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El custodio de mi riñón

La donación de órganos representa para una persona un increíble regalo y, para la otra, una increíble oportunidad.

— Moodboard/Corbis

Cuando sonó el teléfono, no tenía idea de que participaría de una conferencia telefónica familiar.

Mi hermana menor, Denise, vive en Chicago; yo vivo en San Francisco y mis padres viven en Sonoma, California. Mamá y Papá llamaron primero a mi hermana y le pidieron que me incluyera en la conversación a través de una conferencia telefónica. Me senté en mi escritorio, con mi esposo revoloteando a mi alrededor. Entonces uno de mis padres —ninguno de nosotros recuerda cuál— nos dijo que se había producido una muerte en la familia: el riñón de mi padre había muerto.

Al principio, la noticia parecía no tener sentido. Durante una visita a mis padres una semana atrás, mi papá, de 76 años, parecía ser la misma persona robusta de siempre. Ahora, su voz sonaba débil y vulnerable. De repente, entendí por qué el último año mi madre había estado tan distraída, tan irascible. Todo este tiempo había estado asustada por la idea de perder a su mejor amigo, su amante, su socio, el padre de sus hijos y la única persona en el mundo en la que había confiado totalmente. Miré a mi marido, sabiendo que yo habría sentido lo mismo.

Pude oír la voz de Denise tornarse ronca y temblorosa. De pronto, veía a mi marido borroso a través de mis lágrimas. Acribillamos a nuestros padres con preguntas que respondieron con impaciencia. Supimos que no habían querido que nos preocupáramos, por lo que mantuvieron la enfermedad de Papá —una insuficiencia renal— en secreto casi tres años. Mamá utilizó su capacitación previa como técnica de laboratorio para armar una enorme carpeta sobre la enfermedad de Papá, donde había registrado todo, desde los intercambios con el doctor, hasta estudios médicos, pasando por cada bocado de comida que Papá había consumido; todo en un esfuerzo por mantener el semisaludable riñón funcionando. (Más tarde, la apodamos "la científica loca".) Habían decidido no pedirnos que donáramos uno de nuestros riñones, pues eso pondría en riesgo nuestra salud. Por un largo tiempo, buscaron un donante, sin éxito.

Una corriente de emociones cruzadas interiores dificultó mi respiración. Estábamos atónitas y enojadas por el hecho de que nuestros padres hubieran llevado esta carga solos. Descartaron nuestras protestas. Luego prevaleció el temor. A medida que nos preocupábamos más y más por la supervivencia de mi padre —y, sin él, por la de mamá— podía escuchar el tono agudo del miedo en mi propia voz y en la de mi hermana.

Había llegado el momento de compartir la carga. Casi simultáneamente ofrecimos voluntariamente donar un riñón. El tono de la conversación cambió. Enjugué mis lágrimas. Mi hermana y yo nos pusimos más autoritarias. Les informamos que el asunto estaba fuera de sus manos. Una de nosotras donaría un riñón. Nuestros padres aceptaron a regañadientes, pero con gratitud y dignidad.

En los días que siguieron a la llamada telefónica, nos reunimos en familia y nos preparamos para enfrentar la amenaza que estaba matando a nuestro padre. Nos empapamos de todo lo que estuviera relacionado con los riñones. Consultamos a la Fundación Nacional del Riñón y al Centro Médico de la Universidad de California en San Francisco para obtener más información. A la edad de mi padre, un trasplante vivo era la única opción para poder llevar una vida normal, pues una espera de tres a seis años por un riñón proveniente de un cadáver significaría, sin dudas, que debería pasar el resto de sus días atado a una máquina esperando, mientras que su salud se iría deteriorando lentamente.

Aprendimos que los humanos necesitan sólo un riñón. Aprendimos que un donante no necesita tomar ningún medicamento especial ni seguir ninguna dieta especial después de haber donado un riñón. Aprendimos que, como beneficio extra, el riñón restante crece para poder cumplir con sus nuevas responsabilidades. Más aun, si se diera el extraño caso de que el donante llegara a necesitar un nuevo riñón, pasaría a ocupar el primer lugar en la lista de espera.

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