre sus clases en la escuela secundaria, su estirón de estatura y su nueva novia. Después de 15 minutos, llegó el momento de que los biznietos cambiaran de lugar con su madre.

"Ha sido una sorpresa maravillosa”, dijo Waterson, cuando Connor se agachó junto a su silla de ruedas para darle un abrazo de despedida. Waterson se agarró al brazo de su bisnieto mientras posaban para una foto. “Estoy sonriendo debajo de la mascarilla, de verdad”, dijo, señalando a su mascarilla con estampado de guepardo.

Connor Comer le muestra a su bisabuela, Frieda Waterson, una foto de él y su novia.

Emily Paulin

Connor Comer enseña a su bisabuela, Frieda Waterson, una foto de él con su novia.

Pero para algunas familias, las mascarillas no solo obstruyen las sonrisas.

Cuando Connie Reimer supo que podría sentarse junto a su madre de 99 años, Doris “Dode” Voss, durante sus visitas a Manor, le pidió al personal que buscaran el álbum de fotos de la familia Voss para ayudar a su madre a hojear sus páginas. Reimer pensó que tal vez desencadenaría recuerdos para su madre, que sufre demencia. Pero Voss, confundida y asustada por la mascarilla, se negó a usarla.

"No pude tomarla de la mano ni darle un abrazo porque no se quiso poner la mascarilla”, explicó Reimer. “No entiende que una cosa depende de la otra”.

Muchas familias afrontan las mismas dificultades ya que más de la tercera parte de los residentes de los hogares de ancianos tienen deterioro cognitivo grave, y alrededor de una cuarta parte tienen deterioro cognitivo moderado, según un informe de CMS del 2015 (enlace en inglés).

Para poder continuar la visita, Reimer y Voss tuvieron que trasladarse a una de las cabinas de visitas del centro, que tienen separadores de plexiglás transparentes para mantener la distancia entre los residentes y las visitas. Allí no fue necesario que Voss usara mascarilla, pero era difícil escuchar a su hija a través de la pared. Al final, Reimer dejó de conversar y en cambio la dejó escuchar música tranquila en su teléfono durante el resto de la visita.

"Eso fue muy frustrante”, dijo Reimer. “Y ahora ambas estamos vacunadas, así que sería bueno poder visitarla sin pasar por todo esto”.

Si bien los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) recientemente publicaron nuevas pautas para la población general en las que indican que no es necesario que las personas completamente vacunadas usen mascarilla en espacios cerrados cuando están con otras personas completamente vacunadas, los CMS no publicaron la misma recomendación para los hogares de ancianos. Más bien, el uso de cubiertas faciales y mascarillas sigue siendo un principio fundamental para la prevención de infecciones por COVID-19 que “debe cumplirse en todo momento”.

"Las personas en los centros de atención médica, especialmente los hogares de ancianos, por lo general son más susceptibles a infecciones graves por COVID-19”, un portavoz de CMS le dijo a AARP, “y por lo tanto a menudo se necesita más precaución”.

Reimer espera que estas reglas se relajen pronto. “Se está deteriorando”, dijo acerca de su madre y señaló que Voss había perdido peso y movilidad durante el confinamiento. Su demencia también ha empeorado. “Cuanto antes pueda estar con ella, mejor”.

Exhaustos y escépticos

Los miembros del personal de Weston County Manor, para elevar el ánimo de los residentes, decoran paredes y puertas con coloridos collages y tocan música nostálgica de la década de 1960 a través de los altavoces del comedor. Y saben cómo sonreír con sus ojos cuando llevan puestas las mascarillas.

"Tuvimos que mantenernos fuertes para nuestros residentes”, señaló Tolley, la directora de actividades. “Durante un año, éramos lo único que tenían”.

Pero los miembros del personal, igual que los residentes, están ansiosos de recibir un relevo. La COVID-19 provocó la adopción de medidas de control de la infección más extremas por parte de los 1.6 millones de empleados de hogares de ancianos en el país: más exámenes de detección, pruebas, desinfección, capacitaciones, informes, programación de citas, cuidados y más. Cuando se produjeron brotes en los hogares de ancianos y se prohibió trabajar a los miembros infectados o expuestos, esto exacerbó la escasez de personal. Otros empleados tuvieron que trabajar tiempo extra en un ambiente peligroso para su salud. Muchos de ellos lo hicieron cobrando el salario mínimo y sin beneficios como la licencia por enfermedad.

"En muchas ocasiones el agotamiento se convirtió en algo muy real”, dijo Tolley, mientras recordó un día en octubre cuando los tres miembros de su equipo de actividades estuvieron ausentes debido a una infección o exposición por COVID-19. “Estaba yo sola… y lloré y lloré”.

La directora de actividades, Meredith Tolley, explica el nuevo programa de actividades.

Emily Paulin

La directora de actividades Meredith Tolley explica el nuevo programa de actividades. Entre marzo y diciembre del 2020 se cancelaron todas las actividades grupales en Manor.

Todavía hay muchas horas y días difíciles.

Durante la fracasada reunión en persona de Reimer y Voss, fue Tolley quien pidió a las mujeres que volvieran a la cabina de visitas, después de suplicarle repetidamente a Voss que se pusiera la mascarilla. “Odio ser la mala”, dijo, “pero tengo que seguir las reglas”.

Un nuevo desafío en el control de la infección: la vacunación del personal. Aunque más del 95% de los residentes de Manor han sido vacunados contra la COVID-19, menos del 50% de los empleados han optado por recibir la vacuna, lo cual refleja una tendencia nacional. Desde el 15 de marzo, aproximadamente la mitad de los trabajadores de los centros de cuidados a largo plazo, a los que se ofreció la vacuna contra la COVID-19 a través un programa federal, habían rechazado la vacuna, según datos de los CDC proporcionados al Center for Public Integrity (enlace en inglés).

Las organizaciones nacionales de cuidados a largo plazo han lanzado campañas informativas para alentar a los trabajadores a vacunarse, pero muchos miembros del personal de Manor siguen siendo escépticos. Eso se debe principalmente a la novedad de las vacunas y a la incertidumbre en torno a las mismas, dice Angie Phillips, enfermera de prevención de infecciones de Manor. La propagación generalizada de información errónea sobre los efectos secundarios de las vacunas, especialmente en las redes sociales, ha tenido un “profundo efecto”, añadió.

"Pienso que poco a poco va a convertirse en algo más rutinario, como la vacuna contra la gripe”, explica Sarah Gregory, la directora de enfermería de Manor. “Pero creo que va a ser una transición muy lenta y puede llevar años hasta que alcancemos el nivel que deseamos ver".

Una gran escapada

Mientras estaba confinada en su habitación por la COVID-19, Alice Cunningham, de 79 años, se mantuvo ocupada haciendo arte con diamantes. Pegó cientos de minúsculas pegatinas de diamantes sobre distintos patrones para crear una serie de diseños de mosaico y marcadores de páginas, los cuales regaló a las personas que la ayudaron a llevarle perfume y loción corporal, o a canjear en el banco sus monedas de cinco centavos de bingo por billetes.

"Es una pequeña muestra de mi agradecimiento”, solía decir al entregar sus obras de arte.

La residente Alice Cunningham tiene su alcancía llena con sus ganancias de bingo.

Emily Paulin

La residente Alice Cunningham con su alcancía llena con sus ganancias del bingo.

Antes del inicio del confinamiento por la COVID-19, cuando Cunningham podía salir del centro siempre que quería, hacía compras e iba al banco ella misma, con la meta de alcanzar 5,000 pasos diarios. Ahora, a pesar de las nuevas libertades en los hogares de ancianos, los residentes aún no pueden salir de Manor siempre que quieran. “Lo echo de menos”, dice, “poder hacer lo que yo quiera”.

Nadie sabe cuándo regresará eso. El personal está esperando a que bajen los índices de transmisión comunitaria y a que el Gobierno federal publique nuevas pautas sobre ello.

Aun así, Cunningham se mantiene optimista. Al ser la presidenta del comité de residentes, ya ha planeado la primera gran excursión para los residentes de Manor que será cuando las condiciones finalmente lo permitan. “Nos subiremos a nuestro autobús y daremos un bonito paseo por Spearfish Canyon, luego disfrutaremos una agradable cena todos juntos en algún lugar y haremos el trayecto de regreso”, dijo una tarde, mientras miraba por la ventana de su dormitorio en dirección a las colinas Black Hills, atravesadas por el cañón.

"¿No sería maravilloso?”, exclamó al mismo tiempo que levantaba la alcancía azul que estaba sobre su cómoda. “Aquí dentro tengo unos $12”, indicó. “Puedo usarlos para pagar mi cena”.

"Aunque solo pudiéramos ir al supermercado local”, dijo. “Eso sería suficiente para nosotros".

Emily Paulin colabora con artículos sobre hogares de ancianos, atención médica, y política federal y estatal. Su trabajo también ha aparecido en la publicación australiana sobre estilo de vida Broadsheet.

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