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Los secretos latinos de Nueva York

Una exposición rescata la importancia de la cultura hispana de varios siglos en la historia de la ciudad.

Imagine una exposición sobre latinos en Nueva York que no mencione la explosión demográfica de las últimas décadas, ni la salsa, ni tampoco Amor sin barreras. Ni siquiera a J.Lo.

¿Qué nos queda? La historia entera de la ciudad desde su fundación.

Ése es el mensaje de la exposición “Nueva York (1613-1945)”, en el Museo del Barrio hasta enero próximo. Auspiciada por la Historical Society de Nueva York, la muestra rescata los cuatro siglos de relación cultural, política y comercial de Gotham con el mundo hispano.

Tras su inauguración, el crítico del New York Times Edward Rothstein dijo, poco menos, que había que replantearse la historia de la ciudad.

“No es que estemos presentando hechos nuevos”, aclara Mike Wallace, el curador de la exposición, “sino que proponemos una nueva manera de mirar a algo que ya está en los anales históricos pero que no ha tenido el reconocimiento apropiado”.

Según Wallace —coautor de la monumental historia de la ciudad Gotham, ganadora del Pulitzer en 1999— esto se debe a que durante mucho tiempo esta historia se contó desde la perspectiva Este/Oeste, siendo Nueva York el punto de conexión entre el continente norteamericano y Europa y África.

“Tanto que mucha gente pensaba que los hispanos sólo llegaron aquí después de 1945”, explica Wallace. “Pero si orientamos nuestra atención al eje Norte/Sur, de pronto aparece nítidamente un cúmulo de eventos y personajes que se convierten en protagonistas de una nueva narrativa, importantísima para el desarrollo de Nueva York”.

Primeros contactos

El inicio de esta narrativa podría situarse en 1613. La ciudad era un incipiente emplazamiento holandés cuando Juan Rodríguez —a quien documentos del Instituto de Estudios Dominicanos de la Universidad de Nueva York describen como un “mulato nacido en Santo Domingo”— llegó a las costas de Nueva York. Se le considera el primer inmigrante hispano en la historia de la ciudad. 

Hacia 1717, la prosperidad de la ciudad se debía en buena medida al comercio con las colonias españolas que proporcionaban tabaco, azúcar, café, ron y madera a cambio de alimentos, textiles y materiales de construcción. A pesar de eso, “los holandeses odiaban a los españoles y a los católicos, lo mismo que los ingleses cuando tomaron la ciudad [en 1664]”, explica Wallace.

La animadversión remitió a fines de siglo, cuando los españoles ayudaron a la Revolución Americana gracias a figuras como Diego María de Gardoqui —empresario vasco que fue invitado a la toma de posesión de George Washington, en 1789—, quien impulsó la construcción de la Iglesia Católica Primada de Nueva York en 1785.

Muchos de los objetos en exhibición provienen de instituciones de Nueva York como el Instituto de Estudios Puertorriqueños, la Historical Society, la Biblioteca Pública o el Museo Metropolitano. Pero también da la oportunidad a los neoyorquinos de contemplar objetos difíciles de encontrar aquí como un retrato del patriota y educador Eugenio María de Hostos por el pintor dominicano Abelardo Rodríguez Urdaneta, cedido por el Museo de Arte Moderno de la República Dominicana.

Foco independista

La muestra recoge igualmente una reproducción del periódico The Sun, en cuya sede en el Bajo Manhattan ondeó por primera vez la bandera que hoy conocemos como de Cuba. Fue obra de un grupo de patriotas comandados por el aventurero Narciso López, quien murió en un intento fallido de liberar la isla de los españoles en 1851. Cuatro décadas más tarde, en 1895, el recién formado Partido Revolucionario de Puerto Rico copiaba ese modelo para crear su propia bandera, también en el Bajo Manhattan.

También aparecen testimonios de otros patriotas latinoamericanos que a lo largo del siglo XIX convirtieron a Nueva York en su base de operaciones contra el colonialismo español. Entre ellos, el venezolano José Antonio Páez, quien fue recibido como un héroe durante su exilio de 1850; y de los cubanos Félix Varela Morales, quien fue nombrado Vicario General de la iglesia católica en Nueva York, y José Martí.

La sección dedicada a Martí cubre su larga estancia en Nueva York —entre 1880 y 1895— e incluye un original de su libro Versos sencillos (con el poema que daría lugar a la canción “Guantanamera”); una reproducción del semanario La edad de oro que Martí publicó en la ciudad; y un facsímil de su famoso artículo “Nuestra América”, publicado en la Revista Ilustrada de Nueva York.

Otro objeto digno de admirar es una bola firmada por el pelotero cubano Esteban Bellán en 1871 —guardada por el Salón de la Fama del Béisbol en Cooperstown, Nueva York— quien fue el primer latinoamericano en jugar béisbol en las Grandes Ligas en la década de 1860.

Herencia común

La “narrativa Norte-Sur” que anunciaba Mike Wallace culmina con un avión/sala de cine, creado por el artista puertorriqueño Antonio Martorell, en el cual se expone un documental de Ric Burns sobre la migración masiva puertorriqueña a partir de 1945.

Pero la transformación demográfica de Nueva York ya estaba anunciada antes de 1945, como demuestra un gran mapa de Manhattan que sitúa algunos de los centros de actividad hispana a principios del siglo XX: desde la librería Los Latinos del escritor Juan José Tablada hasta el Teatro Hispano, las oficinas de la empresa alimentaria Goya Foods o la casa donde el compositor Rafael Hernández escribió su imperecedero “Lamento Borincano”.

“Esta es una exposición histórica que va a marcar un antes y un después”, asegura el periodista y académico Claudio Iván Remeseira —uno de los asesores del equipo curatorial— quien valora la colaboración del Museo del Barrio con la Historical Society:  “Que la institución histórica más importante de Nueva York asuma esto como un tema propio es la señal clara de que en el mundo no latino empieza a haber un reconocimiento que hasta ahora no había: que lo latino es parte de la herencia común de los Estados Unidios”.

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