Skip to content
 

La vida también es un juego

Para que los niños interactúen en el juego de la vida y los adultos vuelvan a divertirse como niños, un grupo de expertos creó las Olimpiadas afectivas, un proyecto pedagógico para crecer jugando.

En el azaroso juego de la vida unas veces se gana y otras se pierde. Y decirlo no es una muestra de lógica brillante, pero lo cierto es que no saber asumir el ganar o perder, en cualquier circunstancia de la vida, está llevando a problemas emocionales. Y esta es una tendencia que llama la atención especialmente en los niños y jóvenes, que se están ahogando en los sentimientos de soledad y depresión por su débil desarrollo de las competencias afectivas. Es decir, de aprender a celebrar un triunfo o asumir un fracaso. Por eso, una forma de fortalecer estas habilidades es a través del juego, por los efectos positivos de la interacción lúdica, como estimular una mejor relación consigo mismo y con quienes le rodean.

En ello reparó la Fundación Internacional de Pedagogía Conceptual Alberto Merani (FIPC) y el Instituto distrital de recreación y deporte, que están organizando las Olimpiadas Afectivas 2010, en Bogotá. Unas justas en las que no importan las capacidades atléticas, sino las habilidades afectivas como la generosidad, la solidaridad y la templanza, entre otras.

Esta iniciativa, que busca constituirse en un referente pedagógico, presenta 32 juegos experienciales y se enfoca en niños entre 5 y 12 años. "Elegimos la segunda infancia porque es una etapa propicia para concientizarlos sobre las habilidades de socialización, y más al estar a las puertas de la adolescencia, momento vital para aprender a asumir los logros, pero también los fracasos", dice Leidy Pedreros, coordinadora pedagógica.

En estas olimpiadas los preparadores físicos y mentales de los jugadores son los formadores afectivos. Ellos modelan valores, actitudes y comportamientos, papel que hace algunos años lo ejercían con naturalidad los padres, abuelos y tíos, pero que se está perdiendo por la "falta de tiempo" y la nueva composición de las familias, cada vez más pequeñas, atomizadas y permisivas. "Los padres dejaron su papel de guías y fijadores de límites para pretender convertirse en los amigos de sus hijos y no en figuras de autoridad con tal de no traumatizarlos ni truncar su libertad", apunta Rojas, directora pedagógica del programa Círculos afectivos.

Lo curioso es que los padres quieren ser amigos, pero no juegan con ellos. Las generaciones criadas bajo un modelo autoritario, no quieren lo mismo para sus niños, pero no comparten tiempo juntos, sino que los atiborran de juguetes y les ceden los espacios de comunicación a la televisión y los videojuegos, y cuando quieren jugar con ellos para estrechar los lazos es tarde, porque los menores han crecido y ya no comparten el mismo código comunicativo.

Pero, ¿qué tanto se puede aprender de la vida a través de los juegos? "Estos son una poderosa herramienta pedagógica -insiste Pedreros-. Observemos un partido de fútbol, si el jugador no cumple las reglas tendrá sanciones. Estas pueden ser leves, pero si persiste en el error podrían ser más severas, como la expulsión del partido".

En la dinámica de juego se les enseña a escuchar, seguir instrucciones, tener un sentimiento competitivo ético, que si gana sea por su esfuerzo y no porque hace trampa; aprende también que perder y ganar hacen parte del juego de la vida.

Por ello con las olimpiadas se intenta volver la mirada a las actividades lúdicas tradicionales en el hogar y en las aulas, y recuperar su valor como la primera forma de diálogo entre padres e hijos. Lo que se convierte en toda una necesidad, más si se tiene en cuenta el estudio realizado por la Liga colombiana por la vida contra el suicidio, de la Fundación Merani, en el que se establece que 5 de cada 10 padres dejan solos a sus hijos o al cuidado de terceros, lo que llevaba a los niños a enfrentarse a la soledad y la desorientación.

Además, uno de cada cinco menores entre los 6 y 10 años tienen dificultades en la relación con su madre y al menos la mitad revela una relación débil con su padre.

A jugar en casa

Por eso se estableció la necesidad de desarrollar un programa en el que se rescaten los papeles de los padres de familia y profesores en el juego, pues a través de la lúdica se estimulan las competencias afectivas. La FIPC habla de tres grandes grupos de estas: la habilidad para relacionarse con los demás; el segundo grupo se refiere a las figuras de autoridad y la conformación de grupos (se trabajan cualidades como ser afectuoso y aprender a ponerse en el lugar de otro). El tercero tiene que ver con el amor propio, que el niño aprenda a cultivar virtudes como la disciplina, la determinación, la fortaleza y la motivación.

Pero el ejemplo debe iniciar con los mayores, por eso instructores del programa Círculos afectivos comenzaron a implementarlo en empresas. "Los empleados asisten a un taller para padres, se les capacita en la importancia de crear espacios de convivencia familiar y luego se llevan a casa Mi familia, el primero de los cinco módulos que enseñan, jugando, el respeto por las figuras de autoridad. A la semana siguiente, lo cambian por otro con los compañeros de oficina. 

Andrea Rozo, asistente administrativa, de 27 años, y madre de dos niños, de 9 y 7, recurrió al juego por pura necesidad. "Yo me limitaba a llevar a mis hijos al centro comercial y ver cómo se divertían en el parque y nada más", cuenta. El cambio de actitud surgió cuando Sergio, su hijo menor, comenzó a tener problemas de comportamiento y bajo rendimiento escolar, que ella atribuye a la separación de su papá. "En la casa era silencioso, retraído y del colegio con frecuencia recibía quejas por su agresividad y pereza para hacer las tareas. Entonces consulté a un formador afectivo y empecé a llevar juegos de mesa a la casa y se generó un espacio de comunicación con los niños", dice. Un año más tarde, Sergio mejoró su promedio académico, es más colaborador y solidario.

Los juegos tradicionales como la golosa, ponchados o tingo-tingo-tango, entre otros, invitan a jugar en equipo y son una poderosa herramienta para desenmascarar facetas de la personalidad. "Se identifica al huraño, al competitivo, al tímido, al tacaño, al compasivo y se aprende que tener defectos no es malo, sino que hay que saberlos controlar", añade Jonathan López, licenciado en psicopedagogía, quien junto con otros formadores afectivos está replicando estas experiencias en niños de colegios de Bogotá y Barranquilla.

"El efecto de un adecuado vínculo no solo emocional, sino intelectual y social entre padres e hijos es formar un niño, un adolescente, un adulto y un mundo más sanos", anota la psicóloga Ana Isabel Jiménez. Y estos aspectos se trabajan en los juegos, por eso la falta de tiempo de la que se quejan los padres no debe ser una excusa y más cuando jugar como un niño calma el estrés y aumenta los niveles de felicidad. Valdría la pena considerar lo que dice el cantante Andrés Calamaro: "Porque vivir es jugar, yo quiero seguir jugando".

El juego del afecto

Los parques metropolitanos de Bogotá se convertirán en las 'zonas de juego', donde se disputarán las Olimpiadas Afectivas en las que se busca que los niños vivan experiencias lúdicas de tres tipos (afectivas, cognitivas y expresivas). Con estas justas, que comenzarán el 16 de julio, se pretende demostrar la importancia de rescatar el espíritu lúdico para mejorar las relaciones del niño consigo mismo y con el entorno.  También se dictará gratuitamente el programa Círculos Afectivos a 35 colegios públicos y 15 privados.

¿Qué

0 | Add Yours

Deje su comentario en el campo de abajo.

Debe registrarse para comentar.

Siguiente Artículo

Lea Esto