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Vivir bien con menos dinero

Los tiempos difíciles están afectando las billeteras de los estadounidenses mayores.

Los tiempos difíciles están afectando, en forma directa, las billeteras de los estadounidenses mayores. Los que cuentan con un ingreso fijo han visto reducirse sus ahorros de un 30% a 40%, con el colapso del mercado bursátil. No sorprende que el país esté atravesando un período de “ajuste-de-cinturones”, en el que el gasto del consumidor está en el nivel más bajo que se haya visto en décadas.

Sin embargo, personas como Sky Yardley y su esposa, Jane Dwinell, no están entrando en pánico a pesar de estos tiempos económicos tan difíciles: hace tiempo aprendieron a vivir bien con menos. Hace unos años, esta pareja de Montpelier, Vermont, ahorró lo suficiente como para renunciar a sus empleos, ser voluntarios en proyectos que les interesaban y navegar por los canales de Francia en su casa flotante de 28 pies varios meses al año.

Para acceder a este estilo de vida, la pareja siguió un programa de nueve pasos delineado en Your Money or Your Life: Transforming Your Relationship With Money and Achieving Financial Independence (Su dinero o su vida: Cómo transformar su relación con el dinero y alcanzar la independencia financiera), un best seller del New York Times, escrito por Vicki Robin y Joe Dominguez en 1992 y actualizado en el 2008.

Dominguez, fallecido en 1997, abandonó su empleo en Wall Street como analista técnico en 1969, a los 31 años, y comenzó a vivir de los ingresos que le proporcionaban las inversiones hechas sobre un capital de $70.000 —alrededor de $6.000 a $9.000 por año—. Dominguez y Robin dedicaron sus vidas a enseñar a las personas a cambiar su relación con el dinero y a vivir bien con menos. Robin señala que muchos de los que siguieron el programa notaron que sus gastos bajaban un 20% a 25% en seis meses, en tanto algunos “superahorristas” bajaron sus gastos entre un 60% y un 80%.

Your Money or Your Life se convirtió en la biblia de un movimiento llamado simplicidad voluntaria, que había comenzado en la década del 60 y que tiene sus raíces en la frugalidad, la ecología, la justicia social y la espiritualidad. Actualmente, se estima que un 10% de los adultos estadounidenses siguen alguna faceta de esta forma de vida simple.

La simplicidad voluntaria no tiene que ver con la privación o el sacrificio, sino con descubrir lo que es suficiente —dinero, objetos, tiempo— para cosas que son importantes, señala Carol Holst, de Glendale, California, codirectora de un grupo de activistas llamado Simple Living America.

“Cada persona tiene que decidir cómo encontrar la satisfacción de lo suficiente —señala—. Todos lo hacen de un modo diferente”.

El gasto en Seattle

Helen Gabel, de 58 años, y su marido, Phil Notermann, de 59, todavía viven como estudiantes de postgrado. La pareja y tres compañeros de casa alquilan un viejo bungalow de los años 20, de ocho dormitorios y tres baños, en Seattle, y comparten la lista de compras y la cocina. “Esto hace que bajen los gastos de alquiler, servicios públicos y alimentos —sostiene Gabel, una enfermera partera que trabaja a tiempo parcial—. Además, nunca estás solo”.

Los acuerdos para compartir la vivienda están en aumento, lo que incluye a miembros de una familia que viven juntos, o grupos de personas que viven en las llamadas comunidades intencionales, explica Charles Durrett, un arquitecto del norte de California que diseña viviendas para adultos mayores para ser compartidas, que combinan áreas privadas con espacios comunes. “Estimamos que se pueden ahorrar desde $1.000 a $3.000 por mes en casa, alimentos, servicios públicos y transporte en comunidades de viviendas compartidas”, concluye Durrett.

Una encuesta de AARP Bulletin descubrió que el 32% de las personas de más de 50 años están viviendo con sus padres, hijos adultos o con ambos. Otro 15% dice que es “probable” que comiencen a vivir con sus padres o hijos el año próximo.

Todos los meses, Gabel y Notermann pagan $170 por servicios públicos, $250 a $275 por alimentos y $780 de alquiler, la mitad de lo que cuesta un apartamento de dos dormitorios en esa zona. El seguro de salud de la pareja, que tiene un deducible de $1.500, les cuesta $1.350 por trimestre.

“Las únicas prendas que nos hemos comprado en años han sido ropa interior y medias —nos cuenta Gabel, quien organiza fiestas de intercambio de ropa con sus amigos—. Traemos montones de cosas y nos quedamos con la mitad; el resto se va para la organización Goodwill”, prosigue. Para divertirse, ella y Notermann disfrutan de talleres de danza y de acampar con su automóvil en las montañas.

Esta pareja, que adoptó la simplicidad voluntaria hace ya tiempo, asistieron en los años 80 a un taller de Vicki Robin y comenzaron a economizar e invertir, lo que incluyó la compra de un pequeño edificio de apartamentos. “La independencia financiera fue el objetivo principal”, señala Notermann, quien, en 1997, renunció a su empleo como trabajador social y ahora colabora como voluntario en una organización sin fines de lucro relacionada con el baile.

Con los años, aprendieron que la convivencia en una vivienda compartida es más armoniosa cuando existe una visión común y un deseo de una verdadera comunidad, más que una mera conveniencia financiera. “Hay millones de decisiones en las que hay que trabajar cuando se vive con otras personas; uno cree que la cocina está limpia, el otro no piensa lo mismo —sostiene Gabel—. Debes tener ganas de hablar las cosas y acordar un sistema para manejar las diferencias”.

La recompensa, añade, está a la vista: “Para el cumpleaños de Phil, tuvimos ocho personas a la mesa sin haberlo planificado. Fue grandioso”.

Austeridad en Vermont

Sky Yardley, de 58 años, y Jane Dwinell, de 55, viven con su hijo y su hija en una casa de 1.400 pies cuadrados, libre de hipoteca, y eficiente en cuanto al uso de la energía, a una distancia del centro de Montpelier que permite llegar caminando. Una cocina a leña proporciona calor. Las comodidades modernas incluyen un refrigerador, congelador, lavarropa y conexión a internet de alta velocidad para las tres computadoras portátiles, pero la familia prescinde de televisores, lavaplatos, horno de microondas o secadora de ropa. “Prefiero colgar mi ropa en un perchero frente a la estufa y pasar un par de meses en Francia, todos los años —sostiene Dwinell—. Los golpes financieros no nos afectan para nada. Es una gran sensación”.

Pero ¿cómo lo lograron? Primero, estudiaron sus ingresos y sus gastos para conocer cómo y por qué gastaban dinero. Luego, diseñaron modos para economizar e invertir sus ahorros en bonos libres de impuestos de Vermont. “Siempre pagamos en efectivo y nunca acumulamos deuda —afirma Dwinell—. Todavía llevo el registro de cada centavo que se gasta en un pedazo de papel”.

El ingreso anual de la pareja es menor a $25.000, y proviene en su mayor parte de bonos municipales del estado, comprados a lo largo de los años. Los gastos de la casa (casi $150 por persona, por mes) y los costos de alimentos ($200 per cápita) se dividen por partes iguales con su hija, Dana, de 22 años, diseñadora gráfica, y su hijo, Sayer, de 18, carpintero. También dividen el costo de combustible y los arreglos de los automóviles, un Toyota Prius modelo 2002 y una Toyota RAV4 modelo 2003, que utilizan para viajes largos. La biblioteca pública, el cine y los negocios están a pocos minutos caminando.

“No comemos afuera, y toda nuestra comida es casera, incluidos el pan y la repostería —explica Dwinell—. Compramos todos los alimentos secos al por mayor, tenemos una huerta y la complementamos con lo que recibimos por nuestra participación en una Community Supported Agriculture (CSA, Agricultura sostenida por la comunidad), que nos proporciona una caja de productos por semana”. ¿Quiere más detalles? Visite el blog Yardley-Dwinell en www.vtcommons.org/blog/common-sense.

Hace unos años, los dos pudieron renunciar a sus empleos —Yardley era mediador familiar y Dwinell, consultora de pequeñas iglesias—. Además de apilar la leña y atender el jardín, cuidan a la madre de Dwinell, de 92 años, que vive cerca, y colaboran en la preparación de las casas para el invierno en forma voluntaria. Esto aún les deja tiempo para esquiar a mitad de semana, cuando los boletos para los medios de elevación son más baratos.

La familia elige manejarse sin un seguro médico y prefiere pagar en efectivo la atención médica, como lo hicieron cuando Dana se cayó de una escalera y necesitó una cirugía de codo. “El hospital nos ofrece un 20% de descuento por pagar en efectivo”, señala Dwinell, ex enfermera.

También intercambian trabajos de carpintería, tejidos y proyectos de diseño gráfico por cortes de pelo, cuidados para el perro y viajes al aeropuerto a través del Time Bank local, donde ganan créditos con los que compensan los servicios de otros. Para asistir a conciertos u obras, venden boletos o barren el piso.

“Básicamente, decidimos qué queremos hacer y, luego, buscamos el modo de hacerlo en forma gratuita”, dice Dwinell.

Arreglándoselas bien en Denver

Vivir de manera simple es más que tan sólo vivir de un modo barato, explica Travis Thrower, de 50 años, contador especializado en impuestos de Denver. “La simplicidad voluntaria significa tener conciencia del mundo a tu alrededor y de cómo quieres vivir tu vida”, señala.

Cuando tenía treinta y tantos años, Thrower se desencantó del “sueño americano”: la presión por comprar una casa grande llena de muebles lujosos. “Veía esa mirada muerta en los ojos de la gente por tener que trabajar en un empleo rutinario de 9 a 5  —señala—. Mantenernos al nivel de nuestros vecinos sólo hará que nos volvamos locos”.

A mediados de los 90, Thrower se endeudó al intentar comenzar un negocio propio, de modo que comenzó a economizar, trabajando en empleos extras, conduciendo un automóvil muy viejo y achicándose de un dúplex de $900 por mes a un apartamento de $325 mensuales. Ahora, ya no tiene deudas, pero conserva esos hábitos austeros.

“Aparte del colchón y del futón, todos mis muebles provienen de Goodwill o de tiendas de segunda mano —afirma—. Tengo un solo traje y visto jeans, un sweater y botas Timberland”.

Su seguro de salud Blue Cross/Blue Shield le cuesta cerca de $376 mensuales. “Es mucho, pero es mejor tenerlo y no necesitarlo, que al revés”, sostiene.

Actualmente, Thrower trabaja a tiempo parcial en una empresa de petróleo y gas, mientras construye su estudio privado. “Para mí, se trata de libertad —señala—. Quiero tener el control sobre mi tiempo”.

Por estos días, alquila una pequeña casa con una oficina hogareña por $1.100 en un tranquilo barrio y no escatima en socializar con amigos o viajar a San Francisco. “A medida que me hago mayor, hay cosas por las cuales no me importa pagar un poco más —dice—. Elijo calidad de vida”.

Elizabeth Pope escribe sobre trabajo y jubilación. Vive en Portland, Maine.

 

 

 

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