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Cuidar a un ser querido que no te cae bien Skip to content
 

Cuando al cuidador no le gusta la persona a quien cuida

Cómo darle tu apoyo a ese ser querido de la familia y mantener tu propia tranquilidad.

Mujer joven cuidando a una mujer mayor

Getty Images

In English |  Cuando hablaba de su madre, Elaine —de 57 años— a veces tenía una expresión de exasperación, hasta de desdén. "Ella no estuvo presente ni por mí ni por mis dos hermanas pequeñas cuando éramos niñas", dijo durante una de nuestras sesiones de terapia. "Estaba muy ocupada saliendo y divirtiéndose. Nuestra verdadera madre fue nuestra abuela".


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Elaine manejó su enojo con la madre durante años al mantener una distancia emocional y física: vivía a más de mil millas de ella. Pero cuando su madre comenzó a sufrir pequeñas embolias, sintió que, siendo la hija mayor, era su deber volver a su ciudad para cuidarla. Sin embargo, el comportamiento de su madre durante los años en que ella le brindó cuidados la puso más furiosa que nunca. "Me da órdenes, como si yo le debiera algo", decía. "No le debo nada. Ella no me crio".

Es claro que no todas las relaciones familiares son relaciones felices. Como en el caso de Elaine, los cuidadores que tuvieron un pasado malo con la persona de quien se ocupan pueden tener ahora un presente emocional tenso con ella, especialmente si el cuidado requiere contacto frecuente y directo e interminables horas en el espacio pequeño del hogar de la madre o el padre. Es verdad que las viejas heridas pueden sanar si hay un espíritu de consideración, cooperación e incluso de perdón. Pero también es probable que esas heridas se vuelvan a abrir con nuevas confrontaciones y se reavive el dolor. Eso hará que hasta al cuidador con la mejor de las intenciones le resulte más difícil seguir brindando cuidados.

¿Cómo pueden los cuidadores familiares que tienen relaciones complicadas con sus seres queridos hallar maneras de comprometerse al cuidado sin arriesgar más heridas? Aquí presentamos algunas ideas.

         Basarse en la moralidad, no en los sentimientos. Está bien admitir que la relación ha sido mala en su mayor parte y no disfrazarla con romanticismo al intentar verla como el lazo afectivo que nunca fue. Eso significa que los cuidadores deben encontrar otros motivos convincentes para justificar los arduos sacrificios que hacen. Cuando se les pregunta por qué cuidan del ser querido, muchos cuidadores señalan sus valores espirituales y morales y responden, por ejemplo, "Eso es lo que debe hacer una hija" o "Yo creo en ayudar a quien sufre". Elaine veía el cuidado que le brindaba a su madre como la forma en que realizaba la obra de Dios en esta tierra. Esas nobles motivaciones a menudo son suficientes para que el cuidador continúe con su tarea aun frente a la renovada hostilidad de la persona a quien cuida.

         No buscar la confirmación del pasado en el presente. Tenemos la tendencia a ver a las personas siempre iguales, incluso como incorregibles, y entonces interpretamos sus conductas actuales a través del lente de las experiencias que tuvimos con ellas en el pasado. Pero eso puede hacer que malinterpretemos lo que en realidad está sucediendo en el presente. Por ejemplo, si nuestra madre fue mala con nosotros cuando éramos niños, podemos interpretar la agitación que le causa la demencia ahora como más muestras de la maldad de antes. Es mejor tratar de separar el pasado del presente y ver el comportamiento de hoy mayormente como síntomas relacionados con la enfermedad. Eso puede reducir el resquemor que podríamos sentir en respuesta a los arrebatos de maldad.

         Distanciarse emocionalmente, pero ser compasivo. Los profesionales de la salud y servicios sociales equilibran la amabilidad y compasión hacia sus clientes con la capacidad de observarlos en forma neutral, sin sentirse personalmente ofendidos por lo que dicen o hacen. Esperar que los cuidadores adopten completamente la postura de un profesional al ocuparse de los miembros de su propia familia no es algo realista. Aun así, Elaine finalmente se dio cuenta de que hay algo en ese distanciamiento del profesional que se puede imitar con resultados beneficiosos. Cuando comprendió que su madre ahora era frágil y a menudo estaba confundida, hizo de cuenta que ella era la ayudante de su madre, no su hija, y le brindó atención competente y sensible aun cuando su madre a veces le lanzaba dardos. Al final de la mayoría de sus visitas, la Elaine "profesional" podía marcharse a casa con la mente tranquila.

         Renunciar a la esperanza de un final de cuento de hadas. Cuando la relación entre el cuidador y quien recibe los cuidados ha sido históricamente mala, muchos cuidadores afrontan la prestación de cuidados con pocas expectativas para autoprotegerse, pero de todas maneras tienen la esperanza de que la interacción sea mejor. Algunos hasta se atreven a alimentar la ilusión de que finalmente ganarán la admiración y el amor de su padre o madre, lo que para mí es un final de cuento de hadas en el que lo malo se transforma en bueno. En mi experiencia profesional, esos finales no se dan con frecuencia. A menudo, el cuidador que se empeña demasiado en lograrlos se vuelve a decepcionar. Es mejor moderar esas esperanzas y aceptar las limitaciones que durante tanto tiempo ha tenido la relación. Su mamá falleció y Elaine nunca recibió la apreciación que le era justamente debida. Pero le quedó el consuelo de saber que había prestado la ayuda que podía prestar y había sido fiel a sí misma al hacer lo que era correcto.

Barry J. Jacobs, psicólogo clínico y terapeuta familiar, es miembro del panel asesor sobre la prestación de cuidados de AARP y coautor del libro de AARP Meditations for Caregivers (Da Capo, 2016). Síguelo en Twitter @drbarryjjacobs y en Facebook.

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