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Un observador privilegiado

El director español Carlos Saura entreteje su exquisito rodaje con la melancólica y evocadora canción popular portuguesa para crear Fados, que se estrena el 6 de marzo en Nueva York.

El director Carlos Saura recuerda cuando crecía en España, en la década del 40, escuchando el melancólico y evocador estilo musical portugués conocido como fado. Años después, luego de lograr el éxito internacional como director, Saura regresó a la música que le encantaba cuando era joven. Descubrió, dijo, que “lo que recordaba y amaba había ido evolucionado de una manera espectacular”.

El resultado es Fados, que se estrena el 6 de marzo en Nueva York.

“Fados es una película sobre el poder de una música de la gente, del pueblo", cuenta Saura, de 77 años de edad. La película intenta “abrir el mundo del fado buscando sus orígenes y especialmente su relación con Brasil y con África, para mostrar la riqueza de la música portuguesa, en portugués.”

La temática del fado, cuenta, “se refiere sobre todo a la nostalgia, a la 'saudade'," ese sentido de la esperanza y el anhelo tan portugués, indica Saura, acerca de la tradición que él considera “parte de mi cultura musical”.

“No llamamos Fado a la película, sino que usamos el plural precisamente porque queremos mostrar cómo una forma artística no nace aislada, sino que bebe directamente de la sociedad y de su momento histórico”, cuenta. Para ilustrar esta pluralidad, la película presenta actuaciones de una combinación de artistas mundiales, desde Mariza, una cantante destacada de fados hasta artistas del hip-hop, como SP & Wilson.

La aclamación de la industria repite la de los primeros musicales de Saura. Desde 1981, cuando rodó su primera película musical, Bodas de sangre, Saura ha sido reconocido por el modo magistral en que combina lo visual con la música y la danza —específicamente, flamenco y tango—. Pero en realidad, su carrera se remonta mucho más atrás, hasta la era represiva de Franco, cuando por primera vez acaparó la atención global con trabajos alusivos, metafóricos como La caza (1966) y Ana y los lobos (1973).

Sitio oficial de Carlos Saura

“Saura fue la figura del nuevo cine español que surgió en los años 60 —comenta Richard Peña, director de programa de la Sociedad Cinematográfica de Nueva York de Lincoln Center—. Las películas estaban llenas de metáforas y símbolos, un cine con textos muy densos que los reflejaban… Una película como La caza aparentemente se trata de cuatro amigos que van de cacería; pero es mucho más que eso, se trata de los vencedores en la Guerra Civil Española. El filme invita al público a hacer esa lectura, y ése es el modo en que Saura y otros autores trabajaban.”

No obstante, a pesar del éxito de Saura durante este período —que incluyó premios en los festivales internacionales de cine de Cannes y Berlín— cuando Franco murió en 1975 y España comenzó a transformarse en una democracia, “ese tipo de narrativa alusiva, densa, cautelosa parecía anticuada”, comenta Peña.

El nuevo orden político dio libertad a Saura para explorar la idiosincrasia española a través de una nueva lente: Sus musicales han elevado su arte a un nuevo nivel —recibió dos de sus tres nominaciones al Oscar por sus musicales— ya que ha continuado experimentando con la cinematografía, el sonido, el escenario y los decorados, que a menudo incluyen pantallas transparentes que se pueden iluminar para crear efectos interesantes.

“La idea —cuenta Saura— era tratar de crear un todo armmónico, visual, musical y coreográfico... El origen fue la influencia Zen, de la cultura japonesa, la que me sedujo.”

Y así comenzó una tendencia, indica Peña: “En la actualidad, se ve gente que filma danzas como Saura. Ellos lo ven como un producto ambiental completo en términos de color y espacio… Pero es la inteligencia de su enfoque lo que distingue su trabajo. Sus musicales son concebidos como un producto total.

En Fados, por ejemplo, una serie de cantantes y bailarines actúan en una variedad de decorados específicamente diseñados, que van desde lo realista —una taberna humilde— hasta lo casi fantasmagórico, y en los que los colores vívidos, los espejos y el movimiento de la cámara crean un efecto asombroso.

“En estos musicales sin argumento ha habido una evolución desde Sevillanas —cuenta Saura, en referencia a su película de 1992—, en donde por primera vez utilicé los bastidores de metal plastificados que se pueden iluminar por ambos lados, con la idea de aislar a los artistas de cualquier contexto que pudiera distraer de lo más importante: sus actuaciones.”

Saura continúa realizando películas, tanto dramáticas como musicales. Io, Don Giovanni, actualmente en postproducción, relata la historia de Lorenzo da Ponte, el letrista italiano que colaboró con Mozart en su opera Don Giovanni. Pero el director siente más placer con el desafío de sus obras musicales.

“La suerte de las películas musicales como Fados,  es que puedo convertirme en un observador privilegiado", cuenta. "El narrador es la cámara, cuyo ojo observa, analiza, y muestra una belleza que yo provoco, pero que otros crean...

“Portugal, está viviendo ahora una 'revolución' musical que se percibe en el mundo enntero. Con Fados, hemos querido dejar constancia de ello."

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