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Resolviendo misterios de familia

Parte 2

Genealogía en línea

El internet es un recurso genealógico inimaginable tan sólo unos años atrás, que cuenta con información sobre genealogía de todas partes del mundo, incluyendo a países de habla hispana (ver recuadro).

Uno de estos sitios en internet, CubaGenWeb, cuenta con una base de datos de soldados cubanos que pelearon en la Guerra de la Independencia, donde encontré a un soldado llamado Federico Lotti Navarrete, destacado en el regimiento de infantería “Guá”, localizado cerca de Manzanillo. Federico es hermano de mi bisabuela Lutgarda, hecho comprobado sin duda alguna debido a que sus padres son Antonio y Josefa, los mismos nombres que me han llegado a través de la tradición de la familia.

Otro sitio en internet que vale la pena visitar es Ellis Island Records, que cuenta con los manifiestos escritos a mano de buques que llegaron a Ellis Island entre 1892 y 1924. No creía que ningún miembro de mi familia había llegado a Estados Unidos en esos años; sin embargo, intenté en todo caso con varios de nuestros apellidos, para descubrir algo muy valioso con Surós. Dos de los hijos de Bitito, hermanos de mi abuela, Obdulio (“Yuyo”) y Manuel (“Totón”), pasaron por Ellis Island.

Recuerdo al tío Yuyo cuando yo tenía siete u ocho años. Le gustaba vestir con una guayabera blanca bien almidonada y le faltaba media oreja, que había sido arrancada de un mordisco por una mula durante su juventud en Manzanillo, cuenta la familia.

A través del sitio en internet de Ellis Island me enteré que el tío Yuyo visitó Estados Unidos “por negocios” en 1903 y se alojó en 314 West 14th Street en Manhattan, que fue uno de los primeros vecindarios hispanos de Nueva York.

Los manifiestos también indican que Totón viajó cuatro veces a Estados Unidos, entre 1912 y 1917, como estudiante de Bucknell University de Pennsylvania. Le envié un correo electrónico a mi primo Jimmy de Caracas, nieto de Totón, y él me envió una foto de Totón, de joven en el campus de bucknell, en el centro de un grupo de amigos con sus manos en los bolsillos. Sorprendente, alguien llamado Antonio Surós también llegó en barco a Ellis Island, procedente de España.

No sé si Antonio es el hermano mayor de Bitito, que heredó la granja de la familia y, supuestamente, se quedó en Maçanet. Este Antonio llegó en 1921, varios años después de que Can Surós fue confiscado por impago de impuestos.

El recurso de información en línea más completo es FamilySearch, que es el sitio en internet sobre genealogía de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días (LDS, por sus siglas en inglés).

Una cuestión fundamental de la religión mormona es la indagación para “encontrar a sus ancestros y preservar la historia de las familias”, como señala el sitio en internet. Paul Nauta, bibliotecario de LDS, estima que la iglesia ha reunido 2,5 millones de rollos de microfichas de 110 países, “de manera conservadora, 10 mil millones de nombres”, que incluye a personas de todas las creencias. La mayor parte de los manuscritos microfilmados en si mismos no se encuentran en internet.

Sin embargo, el sitio en internet de LDS cuenta con un directorio de los nombres que aparecen en los documentos. Una vez que se localiza un nombre, cualquiera puede solicitar la microficha correspondiente, para ser examindas en un centro local de “historia familiar” de LDS.

Los registros cubanos son escasos dentro de estos archivos mormones. Sin embargo, estos sí cuentan con buena información para la mayor parte de Latinoamérica. Por ejemplo, una búsqueda para el apellido “Hernández” en “México”, genera 5 mil respuestas de bautismos, matrimonios y fallecimientos de archivos ancestrales de Hernández, procedentes de iglesias mexicanas —y eso solamente contando individuos cuyo primer nombre empieza con “A”. España, igualmente, está bien representada. Sin embargo, solamente cuento con información suficiente para seguir a los varones Surós y a sus esposas, cuyos apellidos de soltera están preservados gracias a la costumbre española de utilizar apellidos paternos y maternos.

Encuentro en los archivos que, estos apellidos de soltera, Isern, Amat y Buadas, se encuentran en Gerona mas que en otras regiones. Sin embargo, aún no he encontrado un enlace familiar. También encontré a 188 Surós, pero ninguno de Maçanet, cosa que no sorprende debido a que los archivos de San Llorenç se quemaron. No obstante, encontré a dos personas llamadas Salvador Surós, de un lugar conocido como Castanyet.

Cargué Google Earth: Castanyet se encuentra a nueve millas de Maçanet. ¿Serán parientes? Le envié un correo electrónico a Martí y me contestó que la familia de su madre, el lado de Surós, es de Castanyet.

Según el directorio en línea, los dos Salvador, esta vez con “v”, se casaron entre 1713 y 1766. Pero son muy mayores para que sean mi Salbador, que estaba vivo en la década de 1830, cuando firmó los documentos sobre tierras. ¿Podrían ser su padre y abuelo? Solicité las microfichas para que sean enviadas a un centro LDS de Nueva Jersey, cerca de donde vivo. Estas llegaron dos semanas más tarde.

Son difíciles de leer, los documentos están escritos en catalán y son cientos de páginas que cubren dos siglos, están escritos a mano con letra antigua y están tan borrosos que muchas páginas enteras son ilegibles. No pude encontrar la información de los dos matrimonios del directorio en línea, pero sí encontré un testamento de 1720 de una persona de Castanyet llamada Joseph Surós. Copié el archivo y se lo envié a Martí, que me devolvió la traducción: “Yo, Joseph Surós… sabiendo que nada es más cierto que la muerte y que nada es más incierto que la hora de la muerte… nombro a mi hijo Salvador como albacea de mis bienes”.

¿Serán mis familiares? No hay indicios de los apellidos maternos, la costumbre no se practicó universalmente hasta tiempo después. Martí, tampoco podía decir si eran sus familiares. Por ahora, el misterio se mantiene.

La Beneficencia

Mientras que las distintas ramas de la familia de mi madre se juntaban en Manzanillo, la familia de mi padre hacía lo mismo en Cárdenas, 320 millas al oeste, en la costa norte de Cuba.

La madre de mi padre fue Rafaelita Rodríguez. De mis cuatro abuelos, es a la que menos recuerdo. Solamente recuerdo a una mujer mayor postrada en cama con una dolencia similar al Alzheimer. Mi abuelita asentía con la cabeza sin ningún propósito y murmuraba cosas sin sentido, fuera de sí. Mi abuelo Ramón cuidó de ella hasta el final. Mi Papi los dejó cuando nos sacó de Cuba, para nunca más ver a sus afligidos padres otra vez. Este fue un precio que pagó para que sus hijos crecieran en Estados Unidos.

Naturalmente, mi padre estuvo familiarizado con su madre antes de que esta enfermedad causara estragos en su cerebro. Lo que queda para la posteridad es un retrato de una mujer joven de 22 años de expresión seria sentada en un sofá de mimbre, inclinada hacia delante con su brazo izquierdo levantado, como si fuera a decir algo que después decidió callar.

Probablemente, calló mucho toda su vida. La tradición de la familia cuenta que Rafaelita y su hermana María Elisa, “Nena”, fueron criadas por hermanastras mayores que las atormentaban. El padre de todas ellas era Rafael Rodríguez, “Pipón”. Rafaelita gustaba contar acerca de su padre cuando llegaba a Cárdenas montado a caballo, “alto, de ojos azules, con una figura tan gallarda que todo el pueblo quería saludarlo”, recuerda mi padre.

Nena heredó la granja de Pipón, arrebatándosela en un juicio a Generosa, su media hermana. Pasé días felices visitando la finca de Nena, cuando era un niño de La Habana. Recuerdo el olor a ganado, a los guajiros a caballo con sus sombreros de paja, y a una bomba manual al otro lado de un camino rural, que extraía el agua de pozo más deliciosa que he probado en toda mi vida.

La madre de Rafaelita y de Nena fue Severina, segunda esposa de Pipón. Las niñas pasaron los primeros años de sus vidas en la granja. Según la tradición oral, Severina murió cuando mi abuela tenía cerca de siete años de edad. Entonces, Pipón llevó a Rafaelita y a Nena a vivir con Generosa, una hija mucho mayor de su primera esposa.

A pesar de su nombre, Generosa no era tal de espíritu con sus medias hermanas pequeñas. Rafaelita pasó su infancia y adolescencia en medio de la miseria y la humillación. Con frecuencia, Generosa amenazaba a Rafaelita y a Nena con enviarlas a un orfanato.

Lo que quizás no les era del todo desconocido. Cuentan los rumores de la familia que Severina, la madre de las niñas, provenía de la Beneficencia, que era el nombre popular de la Real Casa de Maternidad, el hogar de los niños de madres solteras, en la Cuba colonial. Como evidencia para respaldar este relato, la leyenda de la familia sostiene que el apellido de Severina era Valdés, apellido conferido por los sacerdotes a todos los niños de la Beneficencia.

¿Será cierto? Consejo de los genealogistas: revisar los documentos escritos. Primera parada: el certificado de nacimiento de mi padre, que indica que su abuela materna fue Severina Ramírez Valdés.

El tener dos apellidos contradicen el relato sobre la Beneficencia, porque sugiere que Severina tuvo dos padres conocidos y que, por lo tanto, no fue una niña abandonada. Mi padre no tiene una respuesta al respecto. Su hermana María del Carmen, “Mayita”, que vive en La Habana, encontró el certificado de defunción de su madre: este indica que ella fue hija de Severina Valdés, a secas. La teoría sobre la Beneficencia vuelve a cobrar vida.

Sin embargo, Mayra Sánchez-Johnson, la genealogista profesional que me ayuda con la investigación, afirma que los certificados de defunción son inexactos y que se otorgaban sin confirmación alguna en medio del duelo. Los contactos que tiene Mayra en Cuba recorren los archivos de las iglesias a requerimiento de los cubano-norteamericanos que desean conocer sobre sus antepasados pero que no pueden, o no quieren, regresar a la Cuba de Castro.

En abril de 2006, su colega de Cárdenas encontró el certificado de bautismo de mi abuela Rafaelita.

Del lado paterno, aparece Pipón y sus padres, Francisco Rodríguez Alfonso y Francisca Herrera Piloto. Del lado materno, el documento indica que la madre de Rafaelita fue Severina Valdés, de la Real Casa de Maternidad, de padres desconocidos. Un mes después, la fuente de Mayra en Cárdenas encontró el certificado de bautismo de Severina. Este indica que ella nació en 1872 y que fue abandonada “en la casa habitada por Severino Ramírez”.

Entonces, allí lo tenía: Severino y Severina, el apellido Ramírez versus el apellido Valdés otorgado por la Beneficencia. ¿Padre e hija?

No era inusual en la Cuba de ese entonces que una madre soltera dejara a su niño con el padre y que el padre aceptara al niño, dice Mayra. “En esta ocasión, el padre dejó a la niña en la casa de maternidad”.

Ahora coinciden la tradición de la familia y los documentos legales: mi bisabuela Severina fue hija de padres solteros y fue dejada al cuidado del gobierno colonial español en Cuba. Esto explica el por qué su hija Rafaelita, mi abuela, la pasó tan mal con su media hermana. Generosa se rebeló en contra de compartir su hogar con las hijas de Pipón y de su segunda esposa, las niñas abandonadas.

Hace poco encontré que hay más acerca de esto.

El chino latino y la fuga

Ramón, el padre de mi padre, se llevó a la tumba secretos tan profundos como los de su esposa Rafaelita. Tal vez el más importante: No es del todo cierto que su apellido y, por lo tanto, el de mi padre y el mío, sea el verdadero. En realidad ¡es probable que no seamos Hernández!

Según las historias de la familia, el padre de Ramón era chino. Si eso es cierto y la costumbre de poner nombres siguió la tradición y lo que la ley mandaba, yo debiera tener apellido chino.

A pesar que mi abuelo Ramón nunca fue a la universidad, él contaba con una curiosidad intelectual insaciable. Trabajó a tiempo parcial como periodista y fue una especie de ingeniero autodidacta. Luego del devastador huracán de 1933 (tan famosamente destructor que hoy los cubanos todavía hablan del "huracán del '33") él reconstruyó los calderos principales del ingenio de azúcar donde trabajaba y rediseñó el acueducto que suministraba agua para Cárdenas.

Fue cuando estaba en mis treintas, que por primera vez oí la historia de que el padre de Ramón fue uno de los 140 mil trabajadores que emigraron a Cuba desde China a mediados del siglo diecinueve. Fue un comercio cruel. Los chinos vinieron “por lo general, con contratos de ocho años y, por lo tanto, no se les consideró como esclavos”, escribe el historiador Hugh Thomas en su monumental obra Cuba: The Pursuit of Freedom (Cuba: La Lucha por la, libertad). “No obstante, los chinos fueron persuadidos, fueron engañados con las promesas de una buena vida por los agentes chinos de los comerciantes”.

¿Fue mi bisabuelo uno de estos desafortunados? Los registros escritos indican que no lo fue. En el certificado de nacimiento de mi padre, Manuel Hernández Arencibia, aparece como su abuelo, y no un nombre chino. Por supuesto, los chinos que llegaron a Cuba adoptaron con frecuencia nombres españoles. Sin embargo, información llegadas días después proveniente de las fuentes de Mayra hace menos probable la conexión china: el certificado de nacimiento de Ramón indica que sus abuelos paternos, mis tatarabuelos, fueron Mateo Hernández Jiménez de La Habana y Josefa Arencibia Álvarez de Matanzas. O sea, que incluso, el padre de Manuel era un Hernández.

Una cosa sí es cierta: casi todos los chinos de Cuba eran varones. El censo de 1861 encontró a 34,834 “asiáticos”, de los cuales sólo 57 eran mujeres. Según el censo de 1919, en Cárdenas había 215 chinos, todos varones. Entonces, es casi seguro que mi bisabuelo chino, si es que existió, formó una familia con una mujer que no era china.

Esa mujer hubiera sido “Pilarcita” Serrano, madre de Ramón y mi bisabuela.

El nombre completo de Pilarcita aparece en el certificado de nacimiento de mi padre: María del Pilar Serrano Philpot. No indica el lugar de nacimiento. Aún incluso antes de enterarme que mi bisabuelo pudo haber sido chino, conocía la leyenda familiar de que Pilarcita había nacido en Tampa, cuando era la sede de una comunidades cubanas y españolas. La leyenda cuenta que su padre fue un médico en España, cuyos adinerados padres daban empleo a una criada inglesa llamada Seraphine, o Serafina, Philpot. El médico y Serafina se enamoraron, pero él era católico, descendiente de una familia de clase alta y ella era protestante, tan solo una empleada doméstica.

Supuestamente, se fugaron y se encontraron con el acogedor recibimiento a la cultura hispana en Tampa. Pero la pareja murió en un accidente ferroviario y su pequeña hija Pilarcita, que sobrevivió, fue adoptada por una familia de Cárdenas, lugar donde creció.Cuando los genealogistas se enfrentan con tradiciones familiares y documentos que no corroboran esas tradiciones, hay que buscar indicios en la historia. La comunidad cubano y española de Tampa fue fundada en 1886, en la época en que Vicente Martínez Ybor estableció una fábrica de tabacos —lo que es una fecha incompatible con la tradición de la familia. Pilarcita no pudo haber nacido en ese entonces, debido a que hubiera sido una niñita en 1893 cuando nació su hijo, mi abuelo Ramón.

A pesar de todo, aún cuando la leyenda de Tampa esté equivocada, es posible que el doctor Serrano y Serafina, mis tatarabuelos, se hubiesen fugado en una época anterior a otra cuidad de Estados Unidos: tal vez Nueva York, o Key West, que ya contaban con comunidades hispanas en la década de 1830. Intenté con Serrano y Philpot (bajo diversos deletreos) en la lista de pasajeros de Castle Garden, Nueva York, donde llegaron 10 millones de inmigrantes entre 1830 y 1892. Nada. Intenté en Key West, Nueva York y otros puertos del sitio en internet del Immigrant Ships Transcribers Guild. Nada, todavía. Tampoco nada en las notificaciones de arribo del viejo New York Times. Intenté en la lista de pasajeros de CubaGenWeb con destino Cuba en el siglo diecinueve. Otra vez, nada.

Entonces, la investigadora de Mayra descubrió el certificado de defunción de Pilarcita. Dice que nació en 1850 cerca de cardenas en la provincia de Matanzas, más de tres décadas antes de que Tampa se convirtiera en un centro de cultura hispana. A seguir esta documentación, estaba excluida la posibilidad de que naciera en algún lugar de Estados Unidos.

No obstante, el documento reconfirmó que los apellidos de Pilarcita fueron Serrano y Philpot, de timbre inglés. ¿Fue verdadero, al menos en parte, el relato sobre la fuga? Las respuestas empezaron a llegar después de que llamé nuevamente a la tía Mayita en Cuba. Ella encontró el certificado de bautismo de Ramón. Sus abuelos maternos, padres de Pilarcita, fueron Ramón Serrano Rodríguez, un “doctor en medicina” nacido en España y Serafina Philpot Henderson, nacida en Inglaterra.

Unos días después llegaron más novedades del investigador de Mayra. El certificado de nacimiento de Pilarcita señala que Serafina era inglesa y nombraba a sus padres: Juan (que debe haber sido “John”) Philpot y Serafina Dreeque (pero nada sobre “Henderson”). También mencionaba el pueblo natal del médico, La Coruña en Galicia, así como a sus padres, Antonio Serrano y Vicenta de Ocal.

Todavía no sé por qué un médico español y una mujer inglesa tuvieron una hija que creció en Cuba y que dio a luz a mi abuelo (posiblemente con un hombre chino). Sin embargo, ahora cuento con nombres para seguir a mi rama Serrano hasta su pueblo gallego. Siguiente objetivo: rastrear la ciudad natal de los Philpot en Inglaterra.

Había encontrado bastante. Pero la conexión china todavía me dejaba perplejo.

Entonces dirigí mi atención a la genealogía genética.

Está en los genes

Leí en la revista National Geographic sobre un proyecto para ayudar a la gente a encontrar a sus “antepasados más lejanos”. Por unos 100 dólares usted recibe un equipo con un raspador plástico para la mejilla y un tubo pequeño con tapa roscada donde guardar su DNA, que luego enviará para ser analizado.

La idea es que cuando la humanidad se dividió en diferentes ramas que se esparcieron por todo el mundo, decenas de miles de años atrás, las poblaciones emigrantes fueron lo suficientemente pequeñas para contar con mutaciones genéticas compartidas por todos los miembros de cada grupo y solamente los miembros de cada grupo. Estos rasgos distinguibles en los genes han sido pasados, de generación en generación, a todos los seres vivientes en la actualidad. Los especialistas en genética sostienen que los seis mil millones de humanos pertenecen a lo que llaman "haplogrupos" prehistóricos, hoy identificables con exámenes genéticos.

La prueba mostró que mi Y-DNA patrilineal contiene las mutuaciones que definen el haplo grupo O2. Específicamente, su línea M95, exclusiva del sudeste de Asia. La genética demostró que el rumor era cierto. Yo tengo antepasados chinos. Manuel Hernández Arencibia puede ser solamente el primer esposo de Pilarcita y no el padre de mi abuelo Ramón; tal vez, Ramón fue el hijo de Pilarcita con un hombre chino, que renunció a registrar a su hijo en favor de Manuel, el cubano blanco con mayor prestigio social.

Esa no fue mi única sorpresa. Pagué otros 100 dólares a Family Tree DNA, que conduce las pruebas para National Geographic, para analizar también mi linaje matrilineal: mi madre, su madre Emelina, Bitita, la madre de Emelina y la madre de Bitita, Felipa Fuentes.

El resultado arrojó que ese linaje mío pertenece al haplogrupo L1, que se origina en el África sub-Sahariana. Le pedí a mi padre que se hiciera la prueba para su DNA matrilineal, que es el linaje materno que incluye a Rafaelita, a Severina y a la madre desconocida de Severina (mi propio DNA no funcionaría, debido a que los individuos pueden solamente hacerse la prueba para ascendencia directa patrilineal y matrilineal). También arrojó que sus orígenes son africanos.

Tal vez, la ascendencia en parte africana de Severina explica el maltrato a su hija Rafaelita de parte de su hermanastra.

Ni Rafaelita (a quien yo recuerdo), ni Bitita (a juzgar por una fotografía) parecen tener ascendencia africana. Pero el DNA no miente. Cualquiera sea el caso, ahora sé que en algúna generaciones siglos atrás, dos africanos esclavizados en Cuba fueron mis antepasados.

Todo esto recuerda la historia de Cuba, con su legado español, africano y chino, además de un poco de la cultura traída por los inmigrantes de otras partes del mundo, tal como Italia e Inglaterra, en mi caso. Con más de un millón de cubanos en Estados Unidos, también dice de la historia de este país.

Pero esa es historia más reciente. Regresemos a un poco más de medio siglo atrás. Mi padre dejó Cárdenas para estudiar leyes en la Universidad de La Habana y mi madre dejó Manzanillo cuando su padre encontró un mejor trabajo en La Habana. Fue en la capital cubana que Roger y Mabel se conocieron, se casaron y me tuvieron como hijo. Sus vidas se desestabilizaron por la revolución de Castro cuatro años después de que yo naciera y en 1964 desarraigaron a su familia en búsqueda de la libertad en Estados Unidos.

Y aquí estoy, luego de guerras y miles de millas, luego de reconstruir la historia de seis generaciones de mi familia en Cuba, España, China, África, Inglaterra e Italia. En la actualidad, una séptima generación, mis hijos, son herederos de ese legado y el de su madre de ascendencia judía. En Estados Unidos, me tomó hasta que cumplí 50 para darme cuenta que mi vida en este país es también parte de la historia.

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