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Libro debut explora la Ciudad de México

En <i>Down and Delirious in Mexico City</i>, un hijo de inmigrantes mexicanos confronta su herencia.

In English | Conlleva un cierto coraje volver, especialmente solo, a la tierra de los ancestros y reclamar algo de ese pasado. Sin embargo, el México antiguo, el de las leyendas familiares, el de los libros de historia, de películas y mitología, existe solamente en la periferia del nuevo y absorbente libro de Daniel Hernandez, Down and Delirious in Mexico City: The Aztec Metropolis in the Twenty-First Century. En vez de detenerse a abundar sobre la ciudad que sus padres mexicanos pudieron haber encontrado, Hernandez, quien nació y creció en el sur de California, quiere mostrar la Ciudad de México actual. De modo que tal vez no sorprenda que termine presentando una narrativa muchas veces irregular que, de muchas maneras, refleja la difícil naturaleza de la ciudad más grande del hemisferio occidental que es el tema de su libro.

Recién egresado de la universidad en el 2002, se dio cuenta de que, como mexicano estadounidense, se sentía “de algún modo todavía excluido de la narrativa nacional de México”. Hernandez se preguntó: ‘¿Estaré “por siempre condenado a un estado de ambivalencia, o podemos ser dos cosas a la vez?’” Responder la pregunta de si se puede ser mexicano y estadounidense y mantener la identidad propia entre dos culturas distintas —la misma pregunta que se formulan tantas veces los inmigrantes y sus hijos— se convirtió en el impulso que desembocó en su primera estadía en Ciudad de México.

Ese primer verano lo llevó a mudarse allí por tres años y a escribir un libro que es, en parte, periodístico, en parte memorias, pero, en última instancia es una historia sobre el paso de la adolescencia a la adultez que, justamente, es lo que hace que los primeros capítulos de Down and Delirious sean tan absorbentes. Nos piden que descubramos, o redescubramos, como sea el caso, la Ciudad de México, a la que pensábamos que ya conocíamos. A través del sistema del metro, de un sinfín de barrios, una criminalidad que no disminuye, esmog, religiones, música, subculturas, moda, drogas y jóvenes vanguardistas, podemos ver la ciudad con los ojos de alguien que conoce la ciudad, y con los de alguien que la está viendo por primera vez. Uno de estos sorprendentes momentos ocurre poco después de que Hernandez se hubiera mudado a la ciudad, una noche en la que se une a una larga procesión de peregrinos que celebran el aniversario de la aparición de la Santa Patrona de México, la Virgen de Guadalupe. “Ahora estamos a un kilómetro o dos de la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe”, escribe Hernandez. “Me doy cuenta de esto porque un poco más allá puedo ver el doble arco brillante del restaurante McDonald’s, una señal segura en muchas partes del mundo en vías de desarrollo de que está llegando a un sitio cultural o histórico importante”.

La mayor parte de Down and Delirious nos ubica junto a Hernandez mientras recorre la ciudad. “Vamos montados sobre empinadas vías rápidas repletas de tráfico que parecen no usar los carriles. Los automóviles y los camiones fluyen con el instinto de las células sanguíneas… Es un paisaje de una monotonía urbana áspera, luego onduladas laderas de estructuras que desaparecen en un horizonte blanco de neblina, el esmog”. 

Pero, a través de ese esmog vemos la ciudad, desde tantas perspectivas y barrios que quedamos mareados por su inmensidad, o nos sentimos un poco aturdidos por el constante cambio de escenarios. Sin embargo, lo mejor de Hernandez es cuando baja la velocidad lo suficiente como para concentrarse en algunos de los encantos y  contradicciones que, obviamente, hacen de Ciudad de México un lugar tan evocador para describir. Consideremos, por ejemplo, el moderno barrio Condesa, donde vive y juega la clase privilegiada: “Durante las noches de los fines de semana, los traficantes de cocaína en discretos automóviles rondan las arboladas calles del barrio entregando droga en apartamentos donde se celebran fiestas colosales… la clase de personas que consideran el consumo recreacional de cocaína como una cuestión de derecho social. No todos consumen, por supuesto, pero está en todos lados”.

Aunque no ingresa completamente en “la narrativa nacional de México” como intenta, a través de Down and Delirious, Hernandez sí logra incluirse a sí mismo, primero compartiendo su exuberancia por la ciudad, y más tarde enfrentando las preguntas pendientes de su identidad. “Después de tres años de vivir aquí, los extraños en la calle todavía se refieren a mí como güero —un joven blanco—... Soy un gringo, sin importar el color oscuro de mi piel. Soy un gringo mexicano, si usted quiere”.

Por más que lo intente, Hernandez permanece en un mundo que no es de aquí ni de allá, que refleja, tal vez, la realidad más aleccionadora: para un inmigrante —sin importar en que dirección esté viajando— es el viaje en sí mismo lo que se convierte en la narración más crucial.

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