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Disyuntivas de las madres

Ahora que sus hijos son mayores, dos madres reflexionan sobre el camino que escogieron y dicen no haberse arrepentido de nada.

In English | "No dejé de trabajar"

De vez en cuando cuestiono mis decisiones: ¿Me equivoqué al criar a mis hijos en la ciudad en vez de los suburbios? ¿Debería haber intentado tener un tercer hijo?

Pero algo que nunca pasó por mi mente fue preguntarme si tomé la decisión correcta al seguir trabajando (enlace en inglés) fuera de la casa después de dar a luz. Sólo tengo que pasar un rato con mis hijos para comprobar que tomé la mejor decisión para mi familia.

Jed y Rory son jóvenes adultos bondadosos, cariñosos, simpáticos y trabajadores. Mis chicos saben hacer de todo, desde encurtir pepinillos hasta fabricar cerveza (enlace en inglés), y eso es sólo en la cocina. Estoy convencida de que sus competencias se deben, al menos en parte, al hecho de que los animé a que manejaran ellos mismos las decisiones y tareas que se les presentaran. Simplemente no estaba presente para microgestionar sus vidas.

Comencé a desarrollar mi carrera como directora de revista cuando mis hijos eran bebés. Mi trabajo me dio mucha satisfacción, pero nunca hubo duda de lo que ocupaba el primer lugar en mi vida: mis hijos. Al igual que otras madres en la escuela de mis hijos, quienes se convirtieron en mis mejores amigas pues nos comprendíamos perfectamente, yo nunca me perdí una función, un concierto o la oportunidad de ser madre voluntaria. Durante más de 20 años, organicé fiestas de cumpleaños, los llevé a citas médicas, cosí 200 etiquetas a la ropa, preparé comidas familiares todas las noches, hasta que el menor de mis hijos se fue a la universidad (enlace en inglés). No hice más que confirmar el aforismo preferido de mi madre: si quieres que algo se haga, pídeselo a una persona atareada.

A la vez que mis hijos crecían, mi trabajo también. Cuando llegaron a la etapa de tener cantidades industriales de tarea, yo ocupaba un puesto exigente como directora de una revista importante de circulación nacional. Una vez que quitaba la mesa, Jed y Rory se retiraban a estudiar. Aunque dudo que se dieran cuenta de lo que hacía su mamá, yo también me retiraba, a atacar la montaña de documentos que me había traído a la casa.

Mentiría si dijera que el acto de malabarismo fue fácil. A veces faltaba la niñera y me veía obligada a improvisar opciones, como dividir el día con mi esposo; uno tomaba el turno de la mañana y el otro, el de la tarde. Mi esposo era la pieza del rompecabezas que hacía que el equipo Koslow funcionara más o menos bien. Era un verdadero socio equitativo en esta empresa. Pero aun con su ayuda, había momentos en que me sentía agotada o desesperada, preocupada por mis hijos, o simplemente extrañándolos cuando estaba en el trabajo. En particular, recuerdo una noche de Halloween en que tuve que asistir a una conferencia en las Bermudas. Mientras que mis colegas sin hijos consideraron el viaje una jugosa gratificación, yo hubiera cambiado cada uno de los granos de arena rosada de las islas por haber visto a Rory disfrazado como el hombre con sombrero de copa del juego de Monopolio.

Hice todo lo que tenía que hacer, aunque pagué por hacerlo. Durante casi dos décadas apenas tuve tiempo para mí misma. Horneé muchas galletas con mis hijos y ahora sé de pastelería, pero nunca cosí colchas de parches, ni fui jardinera (enlace en inglés) ni la mamá que salió electa presidente de la asociación de padres y maestros. En realidad, ninguna de las madres que trabajaban podía asistir a las reuniones de la asociación, pues siempre se celebraban en medio del día laboral. Nunca aprendí a jugar tenis o golf. Para hacer ejercicios, me levantaba a las 6 a. m. y corría por el parque. Las vacaciones (enlace en inglés) siempre eran familiares. ¿Un viaje romántico (enlace en inglés) sola con mi esposo? Ni modo. Hubiera extrañado a mis hijos y me hubiera sentido culpable de dejarlos.

Pero la culpabilidad y el arrepentimiento no son lo mismo. Sin lugar a dudas, sentí que era mejor madre que si me hubiera quedado en casa. Pensé mucho en mi propia madre, quien comprendí hubiera sido mucho más feliz si no hubiera renunciado a su empleo como trabajadora social. Percibí una advertencia subliminal en la depresión que sufrió en la mediana edad. Capto esa advertencia en las amigas que dejaron su empleo cuando tuvieron hijos y que, especialmente en esta economía, han visto frustradas sus esperanzas de reintegrarse a la fuerza laboral.

Para mí, el trabajar fuera de la casa ha sido algo natural o "beshert", palabra yidis que significa "predestinado". Me gustaba todo sobre mi carrera, incluso el hecho de que me permitía contribuir tanto como mi esposo al sostén económico de la familia. Me enorgullecía saber que compartía por partes iguales la labor de sustentar a mis hijos, darles una educación de excelencia, enviarlos a los campamentos de verano que adoraban y comprarles los zapatos que les quedaban chicos más rápido de lo que se dice "MasterCard".

Mi posición en cuanto al trabajo es que cada madre debe tomar la decisión que considere correcta para ella y su familia. No llevo la cuenta, pero me pregunto por qué algunas madres que deciden no trabajar fuera de la casa creen que tienen la autoridad moral para juzgar a las otras. No hubiera amado a Jed y Rory con más fuerza si hubiera esperado el autobús escolar todos los días, merienda en mano. Me siento orgullosa de ellos, igual que ellos dicen sentirse de mí. ¿Me arrepiento de algo? Todavía no.

Sally Koslow, www.sallykoslow.com, es autora de las novelas With Friends Like These (Con amigos como estos), The Late, Lamented Molly Marx (La difunta y muy llorada Molly Marx) y Little Pink Slips (Notificaciones de cesantía).

"Me dediqué a mi hogar"

Antes de tener hijos, todo apuntaba a que seguiría trabajando después de que nacieran.  El movimiento feminista estaba en plena floración. Mi propia madre había trabajado, administrando el bufete de mi padre, y ambos nos alentaron a mí y a mis tres hermanas a seguir una carrera. Me casé a los 21 años, y mi esposo y yo acordamos esperar a que pudiéramos comprar una casa antes de tener familia. Mi trabajo en relaciones públicas era divertido.

Entonces, ¿por qué, justo antes de cumplir 30 años y dar a luz mi primer hijo, decidí dedicarme a mi casa y dejar mi carrera en segundo plano?

Las razones van desde las filosóficas hasta las prácticas. Desde el momento en que la prueba del embarazo resultó positiva, mi esposo y yo nos convertimos en padres profesionales. Comenzamos a leer libros de los gurús T. Berry Brazelton y Penelope Leach y llegamos a la conclusión de que un bebé necesita no sólo tiempo de calidad sino cantidad de tiempo. Esto no iba a suceder si contrataba a una niñera y viajaba de ida y vuelta a mi trabajo cinco días a la semana. Había trabajado desde que tenía 16 años y mi razonamiento era que siempre podría conseguir un empleo, pero la infancia es una oferta única. Soñaba con crear un hogar tranquilo, lleno de cariño, con paseos a la biblioteca y al parque. 

Mi esposo tenía un trabajo exigente y acordamos que él sería el sostén económico y yo llevaría el control del hogar, lo que nos permitiría pasar el fin de semana disfrutando de la familia, no haciendo mandados. 

Nos acostumbramos a esa rutina y celebramos el nacimiento de otro hijo varón. Pagamos el precio económicamente: nada de comer fuera, nada de fondo de ahorros para la universidad, nada de vacaciones en avión o en automóvil. En su lugar, muebles de segunda mano, vacaciones con mis suegros y una cocina de los años 50 decorada con Formica moteada de rojo. La cocina no era lo único rojo; nuestro presupuesto también lo era. Sí, me molestaba cuando veía a mis amigas y a mis propias hermanas con carreras provechosas, vacaciones caras y casas renovadas. Sentía un poco de envidia cuando veía a mi vecina, la aeromoza, en su elegante uniforme dirigirse a París y a las mamás ejecutivas encaminarse, bien vestidas, a la ciudad. Pero establecí lazos afectivos con otras madres "caseras" del barrio y pasábamos las tardes vigilando a nuestros hijos en sus triciclos. Los fines de semana, los pasamos en familia en vez de corretear tratando de ponernos al día en los quehaceres. Creamos recuerdos de los que mis hijos aún hablan.

¿Mi carrera? Mi sueño era ser Brenda Starr, periodista estrella, y un mes antes de que mi hijo naciera obtuve una maestría en periodismo. Pero Brenda Starr es un trabajo de tiempo completo, y eso no era lo que yo quería. A medida que crecían mis hijos, me di cuenta de que ser ama de casa no significaba que tenía que estar en casa en todo momento. Así que empecé a enseñar un curso de periodismo cada semestre, sólo un par de horas a la semana. Entre el transporte y la niñera, perdí dinero en el asunto. Pero esto me permitió mantener contacto con el mundo profesional mientras me dedicaba en el hogar a los niños.

Es verdad que a veces sentía —al oír a mis amistades o a los medios de comunicación— que mi decisión había sido políticamente incorrecta. Durante aquellos años, cuando me presentaban a alguien, la inevitable pregunta era: "¿A qué te dedicas?" Mi respuesta, "A mis hijos", a menudo suscitaba una mirada perpleja u otra pregunta: "¿Cuándo vuelves al trabajo?"

Sí, volví a un trabajo más exigente cuando mis hijos estaban en secundaria. No sería la carrera de alto vuelo que pudiera haber desarrollado, pero gané los suficiente para renovar la cocina y ayudar a pagarles la universidad. Espero seguir trabajando a tiempo completo más allá de los 70 años, en parte para compensar por el dinero que dejé de ganar y en parte porque me gusta mi trabajo.

No me arrepiento de nada. Hace poco, daba un paseo matinal cuando vi a una madre de unos 30 años, algo agobiada, montando en una camioneta a sus dos hijos pequeños, junto con el equipo correspondiente, para llevarlos a un campamento de béisbol de verano. Recordé aquellos días. Sé que incluyeron una buena dosis de frustración, agotamiento y tedio, pero sólo lo agradable permanece.

"Disfrútalos", le dije. "Se van demasiado rápido".

Mary Quigley es autora del popular blog Mothering21.com, sobre la vida con hijos mayores de edad.

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