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Aquí y Ahora

Mientras se sobreponían a su dolor, Teresa Rodríguez y sus hijos redefinieron lo que significa ser familia.

In English | La realidad de la muerte de su marido —la atroz permanencia de su ausencia— no golpeó a Teresa Rodríguez, sino hasta después de seis semanas. En la oficina de un especialista en procesos de duelo, tuvo que marcar uno de tres casilleros: soltera, casada, viuda.

"Estaba tan acostumbrada a marcar 'casada', y ahora era 'viuda' —dice Rodríguez, quebrándosele la voz—. Me enfrenté con mi nueva realidad. Ahí estaba, en blanco y negro".

Y fue duro. A los 45 años, con dos hijos, había esperado una vida de intereses profesionales y personales compartidos con Tony Oquendo, un ejecutivo de Univision. En lugar de ello, el fatal ataque al corazón que sufrió su marido a los 54 años la dejó sola, confundida y muy dolorida.

"Una nunca piensa que va a quedar viuda a los 40 y tantos años. A los 70, sí; a los 80, probablemente; pero no a los 45".

Eso ocurrió hace seis años. Desde entonces, la coanfitriona del programa Aquí y ahora de Univision, radicada en Miami, cuya cara es familiar a millones de televidentes, ha reconstruido un futuro diferente: uno que incluye hijos listos para irse a hacer su propia vida, un libro y un prometido. Esa transformación fue gradual y, con frecuencia, dolorosa, pero comenzó casi enseguida. Regresó a Univision dentro de las tres semanas y, un poco después, se dedicó a escribir un libro no ficcional.

"Teresa es una mujer muy fuerte, extremadamente fuerte —dice la comentarista de noticias de Univision, María Elena Salinas, colega y amiga desde hace mucho tiempo—. Uno podía ver la vulnerabilidad en sus ojos [luego del fallecimiento de Tony], pero nunca dudé de que regresaría".

Rodríguez, ganadora de 11 Premios Emmy, dejó su marca en 1982 como la primera mujer en presentar un noticiero vespertino en horario de máxima audiencia en la televisión de habla hispana. En ese puesto, cubrió eventos noticiosos históricos, incluyendo la elección presidencial de 1984 y la visita del Papa Juan Pablo II a Estados Unidos. Para Aquí y ahora, entrevistó a políticos y celebridades, y se aventuró más allá del superficial resplandor de los reflectores para cubrir temas impactantes.

Uno de esos temas se convirtió en un libro, Hijas de Juárez: Un auténtico relato de asesinatos en serie al sur de la frontera, del que fue coautora. Una mirada escalofriante a una historia que la obsesionó durante una década, el libro investiga las muertes no resueltas de casi 400 niñas y mujeres en México.

Rodríguez ha cruzado una frontera propia: de una esposa que creía tenerlo todo, a una joven viuda que de repente tuvo que ocuparse de lo inesperado. "Éramos esa pareja envidiable —comenta la periodista—. Él estaba detrás de escena, trabajando en la producción, y yo era el talento, trabajando delante de la cámara. Nos complementábamos mutuamente. Yo entendía su jerga y él entendía las exigencias en mi tiempo".

Salinas describe a la pareja como "muy cercana. Eran un sostén mutuo. Ella contaba con su apoyo tanto en lo profesional como en lo personal, para con los niños. De modo que, en cierto sentido, la pérdida fue doblemente dif’cil".

Esa doble dosis de penuria aflige a la mayoría de las familias que pierden a la cabeza de la familia, señala Cary Ballesteros, psicóloga de Miami. Deben lidiar no sólo con su duelo, sino también con sus nuevos roles. Una mujer que pierde a su marido, por ejemplo, puede necesitar convertirse en el sostén de la familia. El fallecimiento de un padre, según Ballesteros, significa que una familia debe "reevaluar los roles y tareas domésticas, priorizar necesidades y poner la casa en orden. Si su problema número uno es la estabilidad financiera, entonces necesita ocuparse de eso primero".

A pesar de todo su dolor, Rodríguez sabía que tenía que seguir adelante porque sus hijos —Victor y Julian, que entonces tenían 15 y 10 años respectivamente— dependían de ella. Primero, abordó los detalles de la vida cotidiana, dedicando horas a ordenar sus finanzas.

"Teníamos estas pilas de facturas, y yo no sabía qué se había pagado y qué no —recuerda—. Me encontraba en una nube, simplemente actuando en forma mecánica".

Vendió el barco que su marido tanto quería; finalmente alquiló su casa, se mudó a un apartamento y hasta postergó viajes de negocios para quedarse en casa con sus hijos. Se concentró en tareas benéficas, convirtiéndose en vocera hispano hablante para la campaña "Go Red for Women", de la American Heart Association, y promocionando una concientización sobre el cáncer entre las mujeres hispanas.

Y aunque su corazón estaba destrozado, llevó a sus hijos a las vacaciones que ella y Tony habían planeado: un viaje a Nueva York para ver las Rockettes en Navidad y otro a Italia.

Su verdadera preocupación eran sus hijos. Luego de una intensa sesión de terapia en la que Victor confió no estar seguro de cómo ser el "hombre de la casa", Rodríguez le transmitió seguridad a su hijo mayor: "Siempre necesitaré tu apoyo, pero yo estoy a cargo". ¿Su objetivo? "Quise asegurarme de que sabían que yo era el hombre y la mujer de la casa, que estaría allí para ellos".

La psicóloga Ballesteros afirma que ese es el enfoque correcto y advierte en contra de permitir que los niños se hagan cargo de más de lo que les corresponde, para convertirse en seudo adultos o en padres sustitutos para sus hermanos menores: "Deberían seguir siendo niños y no asumir responsabilidades de adultos".

Fue en un giro inesperado, pero beneficioso, que la pena unió a la familia Rodríguez cuando los niños se dejaron guiar por la tranquila fortaleza de su madre. Victor, ahora de 21 años, estaba particularmente impresionado por la manera en que Rodríguez creó una nueva vida para ellos tres, mientras también alcanzaba algunas de sus propias metas. "A pesar de todo, terminó su libro —comenta—. Estoy muy orgulloso de ella por haber hecho eso".

Para comprender sus propias emociones, además de las sesiones de terapia, Rodríguez leyó sobre el duelo y la muerte. "Solía repetirme: 'Tengo que ser fuerte. Tengo que ser fuerte' —recuerda—. Sin embargo, algunas veces le decía a Tony: '¿Cómo pudiste dejarme así?' ".

Esos sentimientos son perfectamente normales, expresa Ballesteros, quien recomienda a las personas golpeadas por la pérdida que busquen consejo profesional, así como también ayuda en grupos de apoyo. "Una de las cosas más importantes es no encerrarse en uno mismo ni pensar que uno es la única persona que está atravesando algo así".

Mientras sus hijos pasaban por la reestructuración de la familia, Rodríguez también reconstruía otra parte de su vida. Hace aproximadamente tres años, conoció a Miguel Brizuela —ahora su prometido— a través de amigos mutuos. Brizuela, un economista que había perdido a su mujer debido a un cáncer, entendió por qué Rodríguez fue "muy prudente" cuando se encontraron por primera vez. "No me invitó a su casa hasta nuestra quinta cita", comenta. Al igual que aquellos que la habían conocido durante años, quedó impresionado por su dignidad y entereza. "Es muy disciplinada y espiritual. No es la clase de persona que atraviesa tiempos difíciles y luego se sienta en su casa a sentir pena de sí misma".

Según Rodríguez, la muerte de su marido le enseñó una lección importante, aunque dolorosa: "La vida es tan efímera. Uno tiene que hacerse tiempo para hacer lo que desea. Tiene que hacerse tiempo para estar con las personas que ama".

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