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De amor y familia

Cada vez son más las familias latinas que recurren a métodos no tradicionales para formar una familia.

In English | Miguel, un dirigente sindical de Nueva York, conoció al niño que se convertiría en su hijo en la propia sala de su casa. El niño de cinco años, llamado Juan, solía sentarse en silencio en el sofá de Miguel mientras su madre, el ama de llaves, se ocupaba de limpiar la casa.

Vea también: Derechos de visita de los abuelos.

Una década después, Miguel se enteró de que su ama de llaves tenía problemas. Perdida en drogas y malas relaciones, la mujer, de origen ecuatoriano, estaba viviendo en un sótano. Sus tres hijos adolescentes se  habían dispersado.

Y aunque todavía no está seguro de por qué lo hizo, Miguel decidió encontrar a Juan.

“Recuerdo que había una tormenta de nieve y lo encontré todo mojado y temblando de frío; lo traje a casa y le ofrecí el sofá para que durmiera. Pensé que se quedaría unos días hasta que las cosas volvieran a la normalidad, pero nunca se fue”, dice Miguel, cubano estadounidense, que accedió compartir su historia con la condición de que no se revelara el apellido de la familia.  

Miguel, que ahora tiene 63 años, primero se convirtió en su padre adoptivo temporal, y luego terminó adoptando oficialmente a Juan y a sus dos hermanos mayores. Ahora que su madre biológica ha salido de prisión y aparentemente está reconstruyendo su vida, los hijos de Miguel —que ahora tienen veintitantos años— le pidieron que los ayudara a cuidarla. Y ahora ella vive en un pequeño apartamento detrás de la casa de la familia en Nueva Jersey.

Y así nació otra familia estadounidense. La familia de Miguel forma parte de un mosaico contemporáneo que, debido a circunstancias, avances médicos y cambiantes valores sociales, permite una definición más fluida del concepto de familia: padres solteros, hijos adoptados, hijos concebidos fuera del vientre de la madre, dos padres o dos madres, padres múltiples y padrastros, o la ausencia total de padres y solamente abuelos.

Esta fluidez encaja perfectamente con el espíritu latino. Entre latinos es común escuchar que la abuela de alguien, en su país de origen, cuidaba a un niño o dos del barrio porque su familia  tenía demasiadas bocas que alimentar. El término hijo de crianza no significa exactamente hijo adoptivo; pero, en esencia, es el mismo concepto: un adulto que se hace cargo de un niño necesitado porque nadie más puede hacerlo.

“En los viejos tiempos, en nuestros países no necesitábamos papeles [para hacernos cargo de otros niños]”,  dice el Dr. José Szapocznik, director del Center for Family Studies (Centro para Estudios de Familia) y decano adjunto para desarrollo comunitario en University of Miami Millar School of Medicine (Escuela de Medicina Miller, de la Universidad de Miami). “Pero ahora estamos en un lugar diferente. Aunque podemos adoptar formalmente, no nos hacemos cargo de alguien que, por la razón que fuese, necesita que otra familia lo cuide”.

Y así, los latinos estadounidenses están intentando armar familias por vías más formales. Mientras el número de bebés latinos para adoptar continúa siendo bajo (según los expertos, los latinos tienden a mantener a los bebés bajo el cuidado de sus familiares), el número de parejas latinas que buscan adoptar temporalmente o de manera formal ha aumentado, así como los que recurren a la ciencia reproductiva y a madres suplentes para tener hijos.

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Hijos escogidos

“En el ultimo año, el número de latinos que desea adoptar ha crecido tanto que hemos observado una tendencia”, dice Vickye Schultz, vicepresidenta senior de adopción nacional y recursos humanos del Gladney Center for Adoption (Centro para la Adopción Gladney), en Forth Worth, Texas.

Hace unos ocho años, una de esas latinas era Barbara Gutiérrez, una exitosa profesional de casi cincuenta años entonces que siempre había deseado ser madre, pero por su carrera había seguido soltera y sin hijos hasta que, a causa de la soledad que sintió después de la muerte de su padre, decidió convertirse en una madre soltera.

“No fue una decisión fácil”, dice Gutiérrez, ex editora de periódico que ahora trabaja en el departamento de relaciones con los medios en la Universidad de Miami. “Sin embargo, una vez que decidí hacerlo, supe que lo haría y supe que el bebé debía parecerse a mí”.

La piel de Gutiérrez es de color café con leche claro y sus rasgos reflejan su herencia africana, blanca y asiática.

Un año y medio después de tomar la decisión de adoptar, Gutiérrez, que es cubana estadounidense, recibió una llamada de la agencia: una bebé de tres meses, de madre biológica mexicana y padre biológico afroestadounidense, estaba disponible.

Hoy, Katya, de 8 años, mantiene alerta a su madre, de 56. Y Gutiérrez logró lo que deseaba: las dos se parecen —mejillas llenas y ojos sesgados— del mismo modo en que madres e hijas suelen parecerse.

“Está claro que esta niña estaba destinada a estar conmigo, y yo estaba destinada a ser su madre”, dice Gutiérrez.

Soñando con Emma

Además de adoptar, cada vez más latinos, tanto jóvenes como mayores, están recurriendo a la tecnología reproductiva para formar sus familias. Esto es lo que permitió a Armando Correa cumplir el anhelo de toda su vida: ser padre.
 
La última noche de 1999, durante una reunión familiar en el norte de Italia para celebrar el nuevo milenio, después del champagne, la cena y los buenos deseos, Correa se fue a dormir y soñó con algo que, a pesar de su carrera y éxito personal, continuaba eludiéndolo: un hijo. Soñó con una niña. No recordaba el color de sus ojos ni de su pelo, pero despertó con la sensación de haber olido su dulce perfume de bebé y de haber sentido su piel de recién nacida sobre la suya.

“Regresé a casa con la certeza de que tenía que encontrar a mi hija”, dice Correa, un editor de revista cubanoestadounidense de 50 años que vive en Manhattan. “Nunca había estado tan seguro de algo en mi vida”.

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Cinco años, algunos intentos fallidos y más de $100.000 más tarde, Correa cargó en sus brazos a su hija Emma.

Utilizando su esperma, con la ayuda de una donante de óvulos y una madre suplente, Correa y su pareja, Gonzalo Hernandez, de 46 años, al fin se habían convertido en padres.

La decisión de tener y criar niños de este modo no convencional no fue fácil de compartir.

Cuando Correa le dijo por primera vez a su familia que había decidido tener un hijo, su madre, Andrea Niurka Pena, se sorprendió.

“Me quedé así, paralizada. Tragué en seco, respiré profundo y le pregunté: ‘¿Estás seguro de lo que estás diciendo?’”, recuerda Pena, que ahora tiene 70 años y trabaja como contadorda en una compañía de venta mayorista y minorista en Miami.

La determinación de su hijo pronto la llevó a aceptar y hasta a abrazar la idea. Tanto Correa como su madre dicen que la experiencia los ha acercado más a Dios y a sus propios lados espirituales. “Con el nacimiento de Emma yo te puedo decir que  descubrí  a Dios”, dice Pena. “Para mí todo este proceso de crear a Emma ha sido un regalo que mi hijo me ha dado”.

Correa dice que no tuvo problemas éticos ni religiosos con la forma no ortodoxa en que estaba teniendo una hija, pero sí tuvo ciertas dudas sobre si estaría asumiendo el lugar de Dios. “Entonces un médico me dijo que, a pesar de la ciencia y la tecnología, para que un embrión se convirtiera en un bebé, hacía falta la mano de Dios”, dice. “Eso me tranquilizó”.  

En noviembre de 2009, cuatro años después del nacimiento de Emma, la misma madre suplente dio a luz a los mellizos de Correa y Hernandez, Anna y Lucas. La pareja gastó $225.000 en la producción de sus tres hijos.

“Es difícil explicar por qué esto es tan importante para mí”, dice Correa. “Existe una conexión entre padres e hijos que no se puede conocer hasta que uno se convierte en padre. Es algo físico, una extensión del propio ser”.

Richard B. Vaughn, abogado gerente del National Fertility Law Center (Centro Nacional de Legislación sobre Fertilidad), con sede en California, dice que en los últimos tres años su bufete de abogados ha notado un aumento en el número de latinos que buscan ayuda reproductiva.

“Cuando nuestros clientes latinos avanzan en el proceso de reproducción asistida, se lo van contando a otras personas, y la noticia se difunde”, dice.

Si esto es así, Correa podría ser responsable de un aumento aún mayor de estas cifras. Él ha escrito un libro en el que narra su búsqueda de la paternidad, En busca de Emma: Dos padres, una hija y el sueño de una familia. Es, además, el director de People en español, una posición que lo expone a los medios casi constantemente.

Durante una presentación de su libro en la Feria Internacional del Libro de Miami el 14 de noviembre, fecha del cumpleaños de Emma, Correa tuvo que contener las lágrimas mientras leía el capítulo que describe el nacimiento de su hija. La audiencia, en su mayor parte mujeres de mediana edad, lloraba con él. Entonces la pequeña Emma apareció en escena y, con el encanto de una princesa, sonrió desde los brazos de su otro padre, escondiendo tímidamente la cara en su pecho mientras el público le cantaba el Cumpleaños Feliz.

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