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Huertas con sentido común

Las huertas comunitarias son una gran alternativa para crear vínculos sociales y mejorar la calidad de vida.

En 16 m2 prestados por el municipio, los vecinos de La Reina, Chile, pueden plantar sus hortalizas, hierbas y flores de manera orgánica y consumir productos sanos, libres de químicos y con la satisfacción de haber sido cultivados por ellos mismos. Se trata de un programa que se inició el 2001 en la Aldea del Encuentro, lugar que consta de 2.500 m2 —repartidos en 120 medierías— y que permite desarrollar el concepto de "huertas comunitarias". Este sistema, de larga tradición en países europeos, se ha convertido en una excelente manera de combatir la escasez alimentaria, los problemas sociales y de salud.

Definidos como un instrumento para mejorar la sustentabilidad de las ciudades, los huertos y jardines comunitarios desde sus inicios han servido para enriquecer la calidad de vida. En el siglo XIX los gobiernos y la Iglesia entregaban terrenos para el cultivo y así alivianaban las condiciones de pobreza causadas por la industrialización; en las post guerras mundiales sirvieron para el autoabastecimiento, y resurgieron en los años setenta como herramienta para el apoyo comunitario especialmente en Estados Unidos.

En Inglaterra los huertos comunitarios o allotment gardens son un derecho de los ciudadanos, tienen una reconocida función social y se reparten por todo el país dando un lugar para el ocio y el autoabastecimiento de hortalizas. También en Alemania, la ley obliga a los gobiernos locales a entregar espacios de cultivo a la población y así éstos han durado en el tiempo. En Canadá estos jardines se han centrado en la línea terapéutica, y en Latinoamérica se extienden para paliar problemas alimentarios. Otros tienen como fin conseguir productos sanos, de calidad y cultivados localmente.

El sistema funciona más o menos así: un pedazo de tierra es prestado o arrendado por un municipio o gobierno local para que un grupo de personas pueda sembrar, cuidar y cosechar sus vegetales, y luego repartirlos entre los medieros según las reglas de cada asociación. Conociendo el modelo en su país natal, la estadounidense radicada en Chile, Stephanie Holiman, armó una huerta en su propia casa con la ayuda de amigos y vecinos, por medio de un sistema de cooperativa: "El hecho de que sea comunitaria es absolutamente beneficioso ya que su cuidado requiere de mucho trabajo, compromiso, esfuerzo físico y dedicación. Además se crean vínculos sociales porque se comparten las labores, los conocimientos y cada miembro asume su rol según sus capacidades", explica esta socióloga que creó Hada Verde hace cinco años, y junto a Susana Tapia ofrece talleres sobre cultivo orgánico, incluso en departamentos, y que los jueves abre su jardín para el funcionamiento de la huerta comunitaria.

Julia Franco es coordinadora del Programa Huertas Orgánicas Municipales en la Aldea del Encuentro, y educa a la comunidad en agricultura urbana. Afirma que ésta será muy necesaria a futuro por la escasez de alimentos, pero que hay que empezar a practicar desde ya. "La idea es que los participantes desarrollen  huertas hogareñas que les permitan la autosustentabilidad". Se organizan en base a medierías a cargo de un titular que debe trabajar este pedazo de tierra; de todo lo que se produce, la mitad va para el municipio y se vende en una feria semanal.

Uno de los 120 medieros de este programa es Ben Bookout, quien llegó desde Estados Unidos a hacer un Magíster en Arquitectura en la Universidad Católica y está por entregar su tesis que consiste en un huerto-parque en la Unidad Vecinal Portales en Estación Central. Éste integra ambas actividades en una plaza abandonada con el fin de revitalizar el lugar y darle una función que beneficie a los vecinos, por medio de huertos, lugares de juego y descanso, áreas verdes, rincones para talleres, compostaje y reciclaje,  árboles frutales y otras instalaciones.

Como ésta, existen múltiples iniciativas a nivel mundial que buscan impulsar la agricultura urbana como un medio para lograr el reverdecimiento de las ciudades y permitir el acceso a alimentos siempre frescos. En Estados Unidos el tema cobra fuerza como respuesta a la invasión de comida artificial. El movimiento The Mobile Food Collective se presentó en la última Bienal de Venecia con un proyecto desarrollado por Archework —oficina que se centra en hacer infraestructuras urbanas que mejoren la salud física, social y ambiental de las ciudades— que consiste en una unidad móvil que actúa como centro de reuniones, almacenamiento y soporte para desarrollar el huerto comunitario con la participación de todos y en cada etapa de la siembra.

La voluntad de quienes pueden facilitar las tierras —sitios eriazos, plazas, bordes de parques y otros espacios residuales— y la energía y organización de comunidades bastaría para la proliferación de estos huertos urbanos, que además de proveer de frutas y verduras sanas, ayudan a la solución de problemas de salud, a la generación de lazos entre los vecinos y tienen la capacidad de transformar el paisaje de las ciudades.

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