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El nuevo planeta de los simios

La precuela de Rupert Wyatt, protagonizada por James Franco, da prioridad a la acción sobre la sutileza.

Película: La rebelión del planeta de los simios. Will Rodman y su mono, César, se abrazan después de la revolución

Foto cortesía de: Twentieth Century Fox Film Corporation.

Will Rodman y su simio César abrazan la postrevolución.

  
Dirigida por Rupert Wyatt
Clasificada PG-13 (para mayores de 13 años y menores acompañados por los padres), duración: 105 minutos
Protagonistas: James Franco, Andy Serkis y Freida Pinto

In English  |  Trabajó incansablemente para ver su visión cobrar vida. Gastó millones de dólares pródigamente en el proyecto. Sus intenciones fueron puras, su ejecución perfecta. Y a pesar de todo eso, desató sobre el mundo un desastre inesperado, que aplastaría a víctimas desprevenidas en todo el planeta.

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Perdón, ¿acaso pensó que escribía acerca del personaje científico protagonizado por James Franco en Rise of the Planet of the Apes (El origen del planeta de los simios)? No, me refería al director de los Simios Rupert Wyatt, cuyo filme técnicamente increíble no logra ni una sola vez dar en el clavo, pero lo hace con tanto aplomo y decisión que se podría pensar que lo hizo a propósito.

Han transcurrido 43 años desde el Planet of the Apes (El planeta de los simios) original, donde Charlton Heston, un astronauta perdido, aterrizó en ese extraño planeta donde los simios dirigían el mundo. La icónica escena final, cuando Heston se da cuenta que ha estado en la Tierra todo el tiempo, se ha celebrado y parodiado tantas veces que ni se puede decir que mencionarla aquí le estropearía el final a los espectadores. Ahora, esta nueva película relata la historia de cómo los simios llegaron al tope de la cadena evolutiva.

Podemos culpar al investigador Will Rodman (Franco), que desesperadamente busca la cura para la enfermedad de Alzheimer, que lentamente le está robando a su padre, conmovedoramente protagonizado por John Lithgow (una vez más comprobando que un actor ingenioso siempre puede encontrar la forma de hacer maravillas con un pésimo guión).

El medicamento de Rodman por lo general funciona —pero durante sus investigaciones también descubre que los chimpancés del laboratorio se vuelven fenomenalmente inteligentes—. De hecho tan inteligentes, que Rodman se lleva a un chimpancé bebé llamado César a su casa y lo cría prácticamente como su propio hijo.

Bueno, es fácil adivinar dónde terminarán las cosas, pues mientras cría a César y lo lleva a que juegue en el bosque, Rodman ignora un problema tan enorme como un gorila de 800 libras: cuando un chimpancé es tan inteligente como una persona, ¿cuánto tiempo permitirá que lo sigan sujetando con una correa? Resulta que lo permitirá por muy poco tiempo, y pronto entra César en conflicto con las reglas de la sociedad sobre las mascotas, y todo se va cuesta abajo (es decir, para los humanos —los monos se mantienen en su trayectoria casi vertical hacia el tope—).

En cuanto a la película, ¿cómo es posible equivocarse aquí? Wyatt y su equipo de escritores claramente se han enamorado de la tecnología que usan para convertir a Andy Serkis —que fue el factor humano de Gollum, el cariñosamente recordado personaje generado por computadora de las películas Lord of the Rings (El señor de los anillos)— en un chimpancé pensante e ingenioso. Pero los cineastas no proporcionan motivaciones consistentes a los personajes, que siempre reaccionan según las circunstancias que enfrentan en cualquier momento dado.

Vea el avance de Rise of the Planet of the Apes. >>

Así que aunque la película rápidamente establece la motivación humana de Rodman para desarrollar el fármaco —la demencia de su padre— sus acciones y reacciones posteriores no tienen sentido. De la noche a la mañana el medicamento le devuelve a su padre los procesos mentales —pero Rodman no informa a nadie (ni nadie se da cuenta que el señor que antes deambulaba sin propósito alguno es de buenas a primeras un genio muy enfocado)—. Y dentro de aproximadamente tres años, cuando empieza el medicamento a perder efectividad, Rodman lo maldice como un fracaso. Ignora desde todo punto de vista el hecho que ha logrado aplazar uno de los más grandes azotes de la vejez —pero por supuesto, desde la perspectiva del guionista, él necesita sentirse así para que el argumento pueda pasar al próximo nivel—.

Asimismo, a César no le importa que lo sujeten con una correa —hasta que le llega a molestar, y con eso se puede comenzar en serio la rebelión de los simios—.

Ni tampoco parecen importarles mucho a los cineastas los problemas logísticos. César, que vive en un tipo de prisión rara de primates —una instalación surrealista que es claramente un invento de las imaginaciones de los escritores— se las arregla para escaparse una noche, viajar una cantidad incalculable de millas hasta la casa de Rodman, robar un poco de suero para desarrollar la potencia cerebral y regresar a la prisión sin que nadie lo vea antes del amanecer. ¿Cómo lo logra? Mediante la voluntad del escritor. Pasa lo mismo con el ataque culminante de los simios contra el laboratorio de investigación: cientos, quizás miles de simios se unen para el asalto. ¿Cómo lograron tan rápidamente los refuerzos de monos, escogidos por César y sus compañeros en un zoológico local, desarrollar la disciplina de infantes de marina sin el beneficio del medicamento de Rodman? Esto...

Mire, sé que estamos hablando de un pasatiempo de ciencia ficción de fines de verano. Pero Rise of the Planet of the Apes expone un caso práctico del enigma que representa el rodaje de las películas de fantasía de alto presupuesto. Sus creadores han invertido millones y millones de dólares para presentar un mundo hiperreal donde los monos pueden, y logran, tomar el poder. Es ese mismo realismo —la extraordinaria humanidad de los chimpancés, la unión meticulosa entre lo real y las imágenes computarizadas— que nos hace más consciente de la pereza de los escritores al contar la historia, y de su actitud de pan y circo hacia su público.

El Planet of the Apes original —con el guión de Rod Sterling, cuyo diálogo, a veces verboso, intentó hacer comentarios intelectuales sobre las nociones de las clases sociales y el prejuicio— fue igual de ridículo en su concepto. Pero podíamos ver que eran Roddy McDowall y Maurice Evans detrás de esas caretas de mono. Se veía claramente que la Ciudad de los Simios era de cartón en un plató de exteriores. La presentación, transparentemente artificial, funcionó: por una parte, la película servía para entretenerse un sábado por la tarde acompañado de palomitas de maíz; y por otra, era una alegoría, con una presentación tan rudimentaria como la del teatro griego.

Al presentar un mundo de simios tan perfecto en todos sus detalles, Rise of the Planet of the Apes se ha puesto el listón tan alto que ni los monos podrían treparlo, a no ser que lo encapsulara un guión perfecto y meticulosamente medido. Con su extravagante premisa, pienso que nadie hubiera podido escribir dicho guión —ni siquiera un montón de chimpancés juntos en una habitación tecleando por mil años—.

 

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