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¿Hacia dónde vamos?

Los estadounidenses dependen del Seguro Social que cumplirá en agosto 75 años.

In English | El Seguro Social enfrenta un futuro incierto. Mientras la comisión fiscal bipartidaria designada por el presidente Obama analiza distintas formas de hacerle frente al déficit presupuestario federal, el sistema, de 75 años de antigüedad, se encuentra atrapado entre dos puntos de vista marcadamente enfrentados.

Fortalecer el sistema

Aumentar los ingresos del sistema para promover su estabilidad financiera a largo plazo. Los resultados de una nueva encuesta de AARP Bulletin concluyen que, con la disminución de las pensiones y los ahorros personales, las personas de más de 50 años dependen del Seguro Social mucho más de lo que creían cuando eran jóvenes.

Limitar el sistema

Reducir beneficios. Muchos legisladores, alegando la necesidad de controlar el creciente déficit federal, han presentado propuestas de reducción de beneficios para millones de trabajadores que se jubilarán dentro de 20, 15 o incluso 10 años.

Analicemos en detalle estos dos puntos de vista básicos. Paul Ryan, ella es Myra Trent.

Paul Ryan de Wisconsin, el republicano de mayor jerarquía en el House Budget Committee (Comité de Presupuesto de la Cámara de Diputados), integra el Comité de Déficit, que espera emitir sus recomendaciones antes de fin de año.

Ryan ha elaborado un proyecto de ley al que denomina “Hoja de ruta para el futuro de Estados Unidos”. Según este proyecto, el problema del déficit se solucionaría principalmente mediante la reducción de pagos futuros del Seguro Social (además de Medicare y Medicaid). Los trabajadores que tengan hasta 55 años en el 2011 verían reducidos sus beneficios futuros.

Como compensación, podrían transferir parte de los impuestos sobre sus salarios a diversos fondos administrados por el Gobierno —aunque sin garantía de que sus ahorros puedan igualar los beneficios perdidos—.

Esta hoja de ruta reduciría notablemente el papel del Gobierno en la protección de los estadounidenses después de la jubilación. "No tenemos alternativa", insiste Ryan. Si no se controla, el inminente déficit condenará a las generaciones futuras a un estándar de vida inferior, algo que “nunca hemos hecho antes (…). Tenemos que encontrar mejores formas de ayudar a los jubilados”.

Myra Trent no cree en su razonamiento. Esta veterana de la Guardia Costera discapacitada, de 50 años, que vive en Spokane, Washington, no quiere que nadie toque su Seguro Social, y no porque sea beneficiaria (de hecho todavía no lo es), sino por lo que considera que ha hecho por Estados Unidos.

Trent considera que el actual debate sobre el déficit es una distracción, “para alejar nuestra atención de otras cosas que no quieren que veamos, como el bienestar corporativo. Si quieren hacer reducciones, hay que mirar dónde gastan la mayor parte del dinero los grupos de presión, y comenzar por allí. ... Y no quiero ni hablar de los derroches en el presupuesto militar. Lo he visto de cerca".

“Los que quieren hacer desaparecer al Seguro Social quieren convertirnos en un país en el que solo existan dos clases sociales: los que tienen y los que no”.

Entre los principales logros del Seguro Social se destaca el de haber reducido radicalmente el índice de pobreza entre los adultos mayores —del 35% en 1960 a menos del 10% en la actualidad—. De acuerdo con la información brindada en junio por el Employee Benefit Research Institute (Instituto de Investigaciones sobre Beneficios para Empleados), el Seguro Social representa el 40% de los ingresos de las personas de 65 años o más.

La mayoría de la gente que en la actualidad recibe los beneficios del Seguro Social nunca pensó que los necesitaría tanto. Los planes de jubilación y los ahorros personales se encontraban en declive incluso antes de la recesión. En la actualidad, con una tasa de desempleo todavía alta, el 50% de las personas de 50 años o más encuestadas por AARP Bulletin afirmaron que “dependen o dependerán” del Seguro Social más de lo que creían cuando eran jóvenes.

Bud Bickley, de 73 años, es una de ellas. Bickley, un ex mecánico de equipos pesados que vive en Tremont, Pensilvania, esperaba conseguir un trabajo a tiempo parcial luego de jubilarse. Pero no pudo hacerlo y ahora los beneficios del Seguro Social representan un recurso financiero mucho más importante de lo que imaginaba. En su opinión: “¿Reducir el Seguro Social? ¡De ninguna manera!”

Ernestine Bosley vive en Ravenswood, Virginia Occidental, y acaba de cumplir 70 años. No tuvo demasiados motivos para celebrar. Pasa la mayor parte del tiempo cuidando de su marido, Walter, que sufre de cáncer. Los Bosley dependen completamente de los beneficios del Seguro Social, que no llegan a $2.000 por mes entre ambos.

“Intenta vivir con eso —dice—. Así que cuando escucho hablar de recortes al Seguro Social, ¡me asquea! Y si deciden reducir los beneficios en el futuro, para la gente que ahora tiene 50 años, será igual de malo. No deberían ni siquiera hablar del Seguro Social”.

Pero lo hacen. Hace años que los críticos sostienen que no podemos darnos el lujo de mantener, y menos aún mejorar el programa, porque está en ruinas. Las encuestas muestran que en especial los jóvenes creen que “no habrá Seguro Social para mí”.

¿Esta afirmación es verdadera o falsa?

Es falsa, asegura Virginia Reno, vicepresidenta de Política de Seguridad de Ingresos de la organización no partidaria National Academy of Social Insurance (Academia Nacional del Seguro Social). En el peor de los casos, si el Seguro Social agota su fondo de reserva y el Congreso no hace nada por incrementar los ingresos del sistema, el Seguro Social aún recibiría fondos suficientes por impuestos sobre los salarios para pagar el 75% de los beneficios prometidos.

“No es mi definición de ‘estar en ruinas’ —afirma Reno—. Es mi definición de un déficit lejano. (...) Y una brecha puede cerrarse, si tenemos la fuerza de voluntad para hacerlo”.

Un informe reciente del U.S. Senate Special Committee on Aging (Comité Especial del Senado de Estados Unidos para la Vejez) sostiene prácticamente lo mismo, y sugiere opciones para disminuir la brecha estimada a largo plazo, sin reducir los beneficios. Por ejemplo:

Elevar los techos impositivos: Los ingresos superiores a un límite específico, que en la actualidad asciende a $106.800, no están sujetos a los impuestos que sostienen el Seguro Social. Si bien este límite máximo aumenta levemente cada año en función del aumento en los salarios promedio, un aumento más amplio tendría un impacto mínimo en las personas con mayores ingresos, pero ayudaría a reducir en gran medida la brecha estimada.

Elevar la tasa del impuesto sobre los salarios, por ejemplo un 0,05% por año para empleadores y empleados durante un plazo de 20 años.

Ampliar la cobertura del Seguro Social a más trabajadores, incluso a los empleados de los gobiernos locales y estatales recientemente contratados. Estas iniciativas permitirían obtener más ingresos por impuestos.

Destinar parte de los ingresos obtenidos por impuestos sucesorios al Seguro Social.

Reforzar las reservas del Seguro Social mediante la diversificación de las inversiones de su fondo fiduciario más allá de los bonos del Gobierno para incluir inversiones comerciales de mayor rendimiento.

“En contra de la idea generalizada, el cielo no se está cayendo para el Seguro Social —sostiene el senador demócrata por Wisconsin Herb Kohl, presidente de la Special Committee on Aging—. Con pequeños ajustes, podemos garantizar la solvencia e incluso mejorar los beneficios para quienes más dependen de su cheque mensual”.

Thomas N. Bethell vive en Washington, y es escritor y analista de políticas.

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