Luis Carlos Montalván conoció al perro que le devolvería la vida un martes, el día de la elección presidencial que llevaría a Barack Obama a la Casa Blanca. Por coincidencia, el perro se llamaba Tuesday —martes en inglés— aunque nadie sabe por qué.
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Pero a Montalván —ex capitán del ejército estadounidense, incapacitado por heridas y traumas en la guerra de Iraq— ya no le preocupa el origen del nombre de su perro. Lo importante es la manera en que Tuesday diariamente lo acompaña, lo ayuda, y lo rescata de los lugares tenebrosos donde la mente de Montalván se estanca cuando, de pronto, los recuerdos de la guerra se apoderan de él.
“No pasa un día sin que yo de gracias por tener a Tuesday en mi vida,” dice Montalván, que camina con un bastón y habla lenta aunque claramente, a pesar del trauma que sufrió en el cerebro durante un atentado en Iraq. “Pero Tuesday siempre está a mi lado. Mi vida no sería posible sin todo lo que él hace por mí.”
Es cierto. Si Montalván se paraliza, o comienza a sudar presa de sus angustias, Tuesday lo devuelve a la realidad con un lenguazo, una mirada o un empujoncito en la pierna, apenas perceptible para los demás, con el que parece decirle: “Tranquilo, no estás solo.”
Es difícil no quedar prendado de Tuesday, un perro color caramelo con destellos dorados y una mirada profunda. Durante esta entrevista, Tuesday se acercó y me lamió, primero los pies y luego las manos. Después, se echó a mis pies, moviendo la cola con desenfado. Sorprendida y un poco incómoda —nunca he tenido mascotas y no sé cómo reaccionar ante la devoción de un animal— le pregunté a Montalván por qué Tuesday actuaba así.
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