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El don de la vida

Le doné un riñón a mi adorada cuñada y forjamos un nexo aun más profundo.

In English | Era una tarde como tantas otras en compañía de mi cuñada Philys: estábamos descansando, todavía en pijama, pegadas a la televisión, y hablando y riendo mientras veíamos La historia de Palm Beach, una de las casi 1.200 películas antiguas de su colección. Lo que era diferente ese día, era que a las dos nos habían dado de alta del Hospital Virginia Mason de Seattle, después de una operación del riñón. ¿Coincidencia? ¡Para nada! Ella acababa de recibir un trasplante de riñón (enlace en inglés) y yo había sido la donante.

Mary Mohler donó un riñón a su cuñada

Foto cortesía de Mary Mohler

Mary Mohler, izq., y su cuñada Phylis en la sala de espera del hospital antes de la cirugía.

Phylis y yo nos conocimos en 1979. Había volado a mi ciudad natal en el estado de Washington para pasar el Día de Acción de Gracias con mi familia; ese día, mi hermano David nos presentó a su novia, una morena de 1,75 m de estatura con una frondosa cabellera rizada y un sentido del humor muy original. Nos hicimos amigas de inmediato y mientras el resto de los invitados roncaba después del festín, nosotras hablábamos y hablábamos. Cuando llegó el momento de su partida, estuvimos a punto de llorar pensando que nunca más íbamos a volver a vernos.

Por suerte, mi hermano no la dejó ir y se casaron en abril del año siguiente. Aunque nos veíamos solo de manera intermitente, nunca dejamos de hablar. Pero no fue solamente lo fácil que era sentirnos en confianza lo que solidificó nuestro vínculo. A medida que pasaron los años, descubrí el gran corazón que tiene. Cuando mis padres estuvieron en un establecimiento de vida asistida, los visitó todos los días durante cuatro años. Cuando yo era una exhausta madre soltera, a menudo invitaba a mis tres niños a pasar una semana con ella y David, para que yo pudiera descansar; en esa semana los iniciaba en el placer de las películas viejas como Casablanca, Strangers on a Train (Extraños en un tren), North by Northwest (Al Norte por el Noroeste) y un sinfín más. Sin mencionar que era una excelente jugadora para el juego de cartas pinocle.

Por eso, en el otoño del 2009, cuando supimos que los riñones de Phylis estaban dañados por la diabetes, en seguida le ofrecí uno de los míos. Insistió en que las cosas no estaban tan mal, pero en abril del 2010, fue necesario ponerla en diálisis (enlace en inglés), cuatro horas diarias, tres veces por semana.

Más adelante en ese mes, mi esposo y yo tuvimos la primera entrevista con Mary Mason, la asesora de los donantes en el Hospital Virginia Mason de Seattle, que fue un maratón telefónico de casi tres horas, desde mi casa en Newport, Rhode Island. En los meses siguientes, nos hablamos o nos escribimos por el correo electrónico de manera frecuente. Me tomaron muestras de orina y de sangre en el hospital del lugar donde vivo, que fueron enviadas urgentemente a Seattle para analizarlas y determinar la compatibilidad.

Siempre había pensado que “compatible” significaba que el donante y el receptor tenían, por lo menos, cinco marcadores iguales de los seis utilizados para la tipificación de tejidos. En realidad, hasta un riñón que no tenga ningún marcador igual al del receptor es muy superior con respecto a uno con todos los marcadores iguales, pero de un donante fallecido; el riñón del donante vivo empieza a funcionar más rápido y mejor, al tiempo que ofrece una tasa de supervivencia más alta.

En julio, volé a Seattle para mi examen médico definitivo. Estaba a comienzos de mis 60 años y todo resultó normal. Fijamos el 31 de agosto como el día de la operación. El equipo de profesionales que haría el trasplante inspiraba tanta confianza que en realidad no estaba asustada —excepto, quizás, algo nerviosa, justo antes de la anestesia (enlace en inglés). Mientras me sacaban el riñón, el equipo que iba a operar a Phylis la preparaba en la sala de operaciones contigua.

La cirugía de cinco horas transcurrió sin inconvenientes y lo próximo que supe fue que desde mi ventana estaba mirando el estrecho Puget Sound que resplandecía bajo el sol. Veinticuatro horas después de la operación y sintiéndome como si un caballo de tiro me hubiera dado una patada, llegué cojeando hasta la habitación de Phylis. Me pidió que me acercara a su cama y me dio el abrazo más grande que permitían todos los equipos de sueros intravenosos, los tubos y los monitores.

“Te debo la vida”, dijo con lágrimas en los ojos. “No podría quererte más aunque fueras mi propia hermana”.

De repente, mi panza ya no me dolía tanto.

Tres días más tarde, me alojé en un hotel cercano (el personal del hospital quiere que uno se quede cerca los primeros diez días). Un día después llegó Phylis, y estuvimos en la gloria cinematográfica toda la semana siguiente. La recuperación fue mucho más rápida de lo que había imaginado. Después de las primeras dos semanas desde la operación, me sentía bien al tomar ocasionalmente un Tylenol. Seis semanas después de la cirugía, me inscribí en un curso para aprender gatka, un tipo de artes marciales de la India. Ahora, después de 6 meses, hago todo lo que solía hacer. Phylis volvió a trabajar medio tiempo en su empleo como agente de viajes seis semanas después. Hace poco, su médico le anunció que su constitución física después del trasplante es la de una persona de 50 años, y no la de alguien de 70, que es su edad real.

No voy a mentirles: el dolor después de la operación es algo que hay que soportar en la primera y segunda semanas, pero no fue nada que no pudiera calmarse con medicamentos. Además, eso fue tan breve. Lo que recuerdo en realidad, y siempre lo recordaré, es que participé en un milagro. ¿Lo haría de nuevo? Sin pensarlo.

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