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No se puede negar a la propia sangre

Nunca pensé que a los 55 me iba a convertir en el padre de mi nieto de dos años.

Cuando sonó el teléfono en medio de esa tarde común y corriente cinco años atrás, no tenía razón alguna para pensar que mi vida iba a cambiar para siempre. La voz al otro lado de la línea sonaba temblorosa y aterrorizada. Era mi nuera, Ellen, suplicándome que fuera a ayudarla a ella y a su hijo, Jason, de dos años de edad. Nuevamente, su esposo estaba enfurecido, tirando cosas, sacando cajones de las cómodas y arrojando el contenido.

Su esposo, mi hijo Lee.

Hice lo que siempre hacía cuando me llamaba. Dejaba de hacer lo que estaba haciendo y manejaba las 18 millas hasta su apartamento.

Esta no era su primera crisis. Ya estaba acostumbrado a manejar hasta allá. La madre de Lee (mi ex esposa, Charlotte) y yo éramos los que tratábamos de arreglar la situación y el desorden, o los que limpiábamos la sopa derramada sobre la hornilla, o simplemente los que escuchábamos las quejas de cada uno y tratábamos de calmar los ánimos de esta joven pareja de padres. Aún así, nunca pensé que terminaría encargándome completamente de la situación y que a los 55 estaba a punto de convertirme en el padre a tiempo completo de mi nieto de dos años de edad.

No me encuentro solo. Las cifras del último censo indican que 4.5 millones de niños menores de 18 viven en hogares donde el jefe de familia es un abuelo. Esta cifra se ha incrementado 30 por ciento desde 1990, a pesar que la población de menores de 18 sólo ha aumentado 14.3 por ciento en el mismo periodo.

Contrariamente al estereotipo de la abuela de barrio pobre que cría a sus nietos, este fenómeno alcanza ahora a todos los grupos étnicos y niveles socioeconómicos.

De cualquier manera, el desafío legal que la sociedad ha puesto en nuestro camino es común a todos. Mientras que el número de abuelos que cría a sus nietos ha aumentado, las leyes que norman la custodia, adopción y derechos de paternidad se mantienen tal y como fueron redactadas hace varias décadas.

"Los abuelos pueden ser los salvadores silenciosos de nuestras familias, pero para la justicia no tienen más importancia que un extraño", manifiesta Linda Dannison, Directora del Departamento de familia y ciencias del consumidor de la Universidad Western Michigan.

Muchos abuelos que no tienen la custodia legal de sus nietos están impedidos de aprobar la matrícula de éstos en las universidades, o los tratamientos médicos que puedan requerir.

A pesar que hay ocho veces más niños en hogares encabezados por un abuelo que en cuidado tutelar, los padres adoptivos reciben todo tipo de ayuda del estado, incluyendo dinero, y ninguno de estos recursos está a disposición de los abuelos que crían a sus nietos.

Por lo general, esta situación se genera por algún tipo de tragedia. Un joven padre muere repentinamente, o cae gravemente enfermo, o lo más común en esta época, se vuelve drogadicto o alcohólico. Los nietos pueden ser la consecuencia de un embarazo en la adolescencia, o víctimas de maltrato o abandono.

En tiempos de crisis, cuidar de un nieto es un imperativo biológico; es la total incapacidad para decir 'No' cuando la propia sangre de uno necesita ayuda. Ciertamente, esto nos sucedió a mi y a mi actual esposa, Sarah. A pesar que ella es la abuelastra de Jason, no dudó un segundo en convertirse en su nueva madre.

Lamentablemente, a algunos abuelos en esta situación se les considera padres fracasados. De otro modo y según lo que se piensa ¿por qué tienen que hacerse cargo de las obligaciones de sus propios hijos? En ocasiones, esta amonestación silenciosa se manifiesta en los tribunales, en la escuela, e incluso entre amigos.

"La sociedad tiene la creencia que 'la manzana nunca cae lejos del manzano', en ese sentido ¿qué los hace pensar que pueden desempeñarse mejor con sus nietos respecto a como lo hicieron con sus hijos?", dice Amy Goyer, coordinadora del Centro de información para abuelos de AARP (Grandparent Information Center).

Hay una razón por la que el matrimonio de mi hijo fracasó y Jason terminó a nuestro cuidado. Tanto mi hijo como su esposa Ellen son personas con discapacidad de desarrollo. Ambos se conocieron en la adolescencia, en una escuela para niños excepcionales. Nadie en nuestra familia se entusiasmó cuando Lee y Ellen decidieron casarse y menos, tener hijos. En ese momento, ellos tenían más de 21 y poco podíamos hacer desde el punto de vista legal para evitar que formen una familia. Abandonaron la escuela y se mudaron a un pequeño apartamento propio. Ellen encontró trabajo en una empresa que contrata a personas discapacitadas y Lee estudió computación, pero no duraba en los trabajos que conseguía. En su desesperado deseo de vivir con independencia, ambos rehusaron la ayuda médica y las medicinas necesarias para controlar sus arrebatos emotivos, que minaron su capacidad para ser padres.

En contra de nuestros moderados, y en algunas ocasiones no tan moderados, consejos, Lee y Ellen tuvieron un hijo, Jason. La mañana en que nació y mientras lo sostenía en mis brazos, me sentía lleno de dicha y temor a la vez, a medida que meditaba sobre el futuro del niño junto con sus padres y sobre el mío, como su abuelo.

La paternidad fue difícil para Lee y Ellen. Los abuelos hicimos todo lo que pudimos. Les ayudamos a manejar sus finanzas, con la limpieza del apartamento, y con paseos para Jason. Sin embargo, siempre estaba latente en el ambiente la amenaza de una explosión de ira por parte de Lee por cualquier motivo.

Sucedió otra vez: una llamada de Ellen en estado de pánico. Al llegar, vi a Ellen y a Jason sentados en el borde de la vereda, ambos con lágrimas en los ojos, se subieron al auto y los dejé en casa de los abuelos de Ellen. Francamente, tenía temor de enfrentar a Lee, que seguía enfurecido en el apartamento. Dos días después, a las 4 A.M., recibí una llamada de mi hijo. Estaba tranquilo, "Papá, necesito que me ayudes", dijo.

Fui al apartamento y lo encontré echado en el suelo, sollozando. "Lo siento mucho", repetía incesantemente. Lo llevé conmigo a casa y cuatro días después, con su consentimiento, su madre y yo lo llevamos a un hospital psiquiátrico. Finalmente, Lee empezó a tomar los medicamentos para controlar su volatilidad e impetuosidad, sin embargo, su matrimonio se había terminado.

En los dos meses siguientes, con frecuencia, el pequeño Jason pasaba los fines de semana con nosotros. Era obvio que Ellen tenía muchas dificultades para criarlo, aún con la ayuda de sus abuelos, que tenían más de ochenta años. Luego de un par de meses y poco antes del tercer cumpleaños de Jason, Ellen nos pidió a Sarah y a mí, si podíamos cuidar de Jason "por un tiempo". Sabíamos que "un tiempo" podía, y debía, convertirse en algo permanente. Y así fue. En el lapso de un año, pasamos por el complicado proceso de obtener la custodia legal de Jason. Cinco años después, luego de una pugna familiar, estamos a punto de adoptarlo. En verdad, Jason hace tiempo que nos adoptó a nosotros: semanas después de haberse mudado con nosotros y convertido en el centro de nuestras vidas, Jason dejó de llamarme abuelo; ahora soy su papá. Y Sarah es su mamá. Nuestras vidas han cambiado para siempre.

Dos años después
Son las tres de la mañana y Jason, porque debe ser Jason, está presionando mis costillas y trepado encima de mí. A los cinco años, sus 48 libras de peso se escurren en el tibio espacio entre Sarah y yo. En minutos, Jason está contento y dormido, y yo sigo despierto.

Cuando uno medita sobre esto, sólo se dan pequeñas diferencias entre la primera y segunda paternidad. Se repiten ciertas cosas básicas, hay que vestirlo, darle de comer, llevarlo al colegio. Uno se las arregla lo mejor que puede, sin embargo, es un poquito más difícil cuando uno está cerca de los sesenta años.

Por lo general, cuando comento con la gente sobre esta situación, sólo cuento la parte divertida: las despertadas a mitad de la noche y el hecho de hacer amistad con padres en sus treinta años. Pero, cuando Jason recién se mudó con nosotros, no estábamos preparados, por decir lo menos. A nuestro día promedio lo sentíamos como una batalla perdida, pues no podíamos lidiar con una infinidad de detalles. ¿Tenemos leche? ¿Dónde están sus medias? ¿Su juguete favorito? Luego está toda esa vitalidad física de la paternidad que uno olvida sin misericordia cuando ésta termina: agacharse para recoger cosas, vestirlo y desvestirlo, la limpieza, la secadora. Entonces la vida se vuelve un mar de actividad, pugnas en el asiento del auto y visitas al médico por fiebre. Y callos por arrodillarme al costado de la tina.

A veces me pregunto ¿dónde están esos apacibles días, que uno da por descontados, como padres cuyos hijos han partido de hogar? tales como salir a comer con Sarah sin ninguna prisa, con velas y una copa de vino. Ahora mis cenas son comer algo, rápido y de pie en la cocina, de lo que dejó Jason en su plato, antes de proceder a darle un baño.

Una de las quejas más comunes compartidas por abuelos que crían a sus nietos es que no tienen la posibilidad de comportarse como abuelos comunes y corrientes, esto es, capaces de deleitarse, engreír y enseñar a esos pequeños, para luego dejarlos con sus padres y volver a sus casas. Luego está el inevitable deterioro de la relación con sus hijos, los padres de sus nietos. Por mucha ayuda que Lee necesite, mi primera prioridad es Jason. "Uno tiene que cambiar sus prioridades", sostiene Joan Callander, autor del libro Segunda oportunidad: Ayuda para abuelos que crían a los hijos de sus hijos (Second Time Around: Help for Grandparents Who Raise Their Children's Kids, BookPartners, Inc., 1999). "Su hijo adulto deja de ocupar el primer lugar, su nieto está primero, usted está segundo y en último lugar, sus hijos".

Por supuesto, aún las situaciones caóticas tienen su ritmo. Sarah y yo empezamos a entablar amistad con padres de generaciones más jóvenes debido a que sus hijos son amigos de Jason en la guardería. Tenemos vida social, aunque básicamente consiste en acordar fechas para visitar el zoológico, o ir a la matinée. Pero, por encima de todo, Jason es un niño un poco más difícil que la mayoría. De hecho, es común que los niños que han pasado por situaciones complicadas en sus comienzos tengan necesidades especiales y esto se aplica a un alto porcentaje de niños que son criados por sus abuelos.

En el caso de Jason, él sufre de disfunción de déficit de atención/hiperactividad (attention deficit hyperactivity disorder, ADHD) y discapacidad de aprendizaje. Su foco de atención pasa de un lugar a otro y no siempre se lleva bien con otros niños. Para Jason, aprender las cosas básicas de la vida es mucho más difícil. En ocasiones, cuando las cosas no se dan a su manera y nadie sabe lo que quiere, ni siquiera él mismo, entonces explota. Una mañana puede ser que los cordones de los zapatos no estén como a él le gusta, en otra ocasión el jugo de naranja sabe distinto. Es como la rabieta de un niño de dos años, pero multiplicada por cinco. Luego, la tormenta cesa repentinamente y él se vuelve risueño y alegre. A modo de subsistencia, uno permite que esos grandes arrebatos de felicidad y amor ocurran tantas veces al día como sea posible. Aún a las tres de la mañana.

Cinco años después
Sarah, Jason y yo nos encontramos en una zona rural, asistiendo a un matrimonio familiar al aire libre. Bajo un cielo nublado, veo vacas y caballos en una pradera y una encantadora y frondosa cadena de montañas más atrás. Justo antes de la ceremonia, sale el sol y nos deleitamos con una bella puesta de sol de otoño. No estoy inventando nada, es el amarillo claro más fantástico que he visto en mi vida.

Estoy sentado en primera fila, en una silla plegable junto con Jason, que está un tanto inquieto. Por un momento, desaparece para jugar fútbol con los otros niños, que se han quitado sus elegantes trajes y están en el jardín, con las camisas afuera. Jason vuelve, se sienta en mi regazo y se acurruca.

Este es uno de esos extraordinarios momentos que apreciaré por siempre, su cuerpo pegado al mío, el espléndido panorama y toda la familia junta en ese mágico día.

Los últimos cinco años han sido caóticos, pero maravillosos. Cuando escribo este artículo, el proceso de adopción ya está casi terminado. Ha sido un largo viaje, pero todas las despertadas a mitad de la noche, las espaldas doloridas y las rodillas llenas de costras, no las cambio por nada en el mundo.

Soy muy afortunado por tener esta segunda oportunidad como padre y al ser una personita muy amorosa pero difícil, Jason ha logrado enriquecer mi vida más allá de cualquier expectativa. Ambos tenemos nuestras altas y bajas, sin embargo, no hay nada en este mundo que se compare con los momentos en que salta a mi regazo, me abraza tiernamente y dice, "Te quiero mucho, papito".

Sander M. Reese es un veterano periodista de revistas. A fin de mantener la privacidad, se ha cambiado los nombres de todos los personajes.

Este artículo fue publicado inicialmente en la revista AARP Modern Maturity, de enero-febrero 2002.

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