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Cuando los niños pierden a un ser querido por la COVID-19, los abuelos se encargan de cuidarlos

Más de 167,000 menores en el país perdieron a uno de sus padres o a un cuidador durante la pandemia.

Pamela Addison junto a sus nietos, su madre y su hija

Cortesía Pamela Addison

Joanne Swan (arriba) con sus nietos y su hija Pamela Addison, la madre de los niños (quien tiene al niño sentado en las rodillas), y su otra hija Kimberly Khilnani.

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Después de que el yerno de Joanne Swan muriera de COVID-19 casi al principio de la pandemia, la mujer de 70 años se mudó para vivir con su hija y sus dos nietos en Waldwick, Nueva Jersey. Ella cocinaba, leía cuentos antes de dormir y lloraba, pues toda la familia estaba de duelo por el fallecimiento de Martin Addison.

Desde la muerte de Addison debido a la COVID-19 en abril del 2020, Swan, de Ossining, Nueva York, ha pasado menos de ocho semanas en total en su propio hogar.  

“¿Qué más iba a hacer? ¿Volver a casa y ocuparme solo de mí?”, dice Swan. “Mientras tenga energía, empuje, capacidad y salud para estar aquí, ahí estaré”.

Unos 167,000 niños en Estados Unidos han perdido a padres, madres o cuidadores con quienes vivían debido a la COVID-19, según “Hidden Pain” (en inglés), un informe publicado el 9 de diciembre por COVID Collaborative, un grupo bipartidista que aboga por recursos. El 70% de los niños afectados tienen 13 años o menos, según el informe. Y cuando un menor se queda huérfano o sufre este tipo de pérdida, generalmente los que se encargan de cuidarlo son los abuelos o los familiares de mayor edad.

El problema es todavía peor para los niños de grupos minoritarios, quienes perdieron a padres, madres o cuidadores en porcentajes más altos que los blancos. En un estudio (en inglés) publicado en la revista Pediatrics, se descubrió que entre los niños del país con un cuidador principal muerto de COVID-19 antes de julio del 2021, el 65% no era blanco.

Apoyo para los que están cuidando a un nieto

Antes de la pandemia, muchos abuelos y otros familiares mayores ya criaban a sus nietos. Según un estudio del 2018 realizado por la American Academy of Pediatrics, unos 3 millones de adultos mayores están criando a sus nietos.

Lisa Grodsky, gerenta de operaciones de programas en OLHSA (Oakland Livingston Human Service Agency), una agencia de acción comunitaria en Pontiac, Míchigan, dirige el programa Grandparents Raising Grandchildren (en inglés) y dice que es importante que los abuelos reciban apoyo. Grodsky recomienda que te comuniques con programas locales de menores cuidados por parientes (inglés), que ofrecen recursos a quienes se convierten en el cuidador principal de un niño.

Según Grodsky, “muchas personas que crían a sus nietos se sienten sumamente aisladas”, pero ella quiere que sepan que no están solas.

Estas organizaciones y recursos (en inglés) pueden brindar apoyo e información:

“Es alarmante pensar que por cada cuatro muertes ocasionadas por la COVID-19, un niño se queda solo”, dijo en un comunicado Susan Hillis, investigadora de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades y autora principal del estudio de Pediatrics. “Tenemos una crisis”.

Agobiados por la pena

Si bien estas pérdidas son devastadoras para los niños, también generan dificultades para los abuelos que los cuidan a tiempo parcial o a tiempo completo. Y esos abuelos muchas veces también están de duelo por la pérdida de su propio hijo o familiar.

La pandemia ha impuesto obstáculos singulares que amplificaron una situación ya sin precedentes, señala Jaia Peterson Lent, quien dirige el National Center on Grandfamilies y es subdirectora ejecutiva de Generations United, una organización que publicó un informe (en inglés) en diciembre sobre el estado de las “familias encabezadas por abuelos”. Algunos de los retos que enfrentan los abuelos y los familiares mayores que se convierten en los cuidadores principales de un menor de edad son la educación a distancia, la escasez de productos y el miedo general al contagio por COVID-19.

“Muchas veces esos familiares son la última opción para esos niños, y por eso tienen miedo de que si se enferman o mueren, los pequeños tendrán que ingresar al sistema de adopción provisional, y eso es un gran factor estresante”, dice Peterson Lent.

Los nietos de Swan tienen 1 y 3 años, y su hija Pamela Addison es maestra de lectura. Swan, quien está jubilada, es ahora una presencia constante en la vida diaria de sus nietos, pues cambia pañales, los baña y les da un beso de buenas noches. La meta del equipo de madre e hija es que los niños tengan una niñez lo más normal posible sin su padre.

Inicialmente, a Swan le preocupaba que el cuidado de sus nietos sea agotador, pero la hermana y la suegra de Pamela, y otros familiares, se han unido para apoyarlas.

“A mis hermanas les preocupaba que esto me afectaría demasiado, que iba a ser demasiado estrés y presión”, cuenta Swan. “Al principio, sentía como si me estuviese hundiendo en un pantano, pero no les contaba. Sentía que me estaban agobiando la tristeza y la realidad , pero me sobrepuse y decidí aceptar que mi vida iba a ser así ahora”.

Los abuelos se encargan de más cosas

Desde que empezó la pandemia, los abuelos y otros familiares mayores han desempeñado papeles esenciales para ayudar a sus familias a enfrentarse a todo, desde los confinamientos por la pandemia hasta el trabajo y los estudios a distancia. Han cuidado a sus nietos que viven cerca mientras los padres trabajan desde el hogar. Los abuelos se han convertido en tutores de sus nietos que están aprendiendo a distancia por medio de pantallas. Y cuando los padres se enferman de COVID-19 y tienen que ponerse en cuarentena, muchos abuelos acogen temporalmente a sus nietos.

Y ahora se encargan de cuidar a los niños que perdieron a su padre o a su madre debido a la COVID-19. Según el nuevo informe de Generations United, en todo el país, 2.6 millones de niños están creciendo en familias encabezadas por abuelos, familiares o amigos de la familia. Asumir esa responsabilidad puede ser abrumador, señala Peterson Lent.

“Con muy poco o ningún tiempo para planificar, [los abuelos] averiguan cómo satisfacer las necesidades básicas de los niños”, dice Peterson Lent.

La pandemia ha empeorado los desafíos, dice Lisa Grodsky, gerenta de operaciones de programas en Oakland Livingston Human Service Agency (OLHSA), una agencia de acción comunitaria en Pontiac, Míchigan, que también dirige el programa Grandparents Raising Grandchildren. “Es complicado y desgarrador”, agrega.  

“Sentía que la tristeza y la realidad me estaban agobiando, pero me sobrepuse y decidí aceptar que mi vida iba a ser así ahora”.

— Joanne Swan

Si bien muchos abuelos están dispuestos a apoyar a la familia, esas responsabilidades plantean otros desafíos. Cuidar todo el tiempo a los nietos puede perjudicar la salud física y emocional de los abuelos debido a los cambios significativos en la rutina, señala Grodsky. Algunos abuelos se mudan, soportan relaciones tensas con otros familiares, luchan con nuevas cargas económicas asociadas con el cuidado infantil, y terminan sacrificando sus propios planes para el futuro y necesidades de autocuidado a fin de dar preferencia a las del niño.

Eso puede ser muy perjudicial, dice Grodsky. Ella agrega que es posible que los adultos mayores que cuidan a niños que quedaron huérfanos debido a la COVID-19 no descansen lo suficiente, no se alimenten bien y no reciban atención médica adecuada, y podrían padecer problemas de salud mental, entre ellos depresión.

“El aislamiento de sus compañeros y sus parientes lejanos, y el agotamiento, pueden empeorar enfermedades, como la diabetes y la presión alta”, dice Grodsky.

Ikelyn Tokley y Deanna Crawford junto a Octavia Tokley y su nieta Amethyst

Cortesía Octavia Tokley

Ikelyn Tokley (a la izquierda) y Deanna Crawford (al centro) están apoyando a Octavia Tokley (a la derecha), quien cría a su hija Amethyst luego de la muerte de su esposo por COVID-19.

En Filadelfia, Octavia Tokley, de 41 años, estaba en estado de conmoción después de que su esposo Erin Tokley, de 47 años, muriera de COVID-19 el 3 de marzo. Él había sido agente de policía, pastor y mentor comunitario, y su muerte dejó un gran vacío en su vida familiar. Su muerte convirtió a Tokley en la madre soltera de su hija de 5 años, Amethyst.

Desde que su esposo falleció, Tokley ha recibido mucho apoyo de su suegra, Ikelyn Tokley, de 70 años, y de su hermana Deanna Crawford, de 55 años, para cuidar de Amethyst. Pero ellas dos también están de duelo.  

Erin Tokley “era un sargento”, cuenta Ikelyn. “Siempre nos protegía y nos decía lo que debíamos hacer”.

La familia nunca se imaginó que la pandemia iba a causar su muerte. “Cuando alguien pierde a un ser querido por COVID, creo que es una advertencia”, dice Crawford.

Crawford y Ikelyn Tokley han participado en la vida de Amethyst desde que ella nació, pero esta situación las ha puesto a prueba. “Todas estamos encargándonos de más cosas”, dice Ikelyn, quien se mudó con Octavia y Amethyst después de que se terminara su contrato de alquiler.

Para muchos abuelos, cuidar a chicos que perdieron a uno de sus padres no solo tiene que ver con la ayuda práctica —organizar las comidas, hacer la limpieza y transportarlos a diversas actividades—, sino también con el apoyo emocional a medida que los niños aprenden a sobrellevar una situación dolorosa que les cambia la vida. Aunque Amethyst se pone triste, ha manejado los cambios lo mejor posible, señala Crawford.

“Le dijimos que podía hablar con su padre. Él no está aquí físicamente para contestarte donde puedes verlo, pero puede oírte”, dice Crawford. “Es una niña fuerte”.


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Las desigualdades raciales en las muertes por COVID-19

Si bien muchos chicos han sufrido durante la pandemia, las pérdidas causadas por la COVID-19 han impactado de una manera desproporcionada a los niños de color. Según el informe “Hidden Pain”, la tasa de niños indoamericanos o nativos de Alaska, nativos de Hawái y nativos de las islas del Pacífico que perdieron a sus cuidadores es casi cuatro veces mayor que la de los niños blancos. Para los niños negros e hispanos, esa tasa es casi 2.5 veces mayor y para los asiáticos, 1.6 veces mayor.

La pandemia profundizó las desigualdades que enfrentan las personas de grupos minoritarios y amplió la brecha socioeconómica, dice Hillis. Varios factores, entre estos la falta de acceso a la atención de salud, las situaciones de vivienda inestables y los empleos como trabajadores esenciales, han llevado a las minorías a exponerse más a la COVID-19, señala.

Foto de Sherri Livingston

Cortesía Sherri Livingston

Shirley King

Estas desigualdades se despliegan en tiempo real. Shirley King, de 72 años, creía firmemente en mantener juntas a las familias. Esta residente de Fraser, Míchigan, era la tutora legal de cinco hijos de familiares que no podían cuidarlos.

Ella se encargó de quererlos, de que no pasaran hambre y de que se sintieran seguros. Pero en abril, King se enfermó de COVID-19. Una semana después, murió en un hospital de Míchigan.  

Ahora, dos de las hijas adultas de King, Sherri y Katrena Livingston, se están encargando del cuidado de los niños. Las hermanas Livingston ahora cuidan a 10 niños, entre ellos los suyos, con edades de 3 a 17 años.

“Fue difícil para nosotros cuando falleció mi madre”, dice Sherri, de 54 años. “Estamos lidiando con 10 personalidades diferentes y 10 etapas distintas de la vida”.

Es un proceso de día a día. Abordan las necesidades básicas de los chicos, los educan en casa y los ayudan a sobrellevar la tristeza de haber perdido a King. “Hay que tener mucha paciencia”, señala Katrena, de 49 años.

Pero ellas saben que los niños las necesitan. “Mi madre nos enseñó que Dios nos dio todo el amor que tenemos en el corazón y que eso se comparte”, dice Sherri. “Por eso continuamos su legado”.

Carlett Spike contribuye con artículos sobre temas raciales, salud y alimentación. Sus trabajos han aparecido en Prevention, Shondaland y Columbia Journalism Review.