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'Lincoln'

Spielberg presenta a un imperfecto Abraham Lincoln interpretado magistralmente por Daniel Day-Lewis.

   

Director: Steven Spielberg
Guión: Tony Kushner (basado parcialmente en el libro "Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln" de Doris Kearns Goodwin)  
Elenco: Daniel Day-Lewis (Abraham Lincoln), Sally Field (Mary Todd Lincoln), David Strathairn (William Seward), Joseph Gordon-Levitt (Robert Lincoln), James Spader  (W.N. Bilbo), Hal Holbrook    (Preston Blair) y Tommy Lee Jones (Thaddeus Stevens).
Duración: 149 minutos

Mary Todd Lincoln (Sally Field) y Abraham Lincoln (Daniel Day-Lewis) aparecen en esta escena de la película del director Steven Spielberg LINCOLN

Foto: David James/Courtesy DreamWorks Pictures and Twentieth Century Fox

Gloria Reuben, Sally Field y Daniel Day-Lewis en una escena de 'Lincoln'.

Como dijera el canciller alemán Otto von Bismark,  “Las leyes son como las salchichas, es mejor no ver cómo se hacen”. La película Lincoln nos muestra justamente el sucio proceso por el que tienen que pasar los “embutidos” antes de llegar al plato. En este caso, la “salchicha” es la decimotercera enmienda a la Constitución de Estados Unidos, que aboliría la esclavitud. Las virtudes de tal legislación son incontestables en nuestros tiempos, pero en 1865 su aprobación parecía  poco menos que un sueño de opio. Lincoln nos muestra las muy cuestionables maniobras que se tuvieron que realizar para alcanzarlo. La cinta no es una hagiografía del personaje histórico en su momento de mayor gloria, sino el retrato de un mandatario de gran destreza política cuya gran hazaña se dio, no en el campo de batalla, sino en los pasillos del Capitolio.

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Sin embargo, Lincoln arranca con la Guerra Civil de EE. UU. Al igual que en Saving Private Ryan (Salvando al soldado Ryan) (1998), en cuya primera escena Steven Spielberg nos transportó al brutal desembarco en Normandía durante la Segunda Guerra Mundial, en Lincoln, nos lanza inmisericorde a otro terreno lodoso y sangriento. Pero la violencia gráfica queda allí. No es la  batalla a campo abierto donde se desarrollará la trama, sino en Washington.

Son los primeros días de 1865 y el decimosexto presidente del país, Abraham Lincoln (brillantemente interpretado por el inglés, Daniel-Day Lewis), enfrenta un grave dilema. La guerra ha entrado en su cuatro año y aunque se avizora la victoria de la Unión, la abolición de la esclavitud solo podrá consolidarse si es aprobada en el Congreso. Lincoln, abogado de profesión, conoce los intrincados caminos de la ley mejor que nadie. Los esclavos liberados en diez estados de la Confederación durante la Proclama de Emancipación (aprobada en 1863),  fueron “confiscados” como propiedad, un acto válido solo en tiempos de guerra. Lincoln temía que los términos de la paz permitirían la reinstauración de la esclavitud. Así, el mandatario se ve forzado a emprender una carrera contrarreloj para lograr que la Cámara Baja aprobara la enmienda a la constitución que prohibiera la servidumbre involuntaria antes de que se firmara la paz. 

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(de izquierda a derecha) Elizabeth Keckley (Gloria Reuben), Mary Todd Lincoln (Sally Field) y Abraham Lincoln (Daniel Day-Lewis) aparecen en esta escena de la película del director Steven Spielberg LINCOLN

Foto: David James/Courtesy DreamWorks Pictures and Twentieth Century Fox

Una escena de 'Lincoln', de izquierda a derecha: Elizabeth Keckley (Gloria Reuben), Mary Todd Lincoln (Sally Field) y Abraham Lincoln (Daniel Day-Lewis).

Day-Lewis interpreta a un Lincoln encorvado, como si llevara en sus hombros la titánica tarea que se ha impuesto. Al mismo tiempo, su Lincoln es un hombre de voluntad férrea y claridad mental. Lincoln dialoga con los miembros de su gabinete a quienes exaspera con su voz pausada para establecer un punto. Con ciega determinación, el mandatario  insiste en la urgencia de negociar como sea la aprobación de la enmienda. Tanto los miembros de su propio partido, el republicano, como los demócratas, temían que sellar la abolición de la esclavitud antes de negociarla con los estados del sur podría alargar el conflicto bélico. Su propia esposa, la mentalmente inestable Mary Todd (Sally Field), estaba en contra de cualquier acto que prolongara la guerra.

Lejos de presentar esta batalla legislativa como un periodo heroico y bañado en gloria, Lincoln nos revela a un presidente capaz de negociar con los más oscuros poderes de Washington. Lincoln no duda en pedir ayuda a individuos de la más baja calaña para que “convenzan” por todos los medios a los veinte legisladores demócratas que necesita para que pase la enmienda. Los medios van desde sobornos monetarios hasta promesas de puestos en el gobierno. La película presenta la cruda realidad de la política y diálogos que aún parecen vigentes como: “Los sobornos no pueden ser ilegales porque si no, los congresistas se morirían de hambre”.

Viendo Lincoln es fácil entender cómo el cabildeo adquirió mala fama. Tommy Lee Jones, genial entre un reparto multiestelar de brillantes actores, interpreta al abolicionista republicano Thaddeus Stevens quien, paradójicamente, también tiene que traicionar sus principios al aceptar que la redacción de la enmienda no incluya la igualdad entre las razas.

Pero nada es simple en la película. Spielberg, se distancia del maniqueísmo que ha caracterizado su obra. Tanto la fotografía de Janusz Kaminski como el paisaje moral que nos presenta tienen tonalidades grises, indefinidas, ambivalentes. Lincoln puede ser un hombre sabio y generoso, pero también capaz de mentir y engañar cuando es necesario. El guión del dramaturgo Tony Kushner  (Angels in America)  se apoya demasiado en el dialogo, pero Spielberg es un gran narrador y logra mantener la tensión como en cualquier película de acción.

El triunfo definitivo de la película corresponde, sin embargo, a la magistral actuación de Day-Lewis. Además de su increíble caracterización física, el actor proyecta en su hablar pausado y andar cansado, una gravidez moral que lo eleva por encima de las bajezas que tácita o abiertamente, comete. Claro que tiene también el juicio de la historia de su lado; nunca existió mejor fin que justificara los medios.

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