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En una entrevista con su madre para StoryCorps Historias, el editor asociado Carlos J. Queirós se entera de sus sacrificios, penas y alegrías.

"Quando eu dei à luz a minha primeira filha." responde. Y me viene a la mente lo involuntariamente poético que puede ser el idioma portugués al describir el nacimiento como “dar a luz” a su primera hija. “Tenía 19 años, y acabábamos de llegar a Venezuela de Portugal. Tu papá tenía 21 años y era dueño de una carnicería que no podía dejar desatendida. Me sentía nerviosa y abandonada, pero cuando llegó Elika, sentí que poseía la riqueza más grande del mundo, algo mío”.

Imagino a Papá, que ahora tiene 59 años, en este preciso momento, a menos de una hora de distancia, cortando carne para ShopRite en Elizabeth, Nueva Jersey. Recuerdo que cuando niño lo veía llegar a veces con un pulgar a medio amputar, vendado como una momia. Nunca se quejaba; no era nada, sólo trabajo.

El siguiente par de minutos, Mamá contesta mis preguntas de un modo directo, casi sin titubear.

Luego de unos cuatro minutos, pregunto: “¿Cómo quieres ser recordada?”

Se produce una pequeña pausa. Emerge entonces una voz gutural y los ojos brillan detrás de las gafas: “Como alguien que siempre trabajó duro por sus hijos”, dice, levantándose las gafas para secarse las lágrimas. “Alguien que hizo muchos sacrificios por sus hijos y continúa haciéndolos, como una buena madre. Así es como quiero ser recordada”.

Respiro profundo, me enderezo en mi asiento y miro abajo hacia mis preguntas escritas con ojos nublados. Resisto el impulso de tomar a Mamá de la mano con el deseo de darle espacio para que sienta lo que necesita sentir. Me llevo una manga a los ojos, respiro otra vez y trato de mantener el control sobre mí mismo.

Su respuesta acerca de los sacrificios hechos como madre lleva la conversación a Jason, el pequeño niño que cuida durante la semana. Su cara se ilumina cuando describe cómo lo baña, cómo lo alimenta, cómo les deja notas detalladas a sus padres. Mamá me ha mostrado fotos y me ha contado tanto acerca de este niño —lo inteligente que es, cómo sonríe cuando ella entra en la habitación y sobre el tiempo que pasan juntos— que siento que es un hermano perdido hace tiempo que conoceré algún día. Termina diciendo que lo ama mucho.

“¿Hay cosas que haces con Jason que desearías haber podido hacer con nosotros?”, pregunto, curioso acerca de las lecciones aprendidas por haber criado a tres hijos.

“Lo observo casi 12 horas por día, veo cada gesto, las venas de su cuello cuando respira, cada vez que mueve sus deditos. Esto es algo que no pude hacer con ustedes. Siempre tenía que trabajar. Y he llegado a saber que esas personas que los cuidaban” —hace una pausa, para luego atragantarse con sus últimas palabras— “no siempre los trataban bien. Me siento tan—”.

“Hiciste lo mejor que pudiste”, interrumpo, antes de que pueda viajar más lejos por ese camino de remordimientos.

Más tarde, Mamá habla de lo dura que era para la familia la vida de inmigrante. En Portugal eran pobres, pero podían comer lo que producía el suelo. Cuando llegaron a Venezuela, y luego a Estados Unidos, vendieron lo único que podían: su trabajo. Para Mamá, eso significaba trabajar a destajo como costurera, por lo que le pagaban entre 5 y 12 centavos por prenda. “Me saltaba el almuerzo para poder coser más piezas”, recuerda. “Los jefes me apreciaban porque podían contar conmigo, pero las otras mujeres me llamaban portuguesa loca. Estaba hambrienta, pero de trabajo”.

Finalmente el cartílago de su rodilla derecha se desgastó —como los frenos de un auto, explica— y los médicos rehusaron dejarla volver a pedalear en la máquina de coser. Hasta que comenzó a limpiar casas, ella estaba segura de que ser costurera era el trabajo más duro. “Al menos una está sentada”, dice, “pero con la limpieza, subes y bajas escaleras con pesadas aspiradoras, y debes limpiar baños sucios y hornos que nunca se mantienen limpios”.

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