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Linda Ronstadt

La leyenda de la música habla de manera franca y espontánea con AARP Segunda Juventud en línea.

La voz clara y versátil de Linda Ronstadt se reconoce instantáneamente, ya sea que esté cantando pop, rock o jazz. A esta cantante también se la conoce por expresar sus opiniones políticas y sociales sobre el escenario. Y, aunque ahora su hogar sea la ciudad más sofisticada del norte de California, Linda todavía lleva la música folk en su corazón  del sudoeste estadounidense.

Todos estos elementos vienen directamente de los años de su crianza en Tucson, Arizona, años llenos de música, armonizados con una cuidadosa actitud del oeste. Ahora, que retornó a California (había vivido allí, anteriormente, en sus años de música rock), Ronstadt siente que ha encontrado una mina de oro en lo que se refiere a cultura, un elemento esencial en su estilo de vida.
 
“Siempre creí que la supervivencia está basada en pequeños grupos de personas con pensamientos similares —explica Ronstadt, por teléfono—. Aquí encontré un grupo más grande de personas con pensamientos similares. Por otra parte, nunca me desvinculé de Tucson. No vendí la casa. Voy allá varias veces al año y, realmente, espero esos momentos. Tengo un grupo de amigos muy queridos allí, que están relacionados con amigos de mis padres. Descubrí que, simplemente, no puedo desvincularme de todo eso”.

El apartamento de Ronstadt, en Bay Area, posee vista al puente Golden Gate y acceso a un abanico de constantes actividades culturales. Es un barrio que satisface el gusto de Linda por caminar.

“Es un edificio antiguo que, sencillamente, adoro —nos cuenta—, aunque no tengo jardín. Ni tengo garaje; estaciono en la calle. La buena noticia es que una vez que me estacioné, no necesito usar demasiado el automóvil; puedo ir caminando a la mayoría de los lugares a los que necesito ir”.

Raíces folclóricas mexicanas

La predilección de Ronstadt por la cultura nace de un ambiente impregnado de música clásica y folclórica. Su bisabuelo, Frederick Augustus Ronstadt, un ingeniero en minas de nacionalidad alemana, tomó la ciudadanía mexicana en 1843. Su hijo mayor, Frederico José María Ronstadt (Fred, abuelo de Linda), nació en México. A la edad de 14 años, Fred viajó con su padre a Tucson para aprender el oficio de herrero y el negocio de las carretas. Más tarde fundó la Ronstadt Hardware and Machinery Company.
 
A Fred se le atribuye el mérito de haber creado la primera orquesta de Tucson, el Club Filarmónico Tucsonense. Algunos de sus ocho hijos tenían una fuerte inclinación hacia la música, incluyendo a Edgard, a Gilbert (padre de Linda) y a Luisa, quien fue internacionalmente conocida como la cantante Laura Espinel. Me encantaban las canciones de México. Cantábamos muchas de ellas en familia, a medida que crecíamos.

También me encantaba otra música folclórica que escuchaba en discos y en la radio. Arizona era genial, porque se podía escuchar a Del Rio, Texas, (donde operaban potentes radioemisoras) y a cosas como Louisiana Hayride”.

“Me considero un producto de la gran radio norteamericana de fines de la década de 1940 y de los 50” —añade Linda—. Era algo grande de verdad. Mi medio de comunicación favorito es la radio. Por supuesto que [hoy] la radio cambió totalmente. No es local. Es, simplemente, homogénea, como si fuera una radio de un solo talle que nos queda bien a todos. Todavía prefiero la música clásica y el folk”.

Ronstadt señala que las canciones mexicanas, cantadas como tributo, forman la mayor parte de los recuerdos de su primera infancia. Después, cita a la gran cantante mexicana Lola Beltrán, a quien reconoce como influencia en su estilo a la hora de cantar rock’n roll. Su padre, a quien describe como un “cantante maravilloso”, siempre traía amigos con quienes cantar.

“Aparecía una botella de tequila, aparecía una guitarra y venían como 40 canciones —recuerda—. Y yo no me alejaba ni un poquito, porque amaba la música”.

“En mi familia, si era tu cumpleaños o había una boda, había una serenata. Recuerdo haber ido muchas veces con mi familia, a las cuatro de la mañana, a través de los matorrales, por un sendero que conducía a la casa de mi abuela y cantar para ella. Cuando era su cumpleaños, le cantábamos algunas canciones familiares que ella amaba”.

Eduardo “Lalo” Guerrero, considerado como el padre de la música chicana, se contaba entre los invitados más frecuentes a la casa familiar. Guerrero y Gilbert solían andar juntos y comenzar a cantar por pura diversión.

Ronstadt recuerda el día que cumplió dos eños, como uno muy especial. “Vinieron a la ventana y cantaron para mí. Les pedí una canción, La Burrita, que me gustaba mucho, sobre una pequeña burra. Lo recuerdo hasta el día de hoy”.

Cantar para el público

Ronstadt cree que, probablemente, nunca hubiera cantado otro tipo de música que no fuera la tradicional y folk si no hubiera sido por un giro que se produjo en un estudio de grabación. Mientras estaba en la universidad, conoció al guitarrista Bob Kimmel y los dos comenzaron a cantar folk rock.

El guitarrista y cantante Kenny Edgard se les unió en Los Ángeles y formaron los Stone Poneys. Ronstadt, quien por ese entonces tenía 21 años, firmó contrato con una compañía discográfica y la banda descubrió que la compañía tenía planes para un sonido más comercial.

“Fui al estudio y grabé "A Different Drum" en una versión bluegrass —subgénero de música country—. A la compañía discográfica no le gustó y quisieron que la repitiera. Cuando llegué [al día siguiente] había una orquesta y una persona que hacía arreglos de instrumentación, alguien a quien yo no había visto nunca antes”.

“Era un enfoque totalmente distinto. La canté dos veces y eso fue todo. Se convirtió en un éxito. Así que eso era a lo que la cultura respondía; eso era a lo que me incitaba”. Y añade, con una risa: “Y me di cuenta de que me gustaba comer”.

El público adoró su voz y, por más de 15 años, Ronstadt grabó una serie de álbumes de pop y rock que fueron muy exitosos, donde exhibía toda su potencia y destreza vocal. Sin embargo, la música clásica y el folk seguían siendo sus preferencias personales.

“Intenté hacer lo que podía. Era como tratar de servir a dos amos —cuenta ahora—. Seguí intentando hacer música tradicional, tratando de hacerlo de modo que la gente pudiera ver el valor que tenía y, así, llegar a apreciarla. De vez en cuando me arriesgaba”.
 
En 1983 y en 1984 sorprendió a sus seguidores con algo que muchos consideraron como una incursión arriesgada en el cancionero popular norteamericano (los álbumes What’s New y Lush Life), lo que la convirtió en la primera cantante de rock en tomar ese desvío. También pasó un tiempo en Broadway, protagonizando la opereta The Pirates of Penzance.

Ambos intentos fueron elecciones naturales para Linda —que para ese entonces promediaba los 30 años—, ya que su abuelo Ronstadt había compuesto un arreglo para Pirates of Penzance, y su madre, Ruthmary Ronstadt, poseía una gran colección de Gilbert y Sullivan. Las canciones populares y clásicas estadounidenses también habían formado parte de la mezcla musical del hogar de los Ronstadt. Linda había comenzado a extraer las joyas musicales de su crianza.

“Estados Unidos inventó la canción popular y la llevó al resto del mundo”, dice Ronstadt. Cita a Gershwin y a Rodgers & Hart como sus escritores musicales favoritos. “Eran unos artistas increíbles, tanto musicalmente como por su sofisticación intelectual y por el modo en que escribían sus letras. En lo que a música popular se refiere, son los que más me gustan”.

Entonces, en 1987, Ronstadt, en sus 40 años, encontró una forma de conectar a su público con la música tradicional, a través de cancionas mexicanas. Aunque no era totalmente bilingüe en español, había interpretado canciones durante su infancia y tenía confianza en que lo lograría. Consciente de que se estaba arriesgando, contrató al excelente músico y productor de música mariachi, Rubén Fuentes, quien la ayudó a superar las dificultades del lenguaje.

“Estaba cansada de todo el pop que estaba haciendo, así que me dije: `Conozco algunas canciones de cuando era niña, canciones universales que son mejores que esto. Y quiero grabarlas´. Y lo hice, y se vendieron”.

Realizó giras con mariachis como promoción de Canciones de Mi Padre. Más tarde le siguió el exitoso álbum Mas Canciones, en 1991.

Canciones de madre

En su vida personal, tuvo algunos pretendientes famosos, entre ellos el ex gobernador de California, Jerry Brown, y el cineasta George Lucas. Y hubo, también, momentos en los que sus creencias políticas irritaron a la audiencia. El incidente más notable lo protagonizó en 2004, en una actuación en el Casino Aladdin, en Las Vegas, en la que respaldó públicamente el documental Fahrenheit 9/11, de Michael Moore.

Otra vez, Ronstadt puede rastrear el origen de ese espíritu independiente hasta los años de la educación que recibió. “Bueno, creo que aprendí a decir lo que pienso. Mi papá y mi abuelo eran personas que lo hacían. Eran muy discretos, juiciosos y considerados. Desearía haber aprendido más de eso, pero hice lo que pude”.

Ronstadt, una persona que cuida su intimidad, permaneció soltera y eligió adoptar dos hijos, Mary y Carlos, a quienes adora.

Ese compromiso se refleja en un CD que editó en 1996, Dedicated to the One I Love, dirigido a los padres de los recién nacidos. En este álbum, Ronstadt interpreta versiones de algunas canciones de cuna que reflejan el gusto de los baby boomers —nacidos durante la explosión de nacimientos, entre 1946 y 1964—, como "Be My Baby", "In My Room" y "Angel Baby".

La maternidad también afectó su manera de abordar la música. En su presentación más reciente, Adieu False Heart, Ronstadt y Ann Savoy, una historiadora de la música casada con un “cajun” de Luisiana, intentaron transmitir una sensación de talento maternal innato.

“Son canciones de amor —expresa Savoy—. Amor en todas sus formas: muy tierno y contemplativo. Y la mayoría de estas canciones fueron escritas por hombres”.

“Tratamos de encontrar una manera de hacerlas nuestras —explicó Linda—. “[Ann] conoce otros tipos de sentimientos, sentimientos más antiguos. Esta era la sensación que queríamos experimentar: mujeres que no eran realmente profesionales, pero a las que, sin embargo, les gustaba la música; mujeres criando a sus hijos, ocupándose del hogar —lo que Ann y yo hacemos— y que tuvieron la oportunidad de sentarse por un minuto y cantar”.

Savoy afirma haber visto los efectos que ciertas canciones han tenido sobre sus cuatro hijos. Como madre, apunta al mensaje positivo —o negativo— que puede transmitir un artista.

“Antes de tener hijos, no estaba interesada, particularmente, en el mensaje o las ideas que expresaba en las canciones —indica Savoy—. Pero la maternidad conlleva una responsabilidad”.

“Linda y yo estamos en un punto de nuestras vidas en el que queremos cantar canciones que conmuevan nuestros corazones, canciones bellas que cuenten una historia o un sentimiento con el cual podamos relacionarnos. Y deseamos contar las historias con voces exquisitas, más vulnerables, trabajando con armonías para hacer llegar las emociones a los demás”.
 
Es el tipo de relato lírico que, ahora, en sus 60 años, seduce a Ronstadt.
 
“Pasé toda mi vida cantando realmente fuerte e intentando, básicamente, hacer que las cosas funcionaran en un disco pop. Y con el disco que hicimos con Ann no tuvimos que realizar ningún esfuerzo en ese sentido”, cuenta Linda.

“Linda creció y la vida la cambió, como nos cambia a todos —señala Dan Guerrero—. Como madre, si no hubiera tenido a sus dos hijos, posiblemente no estaría haciendo lo que hace. La vida la llevó adonde está ahora. Ella utiliza todo esto en su arte. Es una mujer increíble”.

Ronstadt asegura que internalizó mucho de la música que ama. Evita la música pop y el rock, aunque su hija le ha hecho conocer algunos intérpretes como Christina Aguilera (“gran habilidad vocal) y Mariah Carey (“gran registro vocal”). Para ella, internet es como “una gran máquina de discos”.

Linda lamenta la falta de sofisticación e inocencia en la música popular actual. Sostiene que es la consecuencia de estar expuestos al lado sórdido de la humanidad, a través de vehículos como los reality shows que se ven hoy por televisión.

“La cultura no aprecia las cosas más sutiles. Cuanto más nos adentramos en la era de la información, pareciera que hay tantos datos que resulta abrumador. Cada vez apreciamos menos la sutileza. No sé si esto vendrá con el próximo cambio de la humanidad”.

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