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'Nunca quisiera ser niña otra vez'

La escritora mexicana Reyna Grande publicó su tercer libro, 'The Distance Between Us'.

Escritora Reyna Grande con su nuevo libro - The Distance Between Us

Foto: Cortesía Reyna Grande

La escritora mexicana Reyna Grande no recuerda su niñez con añoranza.

Hay gente que recuerda su niñez con añoranza. Ese no es el caso de la escritora Reyna Grande, que acaba de publicar su tercer libro, The Distance Between Us, una mirada íntima a su niñez y a los estragos que la emigración causó en su familia mexicana.

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“Yo nunca quisiera ser niña otra vez”, dice Grande, madre de dos hijos y galardonada escritora.

Cuando era niña y vivía sumida en la miseria, Reyna Grande sufría por su nombre. No bastaba con tener un nombre de realeza,  sino que su apellido le parecía una burla ya que de grande no tenía nada. Los niños en Iguala, el pueblo mexicano donde nació y se crió hasta los 9 años, se burlaban de ella.

Hoy en día, a sus 36 años y con tres libros publicados en Estados Unidos, el nombre le viene muy bien, aunque con apenas cinco pies de estatura, sigue siendo pequeña.

“Ahora lo veo como un reto,” dice Grande, que vive en Los Angeles. “Y es un nombre perfecto para una escritora”.

Escritora Reyna Grande con su nuevo libro - The Distance Between Us

Portada del libro 'The Distance Between US'.

Mientras que otros libros se han concentrado en la vida de los inmigrantes una vez que llegan a Estados Unidos, las memorias de Grande se enfocan principalmente en la familia que queda atrás, penando por los padres y deseando pasar al “otro lado”: Estados Unidos.

Grande era la más pequeña de tres hermanos cuando su padre, y luego su madre, se marcharon a Estados Unidos con la idea de trabajar y reunir dinero para construir una casa de ladrillos y cemento. Hasta ese momento, y durante casi todo el tiempo que Grande y sus hermanos vivieron en México, la familia apenas sobrevivía en una choza de cartón y pedazos de madera. Cuando llovía, se mojaban. Si el canal cercano crecía, su hogar se inundaba.

Los niños, que se quedaron con las abuelas, apenas se bañaban. Cuando lo hacían, era en las aguas hediondas de un río donde los parásitos encontraban refugio en sus cuerpos desnutridos. Grande y sus hermanos, Mago y Carlos, iban a la escuela, pero carecían de todo lo demás: comida, libros, y agua potable. Cuando se ponían zapatos, se aseguraban de quitárselos si empezaba a llover para no embarrarlos de lodo.

Un día, su padre regresó. Cruzando la frontera ilegalmente, los trajo a Los Ángeles, donde vivía con otra mujer tras separarse de la madre de sus hijos. Aunque la vida con su padre no fue placentera –era un borracho que maltrataba a sus hijos– Grande aprovechó las oportunidades y los consejos que él le dio y fue la primera de su familia en graduarse de la universidad.

Siguiente: Primera novela a los 31 años.  »

En el 2006, a los 31 años, publicó su primera novela, Across A Hundred Mountains, un éxito de crítica que ella misma tradujo al español (A Través de Cien Montañas). Tres años después, publicó Dancing with Butterflies, que también fue premiada y bien recibida por la crítica.

Sobre sus memorias, Grande dice que llevaban muchos años revoloteando por su cabeza. De hecho, lo empezó a escribir en la universidad, en el año 1997, pero no pudo continuar. El pasado era demasiado reciente y los recuerdos le dolían. Finalmente, en el 2009, Grande se dio cuenta que no podía esperar más y debía contar la experiencia de los que se quedan atrás.

“Quería ayudar a toda esa gente joven que va a mis presentaciones, quería –y quiero– que mi experiencia los inspire a continuar sus estudios y luchar por sus sueños”, dice Grande, a quien preocupa especialmente la situación de los niños y jóvenes que fueron traídos a este país ilegalmente. Los llamados dreamers llevan años luchando para que el Congreso pase una ley, conocida como el “Dream Act”, que les permita hacerse residentes condicionales del país.

Pese a que su padre murió hace unos años de cáncer de hígado, su madre vive en Estados Unidos. No obstante, la distancia entre madre e hija se mantiene.

“Nuestros mundos son muy diferentes y no tenemos mucho en común”, dice y recuerda que hace poco su mamá la acompañó a un evento donde Grande fue la oradora principal. Durante el evento, su mamá se fue a caminar y regresó con una bolsa llena de latas que había recogido de los alrededores. Así se gana la vida su madre: recogiendo latas para venderlas por centavos.

Grande se ríe cuando cuenta esta anécdota. “¿Y qué puedo hacer?” pregunta retóricamente. “Ni le dije nada. No me iba a entender”.

Escribir sus memorias la ha ayudado a comprender un poco a su madre –la tensión entre ser mujer y querer seguir a su esposo al norte, y ser madre y querer cuidar de sus hijos, Eva, de 4 años, y Nathaniel, de 10. Cuando ella viaja para promover un libro, Grande se pregunta si estará haciéndole a su hijita lo mismo que su mamá le hizo a ella.

“Cuando la miro a ella y me pregunta, ‘¿Cuándo vas a volver?’ me acuerdo de cuando yo le preguntaba eso a mi mamá”, dice Grande. “Parte de mí se quiere quedar con mi hija. Y la mujer en mí quiere irse y tener una carrera y explorar otras cosas”.

Pero sabe que no es igual. Porque Grande se va, explora y triunfa, pero siempre regresa a casa.

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