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Divorcio después de 25 años

El número de matrimonios que fracasan después de muchos años sigue creciendo.

In English | Cuando me enteré de que Tipper y Al Gore se estaban separando después de 40 años de matrimonio, me sentí sorprendida. Y un poco triste. Esto se debe a que, a pesar de las estadísticas actuales que muestran que el número de matrimonios que fracasan después de muchos años sigue creciendo, aún quiero creer que para cada pareja que dice “Sí, quiero”, todavía existe algo así como “hasta que la muerte los separe”.

Sin embargo, debería ser más sabia.

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Hace dos décadas, mi propio matrimonio de 25 años terminó. En ese momento, lo consideré una de las peores tragedias de mi vida. No me podía imaginar cómo mi marido y yo habíamos llegado al punto en el cual el divorcio era la única alternativa. ¿Cómo pudo terminar fracasando en un matrimonio que había durado tanto? Con los años, pude adquirir cierta perspectiva de cómo contestar esa pregunta, al menos para mí. A continuación, las cosas de las que me di cuenta.

1. Los matrimonios no terminan de la noche a la mañana, sino que van muriendo de a poco. Vince y yo nos conocimos en Los Ángeles, cuando estábamos en la universidad. Después de nuestra primera cita, apenas podíamos soportar estar separados. Después de tres meses, nos fugamos. Yo tenía 19 años; él, 25. Yo estaba aturdida de felicidad. Diez años y tres hijos más tarde, nos habíamos establecido en la cómoda rutina de ser una pareja. La pasión no ardía del mismo modo, pero todavía ardía. Formábamos un buen equipo a la hora de manejar los altibajos de la vida. Para nuestro 15° aniversario, éramos más bien una pareja de socios que administraba una familia. Cuando ahora miro hacia atrás, puedo ver que nuestras vidas, como las del matrimonio Gore, “se habían separado cada vez más”. Vince estaba comenzando un nuevo negocio, yo estaba concentrada en mi carrera como periodista. No estábamos compartiendo nuestras vidas, las estábamos llevando por caminos separados. Esto fue el comienzo del fin de nuestro matrimonio. Si lo hubiéramos sabido, tal vez hubiéramos podido hacer algo.

2. Casarse joven no es siempre la mejor decisión, pero ¿quién podía saberlo? Vince y yo teníamos mucho en común cuando nos conocimos. Los dos estudiábamos periodismo. Él estaba en la universidad bajo el GI Bill (Proyecto de Ley del Soldado), después de haber servido en la Infantería de Marina durante cuatro años. Yo era una estudiante de primer año que concurría a clases nocturnas y trabajaba durante el día. Deseábamos las mismas cosas: carreras profesionales, un hogar propio e hijos. Nos gustaba el arte y compramos nuestra primera pintura original gracias al sistema que permite dejar un artículo separado hasta que se lo termina de pagar, un poco después de habernos casado, en 1966. Los dos nos enamoramos instantáneamente de la primera casa que compramos. Parecíamos estar de acuerdo en todo. Un año después de habernos casado, conseguí empleo como redactora de la sección femenina de un pequeño periódico local, The Montebello News; él comenzó a trabajar para el importante diario The Los Angeles Herald Examiner. Hasta mamá, quien se había opuesto desde un principio a que nos casáramos, tuvo que admitir que las cosas estaban marchando bien.

Pero los años trajeron algunos cambios sutiles. A medida que envejecíamos (¿o debería decir “crecíamos”?), nuestra relación chocó con algunos inconvenientes. Vince siempre tomaba las decisiones más importantes para la familia y, al menos al principio, sus decisiones me parecían correctas. Pero entonces, comencé a cuestionarlo. Discutíamos por las cosas más banales. A mí no me gustaban algunos de sus amigos; a él no le gustaban algunos de los míos. De modo que comenzamos a verlos por separado. Yo quería viajar; él, no. Así que comencé a salir de vacaciones sin él. Él estaba siempre trabajando; yo quería pasar más tiempo con los niños. Él decía que estaba muy ocupado. Ladrillo sobre ladrillo, fuimos construyendo una pared entre nosotros. Y, como el matrimonio Gore, lentamente “nos fuimos separando”. Ahora entiendo cómo sucedió. No fue culpa de ninguno de los dos, pero los dos sufrimos las consecuencias de permitir que sucediera.

3. Finalmente, tomar la decisión de terminar no es el fin del mundo, aunque se siente como si lo fuera. El matrimonio Gore dijo que había tomado la decisión de separarse después de “un largo y cuidadoso proceso de consideración”. ¿Quién puede saber cuánto tiempo les habrá tomado decidirse a dar este drástico paso? A mí, tomar la decisión final me llevó casi dos años de trastornos emocionales. Presenté la demanda de divorcio poco antes del Día de Acción de Gracias, la fiesta favorita de Vince. Él se mantuvo firme en su posición de no querer el divorcio, y estoy segura de que creía que yo nunca tomaría la iniciativa. Pero seguía haciendo promesas que no cumplía. Había una mujer que seguía volviendo a su vida, a pesar de sus promesas de no volverla a ver nunca más. Finalmente, comprendí la inutilidad de todo esto. Estaba cansada de vivir un teleteatro.

El Día de Acción de Gracias fue la primera fiesta que pasamos separados desde que nos conocimos. Pasé todo el día cocinando, preparando un banquete para mis hijos y los amigos más cercanos. Vince no fue invitado. Más tarde, me contó que pasó por la casa varias veces y que ese fue el momento en que finalmente comprendió que nuestra vida en común había realmente terminado. Me dijo que lloró por primera vez. Yo había estado llorando durante meses.

4. Puede haber un “y fueron felices para siempre”, pero conlleva cierto trabajo. La muerte de un matrimonio, especialmente de uno que parecía llevarse tan bien como el de Tipper y Al Gore, es como la muerte de un familiar. Primero hay momentos de gran duelo, pero el dolor se suaviza con los años. Por un tiempo largo después de que Vince y yo nos divorciáramos, seguí pensando en lo que podría haber sido, lo que podríamos haber hecho para que las cosas salieran de otra manera. Extrañaba el estar casada. Extrañaba poder decir “nuestro” y “nosotros”, en vez de  hablar de “mí” o “de lo que es mío”. Extrañaba el acceso social que permite el ser parte de una pareja. Pero, más que nada, extrañaba al hombre con quien me había casado. Esa persona se había ido.

Después de que el divorcio finalizara, acudí a una consejera para que me ayudara a sobrellevar la tristeza. Después de algunas sesiones, la consejera (una mujer sabia que había criado a ocho hijos, se había divorciado de un marido mujeriego, había vuelto a la universidad y se había recibido de psicóloga) me dijo que llegaría un día en el que podría mirar hacia atrás y ver mi matrimonio no como un fracaso, sino como una experiencia maravillosa que me había dado tres hermosos hijos y mucha sabiduría. Me llevó un  par de años darme cuenta de cuánta razón tenía. Mantente positiva, me dijo. Lo hice, y eso me llevó a una nueva vida llena de felicidad y satisfacciones. Sin embargo, alguna veces, cuando veo a una pareja mayor brillando en la calidez de los años compartidos, todavía me siento un poco triste por lo que podría haber sido.

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