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Resolviendo misterios de familia

Parte 1

In English | Un joven médico español y su criada inglesa se fugan a Tampa para casarse. Un marinero italiano navega por el Caribe. A alguien lo secuestran en China. Un campesino se despide de sus hijos, que dejan su pueblo catalán con la determinación de hacer las Américas.

Después de guerras, miles de millas de viaje y cinco generaciones, aquí estoy yo.

Es es la historia de mi familia, por lo menos según la tradición familiar. Las anécdotas más antiguas han sido transmitidas desde la época en que mis tatarabuelos vivían, hace 150 años. Cuentan sobre hombres y mujeres de varios rincones del mundo que se embarcaron en viajes que terminarían en Cuba, empujados por dramas personales y arrastrados por las fuerzas de la historia.

Por supuesto, conozco la “historia reciente”: Que mi padre nació en Cárdenas y mi madre en Manzanillo, ambos en Cuba, en la década de 1920. Que uno de mis hermanos y yo nacimos en La Habana. Que luego de que Fidel Castro tomó el poder, escapamos a Nueva Jersey en 1964, donde nació otro hermano y mis dos hijos.

En Cuba tuve la suerte de conocer a mis cuatro abuelos. Pero sé que muchísimos años antes, en lugares muy diferentes, ellos también fueron bebés mimados por sus propios padres. ¿Cómo eran sus vidas, o las de sus abuelos?

¿Cuáles de las historias que escuché desde mi niñez son ciertas? ¿Qué más podré descubrir en archivos olvidados en Cuba, España y, tal vez, Inglaterra y China? Eso fue lo que me propuse hacer hace muchos años.

Quién soy es en parte consecuencia de mis propios actos, y en parte el resultado de ciertas decisiones tomadas por mis antepasados hace un año, una década, un siglo, un milenio antes de yo nacer—, decisiones que me llevaron a ser el hijo de Roger y Mabel y no el de otra pareja, nacido en Cuba y no en Noruega o Sri Lanka. También quise poner todo dentro de un contexto histórico, ya a que ninguna historia familiar se desarrolla en el vacío; sucedieron cosas que condujeron a Roger y Mabel a decidir que yo debía criarme en Estados Unidos y no en Cuba.

Es una tarea monumental que nunca terminaré. Siempre hay algo más que conocer sobre una vida de tiempos atrás, u otro nombre que descubrir de una generación más lejana.

Sin embargo, me he enterado de muchas cosas. He confirmado nombres. He encontrado retratos viejos y he documentado nacimientos, matrimonios y muertes, no solamente en archivos antiguos, sino también en internet. He convalidado parte de las anécdotas de la familia. Pero también he descubierto que algunas de las historias son inexactas. Todo esto, además de un poco de investigación histórica, me ha permitido hacerme una idea de mis antepasados.

En 1991, seis años después de enterarme de Martí Tomás Surós, lo conocí. Subiendo con mi esposa por la carretera desde Barcelona, Maçanet de la Selva apareció al oeste, sus lomas azules como un telón a la distancia. Allí estaba el campanario milenario de San Llorenç y las casas del pueblo con sus tejas rojas a su alrededor.

Martí era un hombre vigoroso, con una melena de pelo plateado. Me invitó a almorzar en su casa, cerca de la plaza de San Llorenç. Mientras degustábamos pollo y butifarra, me dijo que creía que éramos parientes, pero que no sabía cuál era la relación. Era un hombre versado en asuntos de la localidad; Martí era miembro del Taller d’Historia de Maçanet.

En el Taller d’Historia, Martí pudo buscar más allá de los perdidos archivos parroquianos. Conocía archivos particulares, y sabía que los documentos guardados en la alcaldía habían sobrevivido a la guerra. Sus habilidades como investigador quedaron recompensadas cuando descubrió el certificado de defunción de Tomás Surós Buadas. Este documento nombraba a cinco hijos, incluyendo a uno llamado Jaime, mi bisabuelo materno “Bitito”, tal como lo llamaban sus hijos. Dice el documento que Tomás falleció el 24 de diciembre de 1883, época en la cual Bitito ya se encontraba en Cuba. Nunca antes había escuchado nada sobre mi tatarabuelo Tomás y ni siquiera Nana sabía su nombre.

Sin embargo, ella se acordaba de que cuando era niña la familia no celebraba la cena de Nochebuena mucho mas acalladamente que otros cubanos. Ahora entendí que recordaban el día en que el padre de Bitito falleció en la lejana España.

El certificado también indicaba que los padres de Tomás eran Salbador, con “b” y no con “v”, y María. Este dato entabló un enlace a un cuaderno de apuntes donde se registraban arrendamiento de tierras con la firma de Salbador Surós, mi tátara-tatarabuelo. En la primera anotación se lee, en catalán del siglo diecinueve, que Martí tradujo al castellano: “He recibido de Joan Font I Costas 4 mesurons de trigo que paga por el año 1834. Salbador Surós”.

Martí nos llevó a una casa de piedra y ladrillo de dos pisos, en las afueras del pueblo: Can Surós, o Casa de Surós en catalán, construida en los años 1700 y lugar de nacimiento de Bitito, Tomás y posiblemente, Salbador y otros antepasados. Toqué un aro de hierro oxidado que, tal vez, varias generaciones de mi familia habrían utilizado para abrir la puerta principal. El Maçanet de mis ancestros era un pueblo pobre, donde los campesinos se alimentaban con las cosechas que cultivaban y sólo se comía carne “cuando se mataba a un cerdo”, explicaba Martí. Las tierras de Salbador fueron heredadas por Tomás, como prueba su firma en un libro de arrendamientos posterior. Tomás se las cedió a su hijo mayor Antonio, como consta en otro documento. En la actualidad, la casa se encuentra abandonada, habiendo sido confiscada alrededor de 1915 por falta de pago de impuestos.

Bitito y sus otros hermanos, quedándose sin herencia alguna, tomaron el camino que innumerables españoles tomaban en el siglo diecinueve: cruzar el Atlántico para hacer las Américas. Bitito, Pedro y José navegaron a Cuba; Baldomero, otro de los hermanos, se fue a Argentina. Esta era la versión de España a Latinoamérica del "sueño americano".

Los tres hermanos Surós que se fueron a Cuba fueron progenitores de un clan notable. Entre los tres tuvieron, por lo menos, 20 hijos, quienes a su vez tuvieron, por lo menos, 82 hijos, sin contar a la rama argentina o a los descendientes de Antonio. Yo mismo no se cuántos primos Surós tengo en mi generación. A lo largo de los años, tal vez he conocido a una docena y me mantengo en contacto con Jimmy, que vive en Caracas. Cuando Fidel Castro tomó el poder, los padres de Jimmy optaron por el exilio en Venezuela. Jimmy nació en Bayamo, cerca de Manzanillo. Este es el pueblo cubano a donde Bitito se estableció, quizas en los 1870. Los descendientes de Bitito, incluyendo a mi madre, vivieron allí hasta la década de 1940.

Volví de Maçanet entusiasmado para profundizar más sobre mis raíces, a pesar de que sabía que, tarde o temprano, iba a chocar contra las políticas cubanas, que harían lenta mi indagación. Aparte de la rama española de los Surós, la mayor parte de los registros de familias se encuentran en los casi inaccesibles archivos cubanos. Pero no todos.

Cuando mi familia vino a Estados Unidos, trajo certificados de bautismo y matrimonio; por años yacieron sepultados en gavetas de tocadores hasta que me propuse encontrarlos. Los encontré llenos de pistas  genealógicas.

El certificado de bautismo de mi abuela Emelina hermana de Nana, indica que sus padres fueron Jaime Surós Isern (nacido en “Massaná”, un recordatorio a los genealogistas aficionados para que tengan cuidado con errores ortográficos) y Eleuteria Reyes Fuentes, de Vicana, aldea en las afueras de Manzanillo. El certificado de bautismo también indica los nombres de sus abuelos. En Maçanet ya me había enterado de los nombres de los abuelos paternos, Tomás Surós y Maria Isern.

Sin embargo, los nombres de los abuelos maternos de Emelina eran nuevos para mí: José María Reyes y Felipa Fuentes.

El certificado no contenía los lugares de nacimiento, o los apellidos maternos. La tradición oral de la familia no dice nada al respecto. No sabía nada de ellos, hasta que años después la ciencia y la tecnología moderna me abrirían una puerta.

Sí existen anécdotas familiares sobre los antepasados de mi abuelo Emilio Vázquez Lotti, esposo de Emelina, un erguido caballero a la vieja usanza .

Hay muchos retratos de su familia. Uno de ellos muestra a Lutgarda, la madre de Emilio, como una joven de cara dulce pero mirada cautelosa, como si se estuviera preparando para cualquier cosa que la vida le pudiera deparar. Vivió en la época de las guerras de la independencia contra la España colonial, en el corazón de la provincia donde se dio lugar a la mayor parte de las luchas y murió en 1931, cuando Cuba era una joven república. Mi tía Rubí la recuerda como una mujer “muy alta y muy blanca”, con una personalidad fuerte. En una foto de la década de 1920, Lutagarda acaricia a a su nieta, mi mamá, Mabel, cuando era bebé; en ese entonces, Lutgarda tenía cara de alguien que ha vivido mucho.

¿Cómo empecé? El consejo que dan los genealogistas profesionales es comenzar preguntando a los familiares de mayor edad. Mis abuelos ya habían muerto, cuando despertó mi interés en genealogía. Pero la tía de mi madre (y tía abuela mía) Laudelina, “Nana”, todavía vivía. Desde pequeño siempre escuchaba que todos los que llevaban su apellido Surós, al menos en Cuba, eran descendientes de hermanos que habían emigrado de Cataluña, España, al pueblo de mi madre, Manzanillo, en la provincia cubana de Oriente. Nana no sabía cuándo habían llegado, pero sí sabía dónde había nacido su padre, Jaime Surós Isern: Massanet de la Selva, en Cataluña.

Viajar a revisar los archivos cubanos es casi imposible, debido a las malas relaciones entre Estados Unidos y Cuba, de tal manera que la única forma de llegar a conocer el pasado de mi familia empezaba en Massanet. Pero, en la década de 1980 no había Google, ni Massanetdelaselva.com. No tenía la más mínima idea de dónde quedaba Massanet en Cataluña y no había manera fácil de averiguarlo. Nana, de casi 90 años, tampoco sabía. No encontré nada en la biblioteca de mi alma mater, Rutgers University.

Sin embargo, los genealogistas sostienen que la perseverancia recompensa con sorpresas. Encontré mi primera referencia escrita sobre el pueblo ancestral de una rama de mi familia en una vieja Guía Michelin, en el mohoso sótano de una tienda de libros usados.

Se deletreaba “Maçanet de la Selva”, con la cedilla catalana; decía que se ubicaba en La Selva, región de la provincia de Gerona y que allí también había una iglesia románica de interés histórico, San Llorenç. Lo ubiqué en el mapa, un pueblo tierra adentro del Mediterráneo, a mitad de camino entre Barcelona y la frontera con Francia.

Escribí una carta genérica al sacerdote de la parroquia, explicando que yo era descendiente de Jaime Surós Isern y preguntando si alguien de la familia aún seguía viviendo allí, un siglo después.

Tenía algunas razones para sentirme optimista. Los registros de nacimientos y muertes archivados en España y en sus excolonias de Latinoamérica, son “mucho mejores” que los de la mayor parte de otras regiones del mundo, afirma George R. Ryskamp, autor de Finding Your Hispanic Roots (Para encontrar sus raíces hispanas). “El tesoro más valioso son los registros parroquiales. Estos cuentan con los nombres del padre, de la madre, sus lugares de nacimiento, e incluso, los nombres de los abuelos y sus lugares de nacimiento”. Añade, además, que la costumbre española de utilizar los apellidos paterno y materno amplía la investigación a otros linajes. “A la mayor parte [de los no hispanos] les encantaría contar con registros tales como los españoles”, dice Ryskamp.

Algún tiempo después recibí un sobre en el correo con remitente de Maçanet.

El sobre fue enviado por el padre Andrés y traía malas noticias: los archivos de la parroquia se habían quemado durante la Guerra Civil Española (1936-39). Que pena, pensé. En España, los registros municipales datan sólo desde mediados del siglo diecinueve, mientras que los registros parroquiales empiezan en la década de 1540, según Mayra Sánchez-Johnson, una genealogista que se especializa en investigaciones sobre Cuba y España. Muchos siglos se perdieron con la destrucción de los archivos de San Llorenç.

Pero el padre Andrés también tenía noticias buenas: uno de sus feligreses se llamaba Martí Tomás Surós. “¿Es tal vez familiar suyo?”, preguntaba el padre. Yo no sabía, pero me imaginaba que quizás sí, si el apellido Surós era tan poco común como decía mi familia.

Mi bisabuela Lutgarda era la hija de Antonio Lotti Mercader y Josefa Navarrete Cuevas, “Pepilla”. Antonio era farmacéutico en Manzanillo, cuando a mediados del siglo diecinueve, el pueblo contaba con cerca de 4 mil habitantes.

Por lo menos, esa es la historia que me llegó a través de Eladio Ruiz, un primo lejano (descendiente de la hermana de Lutgarda) que no conocí hasta que empecé a investigar el árbol genealógico de mi familia y encontré que su esposa Sara había escrito una historia informal.

Cuenta que el padre de Antonio fue un marinero italiano que inmigró a Manzanillo a principios del siglo diecinueve y estableció un negocio de cabotaje, transportando a  personas y mercancías por los puertos de la costa oriental. Es un recordatorio de que Cuba hasta la década del 50, era el destino de los inmigrantes no un lugar de donde se quería escapar.

Las investigaciones de Sara reforzaron los consejos de los genealogistas: Además de conversar con familiares de mayor edad que tengan buena memoria, recuerde que los más jóvenes pueden haber desarrollado árboles familiares cuyas ramas se entrecruzan con las del suyo, y que pueden corroboran la tradición familiar. Por ejemplo, Sara afirma que los nombres Antonio Lotti Mercader y Josefa Navarrete Cuevas le llegaron a través de la rama Lotti de su esposo; son los mismos nombres que me llegaron, a mi de manera independiente, a través de mi propia rama Lotti. Es la mejor confirmación que se puede esperar cuando no hay documentos escritos.

Otra sugerencia de los genealogistas se refiere específicamente a investigaciones hispanas: vea las historias sobre heráldica española (vea recuadro, abajo). Estas enciclopedias de múltiples volúmenes se hicieron originalmente para personas deseosas de probar  descendencia noble. No obstante, las recopilaciones son tan exhaustivas que hasta los plebeyos como nosotros también encontramos lazos familiares.

El trabajo más extenso es el Diccionario heráldico y genealógico de apellidos españoles y americanos, de 88 volúmenes, de Alberto y Arturo García Carrafa, que contiene la historia de 15 mil apellidos de Latinoamérica y España. Una obra concretamente cubana es Historia de familias cubanas, de nueve volúmenes, de Francisco Xavier de Santa Cruz y Mallén, conde de San Juan de Jaruco.

¡Qué pena que no encontré que era de noble cuna! Encontré un linaje Navarrete que emigró de La Rioja a Santiago de Cuba, pero nunca puede establecer un vínculo.

Lo que sí puedo afirmar, es que mientras una exhausta Cuba hacía una pausa entre sus dos guerras de independencia, Lutgarda, la hija de Antonio y Pepilla, se casó con Francisco “Pancho” Vázquez Martí, posiblemente en la década de 1880. Ellos fueron los padres de mi abuelo Emilio.

No he podido confirmar que los padres de Pancho, Juan Vázquez y Teodora Martí, emigraron de Galicia, en el noroeste de España. Sin embargo, sí he visto el directorio comercial de Manzanillo de 1902, que muestra que Juan Vázquez era dueño de una cantina.

El directorio también muestra que, en la misma calle Sariol, Bitito Surós era dueño de una bodega. ¿Ya se habrían conocido mis abuelos Emilio y Emelina en 1902, cuando él tenía ocho años y ella cuatro?

Es posible que el práctico directorio de Manzanillo contenga una historia olvidada sobre dos niños que jugaban juntos en los negocios de ambas familias, que se convirtieron en una joven pareja de enamorados y a quienes presencié muchos años después, tomados de la mano en una cama en Nueva Jersey, cuando el cáncer acaba con la vida de Emelina. “A mi Emilio, para que nunca se olvide de mí”, escribió ella en una foto suya de 1916, una belleza de ojos oscuros en una imagen iluminada a contraluz. Él nunca la olvidó.

En cuanto a mi bisabuelo Pancho, este aparecía como “comerciante” en el certificado de bautismo de mi madre (las ocupaciones y direcciones son otros datos que sólo aparecen en los registros genealógicos del mundo de habla hispana). La tradición de la familia cuenta que Pancho era propietario de una fábrica de colchones, de una embotelladora y que era fotógrafo. Pruebas de esto último eran las muchas fotos de ese lado de la familia: fotografías del joven Emilio y un retrato doble de una pareja en sus treintas que según la tradición, eran sus abuelos. ¿Eran los abuelos paternos o maternos? Como se cuenta que Pancho era fotógrafo, es posible que sean sus propios padres, antes que sus suegros, Antonio y Pepilla. En genealogía, se aceptan conjeturas estudiadas. Por lo menos, yo las acepto siempre y cuando me prometa a mí mismo que seguiré buscando una confirmación.

Mi fotografía favorita muestra a Emilio siendo un niño pequeño con rizos rubios, en las faldas de una matriarca que sostiene un abanico y vestida de luto a la vieja usanza española. Una vez más, la tradición de la familia cuenta que es una de las abuelas de Emilio, pero no se menciona nombre alguno. Entonces, una vez más, mis conjeturas: Las cejas prominentes de la viuda, sus ojos intensos y su quijada fuerte, la hacen parecer mucho a la joven de treinta y pico del otro retrato, tres décadas después.

¿Aún más conjeturas? La foto de la pareja es de la década de 1860. Los sitios en internet que ofrecen consejo sobre fechas de fotografías con el objeto de investigaciones genealógicas (ver recuadro página 1), sostienen que el tamaño de la foto y el papel en el que está impresa, además del sombrero de copa estilo Lincoln que el varón sujeta en su mano y el vestido circular con mangas onduladas de la mujer, datan de la década cuando Estados Unidos se encontraba en el medio de su guerra civil y cuando Cuba estaba empezando su lucha contra el colonialismo español. Tal como me enteré en internet, algunos de mis familiares pelearon en esas guerras.

Continuará...

En la segunda parte de esta historia, Roger Hernández muestra algunos consejos de búsqueda e indaga aún más en la investigación genealógica.

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