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De aquí p’allá

El inagotable pintor de Santurce es el primer artista puertorriqueño en la Historical Society de Nueva York, con una obra sobre los inmigrantes.

Con su sombrero, camisa blanca y barba canosa, el maestro Antonio Martorell cultiva a la perfección la venerable imagen del jíbaro puertorriqueño. El retrato de la calidez caribeña se completa cuando al ver al entrevistador exclama “¡somos familia!”, en relación a nuestro apellido común. No lo somos pero no importa, Martorell acoge a su interlocutor con efusión paternal.

Paseando por las salas del Museo del Barrio en Manhattan, donde expone una instalación que forma parte de la ambiciosa exposición “Nueva York (1613-1945)”, Martorell saluda por su nombre a los empleados de seguridad. Camina erguido, con un brío que desmiente la aparente fragilidad de su figura menuda. Gran conversador, adorna sus frases con silencios dramáticos, gestos de énfasis y ojos cómplices.

Da la impresión de ser infatigable. “Yo gozo trabajando más que en ninguna otra cosa. Inclusive esa que estás pensando”, dice.

Nacido en 1939 en el barrio de Santurce de la capital, San Juan, Antonio Martorell es probablemente el artista plástico vivo más importante de Puerto Rico, con una carrera marcada por su compromiso con los movimientos nacionalistas de la isla, estado libre asociado de Estados Unidos. “Soy independentista, por si acaso tenía que decirlo”, apunta.

Aparte de sus exposiciones, tiene un programa de radio, una columna mensual, y dirige el Museo Ramón Frade de la Universidad de Puerto Rico, donde también funge como artista residente. Recientemente presentó en España su tercer libro.

“¡Es que ahora es que yo estoy bueno! Creo que ahora es que puedo abordar realmente los grandes temas. Por lo menos vivo de esa ilusión”, dice, vital y alegre, bromeando con la idea de que —en materia de años— él es completamente disléxico: “A veces creo que no tengo 71 años, sino 17”.

El movedizo Martorell toma asiento en una silla cubierta con trajes que representan a inmigrantes, en el interior de lo que parece una maqueta tamaño natural de un avión, decorado con fotos, telas y exvotos mexicanos.

“Son bien mulliditos”, dice con su travieso sentido del humor. “Los vestí así para que el espectador ocupe la posición del pasajero y se identifique con ese inmigrante tan ninguneado, tan repudiado”.

El avión en que el artista se mueve como un niño rodeado de juguetes, es el colofón de su ambiciosa instalación dentro de la exposición “Nueva York (1613-1945)” en El Museo del Barrio de Manhattan, bajo el auspicio de la Historical Society de la ciudad, la cual albergará su obra al terminar la exposición en enero de 2011.

Martorell no dudó en ceder los derechos de propiedad intelectual de la obra: “El destino de la mayor parte de exposiciones es el almacenaje y la destrucción”, afirma. “No hay ningún lugar mejor que el New York Historical Society para que esto permanezca por tiempo indefinido a la vista de todo el mundo”.

Señalando unos cuadernos de viaje para que el visitante escriba sus impresiones, abre una ventanilla que descubre una serie de fotos con imágenes de personalidades boricuas como Raúl Juliá, y de inmigrantes cargando maletas en aviones y aeropuertos. “¡Mira! Ésta es mi abuela”, dice.

También señala la alfombra, donde se puede leer, en caligrafía, nombres de pueblos de Puerto Rico en un lado y barrios de Nueva York al otro: Manhattan/Maricao; Lares/Longwood; Jamaica/Jurutungo; Isabela/Ithaca; Ciales/Canal Street… Se trata de una de las muchas referencias a la relación entre la ciudad y la isla, inspiradas en el famoso ensayo del escritor puertorriqueño Luis Rafael Sánchez “La guagua aérea”.

¿Por qué un homenaje a “la guagua aérea”?

Yo llamo a esta obra “De aquí p’allá”, sin precisar el aquí del allá, porque lo que hace tan particular nuestra migración es lo que Luis Rafael Sánchez, en su maravillosa imaginación, bautizó como la “guagua aérea”, porque es un viaje de ida y vuelta. La puertorriqueña es la primera migración aérea masiva en nuestros tiempos, y hoy todo el mundo habla de guagua aérea cuando toma el avión de Puerto Rico a Nueva York. Yo hice una primera instalación de esta obra en este mismo museo hace 18 años, con motivo de la traducción de Gregory Rabassa [de “La guagua aérea”]. La primera era más grande y en las sillas no te podías sentar porque tenían mucho ornamento. Esta es muy diferente; yo odio repetirme. ¿Para qué?

Veo que sus “inmigrantes” no tienen un vestuario de la época.

No, es una moda atemporal.  Los curadores me dijeron ‘Usted tiene licencia para llegar al futuro’ y yo propuse este viaje a través del tiempo y del espacio.

¿Cuál ha sido su relación personal con Nueva York?

Mis traslados siempre han sido de privilegio: como estudiante, como artista visitante; nunca he sufrido los rigores de la inmigración, pero sí tengo familia y amigos que la han sufrido. La migración fue un programa del gobierno de los años 50 para salir de un exceso poblacional de un país que estaba en la miseria. Los puertorriqueños que permanecimos en Puerto Rico tenemos una deuda impagable a la diáspora porque ellos se fueron, con conciencia o sin ella, para que nosotros sobreviviéramos.

Su primera formación fue la de diplomático. ¿Cómo ocurrió eso?

Yo desde niño dibujaba y sí me alentaban a tomar algunas clases. Pero a la que –ya de adolescente– empecé a albergar alguna idea romántica de ser artista, maestros, vecinos y familiares me dijeron que me iba a morir de hambre, y yo me lo creí. Estudié relaciones internacionales en la Universidad de Georgetown en Washington, D.C. Me enseñaron tan y tan bien que decidí que nunca iba ser diplomático.

Entonces estudió en Madrid con el artista español Julio Martín Caro y en Puerto Rico con Lorenzo Homar y Rafael Tufiño. ¿Cuándo se dio cuenta de que podía vivir del arte y no se iba a morir de hambre?

Empecé a hacer de todo. Mis maestros Homar y Tufiño me enseñaron a hacer trabajo comisionado, a hacer carteles, portadas de libros, de discos, escenografías, retratos, murales, arte público… Muchos artistas consideran que eso es negar su propia inspiración, pero a mí me encanta. No hay otro modo de aprender que haciendo lo que no sabes hacer. Por eso he hecho televisión, teatro, cine, he bailado profesionalmente. Todo lo he hecho por la necesidad de comunicar.

A su edad, mucha gente piensa en que ya le toca descansar. Pero usted sigue creando y exponiendo, hace radio, escribe una columna mensual en el diario Primera Hora, y recientemente también presentó en España su nuevo libro El velorio (novela), sobre la pintura de Francisco Oller El velorio

Yo desde que empecé en el arte, me percaté que grandes genios de la pintura –y no es que me compare, pero uno tiene que mirar p’arriba, no p’abajo–, Picasso, Tiziano, Rembrandt, Goya… hicieron su mejor obra después de los 80. Así que yo vivo eternamente con la ilusión que lo mejor está por venir.

Para mí el trabajo no es la maldición bíblica, es la salvación. Además, encima me pagan – a veces. Y me celebran – a veces… Siempre tengo más cosas para hacer que tiempo para hacerlas. Trabajo un promedio de 10 a 12 horas por día, entre una cosa y otra. Si hay un día que no lo hago, me siento que estoy perdiendo el tiempo.

Este año protagonizó una popular campaña televisiva de la agencia de salud puertorriqueña Medicare y Mucho Más en que lanza el concepto de “súper adultos”. ¿Nos comenta?

Es que no me gusta eso de que nos llamen ‘tercera edad’ o ‘envejecientes’. Uno es envejeciente desde que nace. Por eso, prefiero que nos llamen súper adultos, porque eso es lo que somos.

Se ha descubierto que en Puerto Rico hay más de 200 centenarios. ¡Y yo quiero llegar ahí!

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