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Divorcio entre personas del mismo sexo

Algunas parejas aún enfrentan desigualdad. Aquí, la historia de una mujer.

In English | Si me hubieran preguntado hace 30 años, cuando por primera vez me declaré lesbiana, cuál sería el asunto de más urgencia para mí, la igualdad de derechos al matrimonio ni siguiera hubiera estado en mi lista de los 10 temas más importantes.

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En los años 80, la comunidad homosexual tenía asuntos más importantes que atender: la seguridad en el trabajo, la integridad física, los derechos de equidad de vivienda y la política sobre el SIDA, por no hablar de la políticamente poderosa Mayoría Moral y su agenda homofóbica. Por lo tanto, el matrimonio era algo que la mayoría en mi grupo consideraba inalcanzable si no irrelevante.

Pero los tiempos han cambiado. Los asuntos que alguna vez parecían inextricables se han resuelto con mejoras medibles para nuestra comunidad —leyes en contra de la discriminación y de adopción más favorables se han establecido en muchos estados y también se han legalizado las parejas de hecho, uniones civiles y hasta el matrimonio— y en un período de tiempo relativamente corto.

Yo, también, he cambiado. Para mí, conseguir la igualdad de derechos al matrimonio ha llegado al punto de máxima importancia. Me di cuenta de su importancia justo cuando estaba pasando por lo que denomino mi gran divorcio gay.

A todos los efectos prácticos, estoy casada por segunda vez. Mi primer matrimonio duró ocho años y produjo una criatura a quien amo entrañablemente. Pero ante los ojos de la ley, mi matrimonio nunca sucedió porque vivo en Virginia, donde las uniones entre personas del mismo sexo son ilegales. Igualmente, mi divorcio nunca sucedió oficialmente —aunque personalmente, puedo asegurar que sí sucedió—.

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Conocí a mi ex en 1997 en una cita a ciegas. Donna (no es su verdadero nombre) y yo nos entendimos desde un principio, a pesar de nuestras diferencias: ella estaba muy centrada en su carrera profesional y muy exitosa en su trabajo como productora multimedia; yo era una editora que laboraba con entidades sin fines de lucro con misiones de justicia social. Aún así, compartíamos muchos de los mismos valores fundamentales.

Donna y yo decidimos adoptar un hijo. Escogimos una agencia cordial hacia las personas homosexuales en otro estado que nos permitiera revelar a los padres biológicos que a su hijo lo criarían lesbianas.

Después de varios años juntas, Donna me dijo que quería comprar una casa en el norte de Virginia, no muy lejos de su mamá y su hermana. Yo no había querido vivir en ese estado porque consideraba sus leyes abiertamente hostiles hacia las personas homosexuales. Pero dejé que me convenciera, dada la tasa relativamente baja de impuestos y la proximidad al trabajo y a la familia.

Pronto después, Donna y yo decidimos adoptar un hijo. Escogimos una agencia cordial hacia las personas homosexuales en otro estado que nos permitiera revelar a los padres biológicos que a su hijo lo criarían lesbianas. De todos modos, el estudio del hogar de adopción se debía realizar en el estado donde vivíamos, y como Virginia prohíbe la adopción por parejas del mismo sexo, una de nosotras tendría que ser la madre oficial. Como Donna era la propietaria de la casa con los ingresos más altos, pensamos que su perfil era el mejor y decidimos que debería ser ella la madre oficial.

Después de intentar adoptar tres veces sin éxito, por fin recibimos a Tommy en nuestro hogar —un dulce niño de dos semanas con ojos bellos y expresivos, que pronto desarrolló una risa fácil y contagiosa—. Tomé una licencia sin sueldo de mi empleador, una organización religiosa que tenía todas las razones, doctrinales y jurídicas, para no permitírmela pero que me la aprobó de todos modos. Cuando regresé al trabajo, mis jefes acordaron un horario flexible y generoso por los próximos varios meses. Mientras tanto, Donna había conseguido un puesto prolongado en el extranjero y tenía un horario agotador.

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Como pasa a menudo cuando llega un bebé a la familia, las expectativas que teníamos la una con la otra empezaron a cambiar en direcciones opuestas: yo esperaba que Donna disminuyera su horario de trabajo; ella esperaba que yo me encargara de la mayor parte del cuidado del bebé y de los quehaceres domésticos. Con el tiempo, a medida que aumentaba el estrés, Donna y yo perdimos la costumbre de ser amables entre sí. Dejamos de comunicarnos y empezamos a sentir resentimiento mutuo.

Dejé a Donna cuando Tommy tenía tres años de edad. Si hubiera estado casada con un hombre, hubiera tenido todas las expectativas, como encargada de la crianza de mi hijo, a llevármelo conmigo, y quizás recibir algún tipo de pensión alimenticia para compensar los años de ingresos y potencial de ganancias disminuidos. Pero como no soy, oficialmente, la mamá de Tommy, no podía negociar un acuerdo de custodia vinculante, ni mucho menos hablar de manutención.

En teoría, hubiera hasta podido dejar a Tommy y a Donna y nunca mirar atrás. Nunca ayudarlos. Nunca visitarlos. El estado de Virginia —que irónicamente promociona los valores de la familia— no me exige nada. Por supuesto, nunca se me ocurrió proceder de tal manera. Lo que más temía era que de algún modo me apartaran de Tommy; eso hubiera partido mi corazón en un millón de pedazos. Y Donna, legalmente, tiene el derecho a negarme el acceso a él; algo que no ha hecho ni nunca haría.

Al final, ella y yo acordamos una custodia compartida en igualdad de condiciones, tras negociaciones tensas y costosas con mediadores, que necesitábamos consultar en vez de abogados, pues nuestro acuerdo caía fuera del sistema jurídico. De hecho, tuvimos que redactar nuestro acuerdo con mucho cuidado, ya que una ley que entró en vigencia en el 2004 en el estado de Virginia amplió la prohibición del matrimonio entre personas del mismo sexo a incluir "otros acuerdos entre personas del mismo sexo que pretenden conceder los privilegios u obligaciones del matrimonio", uno de los cuales es la custodia de un menor. Así que aún cuando Donna y yo hacíamos lo correcto bajo la más difícil de las circunstancias, Virginia estaba deseosa de recordarnos que nuestra "clase" es diferente a los demás residentes del estado.

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Fue entonces cuando pude apreciar plenamente la importancia crítica de la igualdad de derechos al matrimonio. (Me da horror el término matrimonio gay; me suena arcaico, como "señora doctor"). Mi divorcio no divorcio me convenció que los cónyuges, de cualquier sexo, se deben considerar parejas equitativas legal y socialmente. No importa la configuración de la familia, ambos padres deben tener responsabilidad equitativa respecto a sus hijos. Y deben tener protección equitativa por si acaso se dificultan las cosas. No deberían tener que preocuparse si el estado donde viven —o al que se muden por un empleo, o para cuidar a un familiar— los tratará equitativamente si una de las partes muere o se separan.

Las personas que he tratado cara a cara parecen actuar con más sentido, compasión y respeto que lo que las leyes del estado les dictarían.

Como siempre supe, Virginia es uno de los estados que parecen ser más hostiles hacia las personas homosexuales. Sus leyes dejan claro que prefiere no tener personas como yo por sus alrededores. Pero aunque parezca raro, al vivir aquí nunca sentí que estaba de más. He tenido interacciones sin incidentes con prácticamente todos los que he conocido a lo largo de los años —vecinos, otros padres, maestros, enfermeras, médicos—  y hasta me han apoyado. Las personas que he tratado cara a cara —por lo menos en el norte de Virginia y por lo menos a mi cara— parecen actuar con más sentido, compasión y respeto que las leyes del estado les dictarían.

Eso me parece muy alentador. No todos tienen que estar de acuerdo con la elección de pareja de matrimonio de una persona para desearles suerte a la pareja —o consolarse sabiendo que están protegidos para bien o para mal—.

Beth Daniels todavía vive en Virginia, para poder estar con su hijo, pero viaja con regularidad a San Francisco para estar con su pareja, con quien se casó en el 2008, durante el corto período de tiempo en que las personas del mismo sexo podían legalmente contraer matrimonio en California.

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