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Lectores electrónicos, ¿la octava maravilla?

Aunque algunos predicen el final de los libros impresos, la experiencia de la lectura seguramente continuará.

La misma semana en que decidí utilizar más a menudo la biblioteca pública de mi vecindario, un amigo me comentó que el Kindle, ese aparatico mágico de Amazon para descargar libros, era la octava maravilla. Naturalmente, para una lectora como yo, la idea de acumular cientos de libros en un elegante aparato electrónico sólo un poco más grande que mi teléfono fue y continúa siendo atractiva y cómoda.

Vea también: De puño y letra.

Por esos días acababa de regalar 21 cajas de libros porque ya no tenía donde ponerlos. Había reorganizado mi biblioteca —una estantería de Ikea en el comedor— y había decidido comprar sólo lo que quería poseer. Lo que quería leer, pero no poseer, lo iba a buscar en la biblioteca. Pero, entonces, me llegó el Kindle, y con él la facilidad —y felicidad— de leer sin poseer. A veces ni recuerdo el título del libro que estoy leyendo, pues el Kindle siempre abre en la última página que leí. No me muestra “el libro”, solo las palabras. Es decir, lo que compro con el Kindle es la experiencia de la lectura no el libro en sí. Un poco como ir a la biblioteca, excepto que más nunca he puesto el pie en mi biblioteca pública, y, por supuesto, a diferencia de pedir prestado un libro, descargar un libro cuesta, a veces más que el libro físico.

Pero la tecnología, que avanza a pasos agigantados y nos tiene a todos un poco mudos con sus adelantos, ha vuelto a sorprendernos. Amazon —que la semana pasada sacó al mercado tres modelos nuevos del Kindle— acaba de anunciar que ahora se podrá pedir libros prestados de la biblioteca a través del Kindle. Es decir, para leer en el Kindle ya no hay que comprar la experiencia de la lectura descargando un libro que puede costar tan poco como 99 centavos, pero que también puede costar tanto como $14. Y para sacar un libro de la biblioteca, tampoco hay que darse el viajecito, por muy agradable que siga siendo caminar entre los anaqueles repletos de libros. Ahora se puede descargar libros directamente de la biblioteca al Kindle.

La noticia ha alarmado a los que viven de la venta de los libros, pero ha entusiasmado a los miles de lectores que han hecho de los e-readers —el más popular es el Kindle, pero no el único— uno de los objetos más deseados de los consumidores desde que Apple inventó el iPhone.

Uno de cada seis estadounidenses, o el 15 %, usa un aditamento electrónico para leer, según una encuesta de Harris Interactive (en inglés) que se dio a conocer a finales de septiembre. Hace un año, la cifra era sólo del 8 %. La mayoría de los que participaron en la encuesta dijeron que habían leído entre 11 y 21 libros ese año. El escritor escocés Ewan Morrison (enlace en inglés) anunció en el festival de libros de Edimburgo este verano que en los próximos 25 años los libros desaparecerán, pero no la experiencia de la lectura, que continuará gracias a la revolución digital.

 

Los que publican libros, que no son ajenos a pronósticos tan devastadores como el de Morrison, están preocupados con el nuevo anuncio de Amazon porque piensan que los lectores preferirán descargar libros de la biblioteca antes que comprarlos, de esa manera erosionando aun más el ya precario negocio de las publicaciones. Y no es para menos. A nivel nacional, según la American Library Association (enlace en inglés) un 67 % de las bibliotecas públicas ofrecen este servicio, que cada vez cobra más popularidad. Desde enero hasta septiembre, por ejemplo, el número de libros electrónicos descargados (enlace en inglés) de la biblioteca pública de la ciudad de Nueva York, una de las más grandes en el país, aumentó en un 75 %, según un informe del New York Times, y eso fue antes de que Kindle se lanzara a su nueva aventura con las bibliotecas. Los expertos estiman que la demanda de los libros electrónicos va a aumentar: la firma de Forrester Research  proyecta que los consumidores comprarán aproximadamente 15 millones de lectores electrónicos este año.

Yo digo que no hay que temerle al progreso. Hay que adaptarse a él. Hace poco un amigo me preguntó por qué me gustaba tanto mi Kindle. Me costó trabajo explicarle. Es ligero, le dije. Hay muchos libros ligeros, me respondió. Me cabe en el bolso, agregué. Puedo tener cientos de libros en él y no me pesa ni más ni menos. Para los que ya lo pensamos antes de colgarnos un pesado bolso al hombro, dos libros en un viaje de avión pueden ser mucho. El Kindle, sin embargo, siempre pesa lo mismo —casi nada.  

Mi amigo me preguntó, “¿Y para qué quieres tantos libros si sólo puedes leer uno a la vez?” Avaricia, quizás. Miedo a que se me acabe un libro en el medio de un vuelo trasatlántico. No lo sé. Sigo siendo la misma persona que llegó a acumular 21 cajas de libros de más. No he dejado de comprar libros, como tampoco he dejado de ir al cine, a pesar de Netflix, ni he dejado de comprar discos compactos, a pesar de iTunes. Hay discos que hay que comprar. Hay películas que valen la pena un viaje al cine, aunque el piso esté pegajoso de tanta Coca-Cola derramada. Hay libros que hay que comprar, incluso aunque nos sepamos el cuento.

Los libros que compro en la Kindle me entretienen e iluminan. Los que poseo, los que veo todas las noches sobre mi mesa de noche, también me entretienen e iluminan pero, sobre todo, me acompañan, por lo menos por un tiempo, hasta que de aquí a unos años, algunos de ellos acaben en una caja camino al Salvation Army. Pero hay otros que se quedan, que van de mudanza en mudanza y de librero en librero. Esos son los compañeros de viajes. Esos perduran, como perdurarán los libros que merecen estar entre dos tapas.


Mirta Ojito es escritora, periodista, editora y profesora de posgrado en la facultad de periodismo de Columbia University en Nueva York; ante todo, es una amante de la palabra escrita. Conózcala aquí.

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