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Historias personales

Sonidos del pasado

En una entrevista con su madre para StoryCorps Historias, el editor asociado Carlos J. Queirós se entera de sus sacrificios, penas y alegrías.

Recuerdo que, durante esos años, no importaba cuántas veces Mamá se duchara y se perfumara, siempre tenía un olor a lavandina; y sus uñas, a pesar de que utilizaba guantes, siempre estaban deterioradas debido a los productos químicos de los limpiadores.

Intenté llevar la conversación hacia temas más placenteros: “¿Qué recuerdo sobre mí es tu favorito?”

“Hay tantos que no puedo elegir, aunque uno de los más dolorosos fue…”.

Pensé interrumpirla, pero esta entrevista parecía ser catártica para ella. Otra vez se producen algunas pausas en sus respuestas. Estos hechos son los que le dan significado a su vida, y permanecí sentado, atento, embelesado, y sí, también con un poco de pesar.

“El más doloroso fue cuando viniste a casa a retirar tu colchón cuando te graduaste de la universidad y dijiste que te ibas a vivir a Nueva York. Yo tenía esa gran mesa de cocina para nosotros cinco, y cada vez que alguno de ustedes se iba, sacaba una de sus hojas de extensión. Esa noche saqué la última hoja y me senté frente a tu padre en una mesa muy pequeña que se sentía demasiado grande. No lo pude resistir. Tuve que tomar una bandeja y comer en el sofá”. Las lágrimas comenzaron a correr a ambos lados de esta mesa.

Al igual que con otros aspectos dolorosos de su vida, Mamá había elegido mantenerme al margen de todo esto, pues creía que yo necesitaba tranquilidad mental por mi tipo de trabajo como escritor y editor. Nunca me contó lo difícil que había sido volver a conectarse con Papá sin la distracción de los hijos. De alguna manera, simplificar la tristeza de Mamá al síndrome del “nido vacío” no funciona cuando está sentada frente a mí, llorando. Había bajado la guardia totalmente, y me permitía cargar junto con ella el peso de dolores del pasado.

Lo intento otra vez: “Y ¿hay algún recuerdo de mí que te haga feliz?”

Ahora aparecen lágrimas de felicidad.

“Hay tantos… pero si tuviera que elegir uno, sería cuando finalizaste tu maestría y sentí que, pasara lo que pasara conmigo de allí en adelante, tú podrías luchar por una vida digna de ser vivida”.

Le cuento lo importante que fue también para mí aquel día de fines de mayo. El día de mi graduación miré al público durante la lectura de mi obra de ficción (basada en parte en las muertes de mis abuelos) y vi las caras de mis tíos y primos, de mi hermana y de mi novia. Les dediqué esa lectura a mis abuelos porque los extrañaba mucho y quería honrar los sacrificios que me permitieron pararme delante de mi familia con la convicción de que este logro era también de ellos.

Ahora, la entrevista se convierte en un revivir de recuerdos reconfortantes. Mamá tiene cinco años y su papá está regresando a la casa desde Lisboa, donde había estado repartiendo leche. Lo ve a través de la gran extensión de bosque. “Mira, ¡ahí viene tu papá!”, le dice su madre. Padre e hija corren al encuentro con los brazos abiertos. Ella tiene 16 años y, unida estrechamente a su madre, la está ayudando a cargar sacos de 100 kilos de cereal en el carro tirado por burros. Ahora tiene 26, y nazco yo —un saludable varoncito— y toda la familia se reúne a festejar en el Hospital de Saint James, en Newark, Nueva Jersey.

Después de la entrevista, Veronica nos toma un par de fotografías para archivar con el CD. Cuando el flash se apaga, finalmente abrazo a mamá y revivimos la experiencia. Veronica nos entrega el CD, y mamá lo estrecha contra su pecho antes de colocarlo en su cartera. Una vez afuera, los sonidos de Nueva York nos inundan, pero ambos permanecemos callados mientras llamamos un taxi para regresar a la estación del tren.

Esta noche nos reunimos alrededor del reproductor de CDs y escuchamos la entrevista en la cocina. Papá está cerca, restregándose los ojos todo el tiempo. El teléfono suena, pero nadie se mueve para ver quién es.

“Ni siquiera recuerdo haber dicho esas cosas”, dice Mamá, y las lágrimas vuelven a desbordarse. “Era como si hubiera estado hipnotizada”.

El CD finaliza, pero Mamá continúa: “Si me preguntaras otra vez cuál es uno de mis recuerdos favoritos, tendría que decir que el día de hoy”.

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