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Kristi Yamaguchi aprende kung-fu

La patinadora artística olímpica comenzó a practicar el deporte chino durante la pandemia.

La patinadora artística olímpica Kristi Yamaguchi.

P. Lehman/Future Publishing via Getty Images

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Kristi Yamaguchi sabe lo que significa ser la mejor, y tiene una medalla de oro para probar que fue la mejor patinadora artística en los Juegos Olímpicos de Invierno de 1992.

Pero eso fue entonces. Hoy en día, Yamaguchi ha empezado a practicar un nuevo deporte: el kung-fu, el arte marcial chino que puede ser tan grácil como el patinaje artístico, aunque también mucho más agresivo. La campeona de patinaje sobre hielo ahora se entrena para convertirse en una experta en kung-fu en tierra firme.


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Quienes se dedican a la práctica del kung-fu lo consideran un ejercicio, un método de defensa personal y una forma de vida. Yamaguchi, de 50 años, comenzó su práctica en el 2020, en el momento más intenso de la pandemia, cuando se cerraron los gimnasios y las pistas de hielo. Pero incluso para una exatleta olímpica, aprender a dominar este deporte no fue fácil.

“Al cabo de uno o dos meses me dije: '¡Oh, vaya! ¡Esto es una verdadera lección de humildad! ”, comenta Yamaguchi desde su casa en Álamo, California. “Una vez que has estado en forma para convertirte en atleta olímpica, luego solo te sientes fuera de forma”.

Una antigua ética profesional, un nuevo deporte

A los patinadores artísticos les gusta decir que la pista de hielo es un congelador criogénico. Yamaguchi lo demuestra. Tal vez hoy no tenga el pelo negro hasta los hombros con el estilo que llevaba en 1992, pero luce asombrosamente igual que el día en que alcanzó la victoria en Albertville, Francia, con lentejuelas negras y doradas.

Yamaguchi incorpora un método de entrenamiento claramente moderno (e intenso) a la práctica centenaria del kung-fu. Asiste a clases grupales en el East West Kung Fu de Richard Lee, en Álamo, hasta tres veces por semana, y toma clases privadas cada mes, señala Janice Fitzsimmons, su instructora de cinturón negro.

Este nivel de dedicación no resulta sorprendente. Durante la época competitiva de Yamaguchi en el patinaje artístico, cada triple lutz y cada salchow fueron producto de una ética profesional altamente cultivada. Como solía decir Christy Ness, quien entrenó a la atleta olímpica desde los 9 años, “no hay ningún secreto para el éxito. Solo se trata de esforzarse al máximo”.

Y sin embargo, ser considerada “la mejor del mundo” a veces puede ser una carga y crear expectativas poco realistas para los atletas que se esfuerzan por encontrar un propósito después de alcanzar un sueño como el de obtener una medalla en los Juegos Olímpicos. Yamaguchi eludió ese posible riesgo al redefinirse como esposa, madre y filántropa, y en el 2008 al competir en Dancing with the Stars (y ganó, naturalmente).

“Creo que muchas personas, cuando están más o menos conformes con su vida, pueden no estar tan dispuestas a probar algo nuevo”, explica Fitzsimmons. “Ella lo emprende, y sabe bien cómo salir de su zona de confort para probar cosas nuevas”.

Yamaguchi tiene un cinturón naranja rango 2, un nivel de principiante en kung-fu. Está en vías de alcanzar el cinturón violeta en verano, con lo cual estará a dos niveles de cinturón de su marido, Bret Hedican, campeón de la Copa Stanley de la NHL, exatleta olímpico y también aficionado al kung-fu. En una familia de grandes atletas, Yamaguchi dice que la competencia es amistosa.

“Puedo imaginarlos combatiendo”, bromea Dale Minami, amigo de la familia y abogado de Yamaguchi.

Una nueva perspectiva de los 50 años

Yamaguchi cumplió 50 años el pasado mes de julio, y comienza una nueva década que la encuentra más ocupada que nunca con Always Dream (enlace en inglés), la fundación que creó hace 25 años para promover la alfabetización en la primera infancia. Está ocupada, pero es de carne y hueso. Los dolores y malestares que aparecen en las caderas y las articulaciones podrían deberse a todos esos años dedicados a saltar, girar y contorsionar su cuerpo en posiciones sobrenaturales, o simplemente a ser humana.

“Sin duda, la sensación del cuerpo es diferente a la de antes”, señala. “Me resigné a que posiblemente no me queden más días sin dolor”.

Además del kung-fu, Yamaguchi se mantiene activa con caminatas y paseos con su perro, Tank, por las calles empinadas de su vecindario, que durante un tiempo empezaron a parecerle inseguras. Desde la pandemia, han aumentado los delitos de odio contra los asiáticos, una tendencia tan alarmante que se sintió obligada a tomar un curso de defensa personal con sus dos hijas adolescentes.

Lamentablemente, el legado del sentimiento antiasiático está muy presente en su familia. Yamaguchi es yonsei, un término que caracteriza a una persona japonés-estadounidense de cuarta generación, y su abuelo George Doi combatió en Europa con la Compañía de Intendencia de la 100.ª División de Infantería durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras él luchaba por la libertad en el extranjero, su familia fue confinada en Amache (Colorado), uno de los diez campos de reclusión de EE.UU. construidos durante la guerra para encarcelar a 120,000 japonés-estadounidenses al amparo de la seguridad nacional después de que Japón atacara Pearl Harbor.


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Kristi Yamaguchi recibe la medalla de oro por su desempeño en la categoría de patinaje femenino durante los Juegos Olímpicos de Invierno en Albertville, Francia, en 1992.

Eileen Langsley/Popperfoto via Getty Images/Getty Images

Kristi Yamaguchi recibe la medalla de oro por su desempeño en la categoría de patinaje femenino durante los Juegos Olímpicos de Invierno en Albertville, Francia, en 1992.

Este legado hizo que el triunfo de Yamaguchi en 1992 fuera aún más conmovedor. Solo una generación después de que naciera su madre Carole detrás del alambrado de púas en Amache, Yamaguchi hizo historia como la primera estadounidense de origen asiático de las islas del Pacífico que ganó una medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Invierno. Sigue siendo una fuerza motivadora para las nuevas generaciones de patinadoras artísticas de AAPI, como Karen Chen, que define a Yamaguchi como “una fuente de inspiración y un modelo que debemos seguir”.

Sin embargo, ¿habrá un cinturón negro en el futuro de Yamaguchi?

“Un paso a la vez”, responde. En los 55 años de historia de East West Kung Fu, docenas de alumnos obtuvieron el cinturón negro, pero solo un grupo selecto de veinte llegó a la categoría mundial. ¿Podrá Yamaguchi pertenecer a esa élite del kung-fu? Será un proceso largo, pero ella adopta fácilmente la mentalidad de una campeona.

“Nunca tuve dudas en cuanto a mi capacidad de enfrentarme a nuevos retos y descubrir el próximo objetivo”.

Lynda Lin Grigsby es una escritora que contribuye con artículos sobre la raza y la comunidad asiático-estadounidense de las islas del Pacífico. Fue redactora de un periódico nacional de AAPI y su trabajo también se publicó en Parents, Pasadena Magazine y Pacific Citizen.