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Cómo construir un nuevo final

La muerte de su padre impulsó a Mary Lou Fulton a reflexionar sobre las cosas que más importan en la vida.

In English | “Nadie puede volver atrás y comenzar de nuevo; pero cualquiera puede comenzar hoy mismo a construir un nuevo final”. – Maria Robinson

Mi papá murió hace poco, después de una corta y repentina lucha contra una neumonía. Una semana estaba en una taberna local, cantando sus canciones favoritas de karaoke, a la semana siguiente estaba en la unidad de cuidados intensivos, conectado a un respirador, y una semana después, estaba muerto.

Después del funeral, regresé a mi empleo como vicepresidente de The Bakersfield Californian, una compañía de medios de comunicación, con sede en la ciudad de Bakersfield, a unas dos horas al norte de Los Ángeles. Por muchos motivos, éste ha sido un trabajo soñado, que me ofrecía libertad creativa, colegas que brindaban su colaboración y, además, una buena remuneración. Trabajé duro para lograr lo máximo posible y me sentía orgullosa del reconocimiento nacional que nos habíamos ganado por nuestras novedosas ideas y enfoques.

Normalmente, me pierdo en el trabajo como un modo de evitar el dolor, pero esta vez fue diferente. Mi corazón estaba otra vez en Arizona, con mi hermano, que es discapacitado mentalmente, y mi mamá, quien repentinamente debió asumir la responsabilidad de ser su cuidadora a tiempo completo. Mi hermano, un hombre de 42 años con la mente de un niño de diez, había sido tan protegido por papá que nunca había podido mantener un trabajo, pagar una factura o cocinarse. Ahora, Charlie y mamá estaban juntos, desconsolados y con un futuro incierto.

No hay muchas cosas positivas que decir acerca de la muerte de un padre, excepto, quizás, que la muerte te hace pensar de verdad acerca de la vida. ¿Qué y quién realmente importan? Al final, ¿qué cosas marcarán la diferencia?

En mi caso, la respuesta fue que quería ayudar a construir un nuevo final para mi hermano y para mi madre. Quería que Charlie, mi único hermano, desarrollara una vida propia, y que mi madre, de 67 años, no muriera antes de tiempo, agobiada por el peso de tener que cuidarlo. Y también quería un nuevo final para mí, volver a ser realmente parte de la familia, después de años de haberme sentido desconectada de ellos.

Y así, en medio de la peor recesión mundial desde la Segunda Guerra Mundial, renuncié a mi empleo. Me sorprendió lo bien que se sintió dar el aviso, la paz que sobrevino de saber que estaba yendo adonde más me necesitaban. Mis colegas reaccionaron con sonrisas y expresiones de apoyo, pero pude ver en sus ojos las preguntas que no se animaron a hacer: ¿No estaba preocupada por conseguir un empleo? ¿Tenía un plan?

Honestamente, y quizás por primera vez en mi vida adulta, no tengo un plan. Tengo ahorros suficientes como para un año o más y tengo fe en que seré capaz de encontrar otro empleo, cuando llegue el momento de hacerlo.

Así que, por ahora, paso la mayor parte del tiempo en mi pueblo rural, intentando construir cimientos más sólidos para el futuro de nuestra familia. He hecho las coordinaciones para que Charlie solicite servicios estatales y se someta a una evaluación psicológica, para que podamos comprender cuáles son sus capacidades y sus desafíos. También llevé a mamá a distintos médicos, asegurándome que recibiera tratamiento para su altísimo colesterol y su anemia crónica.

Mantengo a Charlie ocupado, llevándolo al cine, al almacén y al cementerio, donde escuchamos la música favorita de papá en su equipo portátil, sentados cerca de la tumba. Es una inesperada y pacífica manera de terminar el día, disfrutando de una cálida brisa de verano que hace girar los molinillos que Charlie colocó cerca de la tumba de papá.

Fue divertido volver a conocer a mi hermano, después de años viviendo en lugares distintos. Charlie es muy dulce y está ansioso por agradar a los demás, y le hace bien a mi corazón oírlo hablar de sus ganas de hacer amigos nuevos y de encontrar empleo. Sin embargo, en un instante, un recuerdo de papá puede traer un llanto incontrolable, ya sea en público o en privado. A veces, el dolor de Charlie se convierte en furia; grita, arroja cosas y dice que desearía estar muerto.

Algunos días, la depresión y la frustración se llevan lo mejor de mí. Estoy acostumbrada a moverme en la vida a un ritmo rápido, y mi mamá y mi hermano muy rara vez comparten este sentimiento de urgencia acerca de lo que debemos hacer para prepararnos para el futuro. Miran televisión sin parar. No puedo lograr que comprendan la importancia de la nutrición y del ejercicio físico, aunque los dos tienen sobrepeso y mi hermano tiene diabetes tipo 2.

No tuve hijos propios; pero muchas veces me siento como una madre de mediana edad, educando a un niño de mediana edad, intentando enseñarle a Charlie temas relativos al dinero, a los buenos modales y a preocuparse por los demás. Me asusta pensar que no estaré preparada para el día en que mamá se haya ido y yo me convierta en la única responsable de Charlie. Me preocupo acerca de quién nos cuidará cuando los dos seamos demasiado viejos como para cuidarnos solos.

También extraño a mi papá. En comparación, mi empleo en Bakersfield fue facilísimo.

Un día especialmente desalentador, le envíe un correo electrónico a una amiga para desahogarme. Como ella sabía que yo había trabajado para algunas compañías
por internet, me aconsejó lo siguiente: “Considéralo como una nueva ciberempresa —fultonhealth.com— y piensa que te encuentras en la fase de prueba beta”.

Ella tiene razón. Cuando inicias un negocio, aprendes a medida que avanzas, especialmente, de los contratiempos. Necesitas ser persistente, pero también flexible. Más que ninguna otra cosa, nunca debes perder de vista por qué importa verdaderamente lo que estás haciendo. Y aunque mi futuro es incierto en muchos aspectos, eso es algo que sé con certeza.

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