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Amanecer de poema

En momentos difíciles, la poesía me brinda esperanza y confort.

Cuando mi padre yacía enfermo de muerte hace tres años en un hospital de Miami andaba yo, como sonámbula por toda la ciudad, acompañada por un libro que de alguna manera había llegado a mis manos en el momento perfecto. Se titulaba The Wind-up Bird Chronicle: A Novel. Desde entonces me he enterado que hay una versión en español con un título tan poco atractivo como el de la versión en inglés, Crónica del Pájaro que da Cuerda al Mundo, de Haruki Murakami, un autor japonés que desde entonces siempre asociaré, por cosas de la vida y de la literatura, con mi padre.

Vea también: Hilvanando historias.

Qué tenía que ver aquel personaje de Murakami con mi padre, un bondadoso chofer de camiones que apenas vio mundo pero que poseía una sabiduría innata, no lo sé. Solo sé que aquel personaje —Toru Okada, un joven despechado por la pérdida de su trabajo y la desaparición de su esposa que encuentra refugio en el fondo de un pozo abandonado en el patio de su vecino— me ayudó a sobrellevar interminables horas de vigilia y tristeza.

Cuando, desde el fondo del pozo, el personaje vislumbra un cachito de luna, yo me sentí reconfortada y busqué la luna de Miami para sentirme conectada al mundo fuera del hospital. Gracias a Murakami, en ciertas noches yo también me topé con la luna.

Desde entonces he pensado mucho en el poder de los libros para acompañarnos aún en los momentos más difíciles. Hay quienes leen sólo cuando tienen tiempo o por placer. Yo leo por necesidad, porque con la lectura aprendo a llevar la vida mejor.

En estos días tensos, con el espectro del terrorismo rondando de nuevo al conmemorarse el décimo aniversario de los ataques del 11 de septiembre de 2011, recurro a los libros una vez más.

Desde hace una semana llevo en mi bolso un librito precioso que me encontré en la sección de libros infantiles en una librería en España. Se titula Me ha hecho poeta la vida, y es una muy mimada edición de Ediciones SM,  que contiene 15 poemas de Miguel Hernández, quien murió a los 31 años en la cárcel durante el gobierno de Franco. Son varios los poemas  de Hernández que me he leído por estos días, antes de dormir, al despertar y durante mis desvelos acostumbrados en esta época del año. Todos me calan hondo, pero estos versos al final del poema Canción Última se han convertido en un mantra:

El odio se amortigua
Detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza.

Le he preguntado a varios autores  cómo combaten la tristeza, y la mayoría me ha contestado que, como yo, leen poesía.

El escritor Sergio Troncoso (enlace en inglés) méxicoamericano que vive en Nueva York y publica dos nuevos libros éste mes, dice que la poesía de Emily Dickinson le transporta a un mundo de palabras que siempre encuentra bello y sabio.

Antonio José Ponte, escritor cubano que vive en Madrid, me comentó que también recurre a la poesía, preferiblemente la griega o la de los clásicos chinos, “por razones que van más allá de los poemas en sí: un fragmento griego se ha salvado del naufragio del resto del poema, cualquier poeta clásico chino ha sufrido exilios y condenas”.

Y, Alma Flor Ada (enlace en inglés) que vive en California y escribe para adultos y niños lo mismo en inglés que en español, prefiere la poesía hispana. Sus poetas favoritos son Antonio Machado, Pedro Salinas, Federico García Lorca y Pablo Neruda. Dice que siempre la acompañan.

“En momentos de tristeza o desesperanza nada supera, para mí, al poema Confianza  de Pedro Salinas", dice, y aquí envía algunos de sus versos. Con ellos termino yo, porque no se puede agregar a la perfección.

Mientras haya
alguna ventana abierta
ojos que vuelven del sueño,
otra mañana que empieza…
Mar con olas trajineras
—mientras haya—
trajinantes de alegrías,
llevándolas y trayéndolas.
[...]
Agua como se la quiera
—mientras haya—
voluble por el arroyo
fidelísima en la alberca.
[...]
Mientras haya
quien entienda la hoja seca,
falsa elegía, preludio
distante a la primavera.
[...]
Tantas palabras que esperan,
invenciones, clareando,
—mientras haya—
amanecer de poema.

Mientras haya
lo que hubo ayer, lo que hay hoy,
lo que venga.


Mirta Ojito es escritora, periodista, editora y profesora de posgrado en la facultad de periodismo de Columbia University en Nueva York; ante todo, es una amante de la palabra escrita. Conózcala aquí.

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