“No lo sé,” dijo Montalván, que enseguida detectó una mueca de dolor en mi rostro. “¿Te duele algo?”
Sí, esa mañana me dolía el cuello terriblemente y no encontraba posición cómoda en el sofá del pequeño apartamento de una sola habitación que Tuesday y Montalván comparten, en el barrio de Morningside Heights en Manhattan.
“Por eso es,” me dijo. “Está tratando de distraerte.”
Y lo logró. Tuesday está entrenado para detectar el mínimo gesto en el lenguaje corporal de una persona; especialmente, aquellos signos de alteración o incomodidad. Y, más asombroso aun, los sutiles cambios en el patrón de respiración que le suceden a Montalván cuando está angustiado, adolorido o sufre pesadillas al dormir.
Desde que Tuesday llegó a su vida —a través de un programa que provee a veteranos incapacitados con perros de servicio sin costo alguno— Montalván duerme mejor porque duerme abrazado a su perro.
También ha recuperado su balance. Antes de Tuesday, Montalván se caía con frecuencia. En ocasiones, de manera aparatosa en las escaleras del metro de Nueva York. Ahora, Tuesday le ayuda a subir y bajar escaleras con precisión porque lo espera y lo guía con su hocico. “En un gentío, Tuesday interpone su cuerpo y me protege”, dice Montalván, que se siente ansioso en espacios cerrados y atestados de gente. “De mirarme solamente sabe lo que estoy sintiendo y me protege.”
Así lo narra Montalván en su libro, Until Tuesday: A Wounded Warrior and the Golden Retriever Who Saved Him, que estuvo varias semanas en la lista de los libros más vendidos del New York Times este verano. El libro, escrito con Bret Witter, es una carta de amor a Tuesday, pero es, además, una ventana al fascinante mundo de los perros entrenados para servir.











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