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Fragmento de 'Una amapola entre cactus'

Una obra de Batia Cohen.

Nota del editor: Una amapola entre cactus es el desgarrador testimonio de una sobreviviente del Holocausto, Szura Pupko, contado por su nieta, la escritora Batia Cohen. En este fragmento, Cohen revive cómo Pupko saltó de un tren rumbo a un campo de concentración y busca refugio en los bosques bielorrusos.   

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Nuestro tren se puso en marcha de noche. Todo ese tiempo no solté a Masza. Me mareaba el sonido de los rezos, de los lamentos que se multiplicaban a mí alrededor. La paja olía a orines, el bochorno abrumaba, la incertidumbre era un lastre que atormentaba. Éramos alrededor de cuarenta almas, algunos niños pequeñitos como Masza.

¿Dónde estaba Dios? ¿Dónde Estaba?

─Hay que escapar ─me dijo Sioma─, el hacha no servirá de nada, hay que encontrar otra forma de salir de aquí.

“Shemah Israel, ¡escúchanos Señor! ─clamaba mi interior, silabeaba el rezo ancestral implorándole piedad a Dios ─¿No nos escuchas, Señor?”.

Sucumbí harta de no hallar a Dios. Mi marido repetía que él no se iba a morir sin luchar, no se daría por vencido, él quería pelear.

Era más que evidente que si nos quedábamos, moriríamos tarde o temprano, pero yo estaba cansada de sufrir, de la incertidumbre, del miedo. Si mi destino era acabar en manos de los nazis, pues que así fuera. Llevábamos años sofocados entre el temor y el maltrato, habíamos tolerado demasiado. Saberse muerto estando vivo era fallecer lentamente, ya no podía más.

     Sioma discutía con algunos hombres en el vagón acerca de las posibilidades de escaparse de allí. Alguno pensó hacer un agujero en el piso del vagón. Resultaba demasiado peligroso, podíamos caernos a las vías con el tren en movimiento y morir degollados. Valoraban opciones, en un momento de lucidez mi marido le dijo a su hermano Mitzia:

─Se pueden quitar los alambres de púas que obstruyen la pequeña ventana del vagón. Mijash, el hijo del contador, es lo suficientemente delgado para escurrirse por esa ventana y, ya afuera, podrá quitar los pernos de la puerta.

─¿Por qué crees que mi muchacho de dieciséis años debe arriesgarse de esa manera? ─ vociferó Leibl Stolowitsky, el padre ─. Mi hijo no tiene que ser héroe, ¡busca otra persona para que lo haga! 

─Mira Leibl─le dijo Sioma apresurado ─, nos estamos alejando del área que conocemos, ¡ésta es nuestra única oportunidad! La noche no es tan paciente y el sol saldrá tarde o temprano. No tenemos opción, nadie más tiene la habilidad de Mijash ni su tamaño.

─Lo haré ─interrumpió Mijash.

Entre los dos cargaron al joven sobre los hombros y con mucho trabajo logró salir por la pequeña ventana. Sus pies tocaron un pequeño estribo y consiguió recargar su espalda en la pared del vagón en movimiento. De pronto, un ruido vino de afuera… Mijash trataba de abrir el cerrojo. Un perno afuera. Todos en silencio. Otro perno afuera, ¡crack¡ Desde dentro los hombres ayudaron a deslizar la puerta y, ¡estaba abierta¡      

El viento reanimó. La gente, indecisa, no quería saltar, Yo no emitía palabra… “No pienso, estoy suspendida en la nada… no quiero saltar, no puedo”. Masza soltó mi mano y con instinto de supervivencia se aferró a la mano de su padre, quien le prometía un futuro y no una sentencia de muerte. Volteó a verme con ojos escrutadores y su decisión fue firme, entendió a sus escasos años que quedarse conmigo era un suicidio. Junto a Sioma se aferró a la vida.

     Mi marido saltaría, esperaba su turno… No había tiempo que perder, el tren seguía su curso; los segundos pasaban, el peligro era exponencial. “Querido Dios, no debo pronunciar tu nombre, mi religión me lo prohíbe, veo en mi mente las letras que no se dicen, ésas que se leen en el subconsciente, pero no se enuncian jamás, que están escritas en el Torá y son lo más sagrado. Hashem, el Nombre. Invoco tu nombre sagrado, ayúdanos a salvarnos”.

     Uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos; pasaron rápido. Todo era negrura, incertidumbre. No decidía nada, la cabeza me estallaba. La noche, la niña, el bosque, el miedo. Caí de un golpe sobre la tierra mojada, el estertor de lo que parecía un arma de fuego zumbó cerca de mi oído. El calor de una bala rozó mi brazo, escuché aterrorizada los gritos en alemán que retumbaban en la distancia, perdiéndose por fin en las tinieblas nocturnas.

     “¿Salté del tren?” me pregunté. “¡He saltado del tren! No sé cómo, ¿es posible que me hayan empujado?”, dudé unos segundos.  Mi abrigo claro debió de haber resaltado entre las tinieblas, el tiroteo estuvo cerca de mí, tres balazos en total, los había yo contado. Pero, ¿dónde estaban los demás?

     Me levanté, no tenía ni un rasguño. El tren se fue alejando, corrí hacia el bosque. Unos minutos antes no sopesé que la oscuridad escondía un milagro, que ofrecía sus brazos para salvarme. La noche sin luna me aterrorizó, me sentí desconcertada, la penumbra, el Silencio absoluto y la total negrura me dejaron sola con el crujido de la hojarasca bajo mis pies. Los árboles eran refugio dudoso, finalmente me acurruqué recargada en el tronco de uno.

     Unas ramas secas gruñían en la cercanía, podía ser un lobo, un nazi, un partisano ruso o un polaco de los llaman blancos, todos igual de crueles y rapaces. Estaba alerta. Pasaron los minutos, el ruido de disipó. Aunque luché por estar despierta, el sueño me venció.

¿Qué

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