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<i>Mao's Last Dancer</i>

La historia real de un prodigio del ballet chino que se asiló en Estados Unidos. Visión fascinante.

In English | "Bailo mejor aquí. Me siento más libre", declara en Mao's Last Dancer una estrella de baile china que se ha asilado en Estados Unidos durante la Guerra Fría. Un personaje central con motivos tan claros para abandonar su país natal podría fácilmente convertirse en un simple vocero de estereotípica propaganda anticomunista, pero en manos del veterano director Bruce Beresford (Tender Mercies (El precio de la felicidad o, en España, Gracias y favores), Driving Miss Daisy (Conduciendo a Miss Daisy o, en España, Paseando a Miss Daisy) es mucho más que eso. Li Cunxin, interpretado por tres actores diferentes según la fase de su vida, es una persona complicada que, finalmente, renuncia a sus ambiciones personales para hacer lo que le dicta el corazón.

Basada en las memorias de Cunxin, que fueron un gran éxito de ventas, Mao's Last Dancer es una saga que si fuera inventada, nadie la creería. Es a la vez una película sobre el advenimiento de la madurez, un drama político y una historia de amor. Rodada en China, Houston y Australia, el filme comienza con la infancia de Cunxin en una remota aldea en las montañas. El año es 1972, y Mao Zedong y su esposa han reabierto la Academia de Baile de Pekín. La madre de Cunxin, magistralmente interpretada por Joan Chen, entrega su hijo de 11 años a funcionarios del Gobierno cuando lo eligen para entrenarse en la academia. Ahí, se convierte en un brillante bailarín que representa a la China comunista en los escenarios del mundo.

Pero cuando, en 1981, el director artístico del Ballet de Houston, Ben Stevenson (interpretado por Bruce Greenwood), logra traer a Cunxin a Texas para una breve temporada, todo cambia. Cunxin (interpretado en ese momento por la estrella del Birmingham Royal Ballet Chi Cao, en su debut cinematográfico) descubre una América que —al contrario de la lúgubre versión que le ha pintado el gobierno chino— es un sitio tremendamente lujoso y permisivo. Por primera vez sin temor a represalias, ve películas del desertor soviético Mijail Baryshnikov. Se enamora y se casa precipitadamente para que le permitan quedarse en Estados Unidos. Funcionarios del Consulado chino en Houston intentan secuestrarlo, pero cuando periodistas estadounidenses dan a conocer el complot, China pone a Cunxin en una disyuntiva desgarradora: a cambio de la libertad en el mundo occidental, tiene que renunciar a toda posibilidad de ver a su familia de nuevo.

Los mejores momentos de Mao's Last Dancer ocurren cuando nos sirve de ventana a la historia. Es fascinante ver la maquinaria de la República Popular China en acción durante los años 1960, período en que uno de los regímenes más represivos de la historia ejercía el poder. Las escenas de baile y el romance entre Cunxin y la bailarina estadounidense Elizabeth Mackey (Amanda Schull) se ven un poco apagadas. Por consiguiente, los momentos clave de la película, cuando el público debería estar aplaudiendo lo que Cunxin ha logrado contra viento y marea, nos dejan pidiendo más.

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