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Otra vez por aquí

Nicole es su nombre. Comenzó a vivir con nosotros en su último año de estudios secundarios, cuando ella y sus padres se dieron cuenta de que todos habían agotado la energía emocional necesaria para continuar viviendo bajo el mismo techo.

No somos los únicos. En Estados Unidos, más de 2,4 millones de abuelos —cerca de 425.000 de ellos, hispanos— están criando a sus nietos, según el censo estadounidense del año 2000. Estamos criando a una sola nieta, pero, a veces, se siente como si fueran más.

Somos una pareja en sus 70 años que, durante los últimos 25, ha vivido una vida ordenada sin adolescentes. Nuestros tres hijos tienen sus propios hijos, uno de los cuales es la artísticamente dotada, tremendamente independiente Nicole. Luego de un conflicto con su padre y una temporada en una casa de cuidados provisionales, pasó a estar a nuestro cuidado.

Los padres de Nicole viven cerca y ella siempre ha considerado nuestra casa como suya. Nosotros fomentamos esa idea en nuestros hijos y nietos: la nuestra es la casa de la familia, la casa grande. Pero nosotros nos encontrábamos viajando por Rusia cuando se produjo la ruptura entre Nicole y su padre, por lo que debió recurrir interinamente a la casa de cuidados provisionales.

Una vez que se incorporó a nuestro hogar, la evidencia del carácter permanente de su estadía fue inmediata. Llegué a casa del trabajo un día y, antes de que pudiera quitarme los zapatos, mi esposa, Cinelli, dijo: “Tengo que mostrarte algo”. Me condujo a un baño en el que cada cajón estaba a medio abrir y, dispersos en el fregadero, había delineadores para ojos, pinzas, un lápiz labial, perfume y una crema facial. Se veía como si hubiera pasado un huracán; pero no tenemos de ésos en Los Ángeles.

Observando el caos, Cinelli agregó: “Quería que vieras la evidencia empírica de la presencia de un adolescente en la casa”.

Los adolescentes, atrapados entre la pubertad y la madurez, se sienten obligados a tomar todas las direcciones a la vez. Ser invitados tan repentinamente a criar una es, emocionalmente, equivalente a ser arrojado en otro mundo, ignorante de su lengua y cultura. Sobrevivir significa adaptarse a sus modos y costumbres.

Se nos está reclamando entender, reestablecer y cumplir estándares de vida que creíamos haber guardado hace años. Adoramos a nuestra “Teengirl” (“Niña adolescente”), pero requiere una paciencia que normalmente se disipa alrededor de los 50 años de edad, cuando la mayoría de los hijos ya se han ido de casa.

Afortunadamente, en comparación con generaciones previas, los abuelos actuales están en mejor forma física; escalan montañas, corren maratones y viven más tiempo. Quizás esta nueva vitalidad es la forma en que la naturaleza nos dota de un muro mental contra el poder del temperamento cambiante de las jóvenes adolescentes. Teengirl puede romper en llanto por un muchacho o el descubrimiento de que sus zapatos están mal. Un “¡los odio!” gritado al aire mientras corre sollozando no es motivo para alarmarse. Luego, su risa puede aproximarse a la intensidad de un grito que haga añicos un vaso de cristal. Al ver a una amiga, corre chillando como si hubiera reconocido a una hermana perdida años antes.

A pesar de rasgos que confunden, Nicole brinda muchas cosas positivas a nuestras vidas. Su arte es asombroso y su calidez nos recuerda a nuestras hijas. Debido a los tiempos cambiantes, converso con ella sobre temas que jamás habría abordado con mis propias hijas: enfermedades de transmisión sexual, drogas, alcohol, cigarrillos y regalitos ofrecidos por hombres mayores en automóviles deportivos. Nos reímos juntos, pero expongo mis ideas. El humor es fundamental.

Libros, revistas, programas televisivos y sitios web ofrecen mucho asesoramiento para criar a los hijos de nuestros hijos. Considerando que los abuelos gastan un promedio de 500 dólares anuales en sus nietos, no sorprende que el asesoramiento sea un mercado en auge.

Un consejo que me resultó invalorable proviene de Christine Crosby, una bisabuela y editora de Grand —una revista creada para abuelos—: no resienta la relación entre hijos y padres hablando mal de alguno de ellos.
Cinelli y yo estamos haciendo lo mejor que podemos para sanar las heridas emocionales que separan a Nicole de sus padres. Una sensación de triunfo recorre mi cuerpo cada vez que los veo hablando, y, pronto, Teengirl tendrá dos hogares nuevamente: el nuestro y el de ellos.

Nicole está ahora en la universidad, la School of the Art Institute of Chicago. Ha aprendido el valor de permanecer levantada hasta tarde y a abstenerse de hablar con sus amigos para completar las tareas escolares. También está aprendiendo cómo administrar su dinero inteligentemente; está tomando conciencia de que si se gasta la asignación semanal en un día, puede llegar a tener que comer sopa de fideos el resto de la semana. El cisma de crecer será olvidado, pero el año que con su presencia bendijo nuestro hogar reposará por siempre entre nuestros recuerdos.

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