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El custodio de mi riñón

La donación de órganos representa para una persona un increíble regalo y, para la otra, una increíble oportunidad.

— Moodboard/Corbis

El proceso comenzó, pero tomaría tiempo. Nos dijeron que, mientras tanto, Papá podría sobrevivir si se sometía a sesiones de diálisis tres días por semana. De modo que fue a cirugía para que le abrieran una vena en el brazo y poder comenzar la purificación de su sangre. Él y mi madre viajaban al centro de diálisis llevando libros y paciencia. Se sentaban mientras las máquinas bombeaban durante horas. Aun con diálisis, papá se debilitó, su agudeza mental disminuyó y su piel se tornó de un color gris amarillento.

Para un trasplante de donante vivo —ya fuera mi hermana o yo— teníamos que asegurarnos de que nuestros riñones fueran compatibles con el cuerpo de nuestro padre. Sin embargo, las tortuosas reglas del seguro y los escasos recursos médicos hicieron que no pudiéramos hacernos simultáneamente las pruebas para saber quién de las dos era compatible.

El coordinador de trasplantes de la UCSF nos dijo que la tasa de éxito que registraba el hospital para trasplantes renales en el primer año para el receptor era del 97%, y que la tasa de complicaciones para los donantes era sólo del 6%. De todos modos, minimizamos los riesgos. Como yo no tengo hijos que pudieran quedarse sin madre si algo sucedía durante la operación (Denise tiene un hijo), me gané el honor de ser la primera en someterse a las pruebas.

Cuando alguien a quien amas necesita ayuda, te apuras sin hacer una pausa. Pero cuando uno ha decidido donar un riñón, se tiene tiempo para pensar. Superar todos los pasos para determinar si se es un donante compatible toma, en promedio, de tres a seis meses. Esto dio mucho tiempo para que el miedo mi mente se llenara de temores —temor por mi propia salud, temor a perder el trabajo, y el mayor de los temores: temor al fracaso.

Mientras me hacía los exámenes de sangre y orina y me sometía a las pruebas cardiovasculares, recé para que mi cuerpo no le fallara a mi padre. Cuando acosaba a la coordinadora de trasplantes para acelerar el proceso o me impacientaba si tenía que volver a hacerme algún examen, ella me rechazaba con dureza. Me dejó bien en claro que su trabajo consistía en asegurarse que tanto mi salud mental como mi salud física no estuvieran de ninguna manera afectadas para poder donar un órgano. Con frecuencia, me recordaba que prepararse para donar un riñón era un maratón, no una carrera de velocidad.

Finalmente, las pruebas terminaron. Nos dieron el visto bueno para poder darle a mi padre lo que más necesitaba. Para mí, el temor había desaparecido y la esperanza lo había sido reemplazado. Crucé la calle hasta la librería de UCSF y compré un riñón plástico. Mi esposo y yo pegamos cuidadosamente sobre el riñón números y letras doradas indicando la fecha de la operación y el nombre de nuestro riñón: "Franklynn" (una combinación del nombre de mi padre, Frank, y el mío, Lynn). Entonces pusimos a Franklynn junto con un poema en una caja que envolvimos con papel dorado.

En Nochebuena, le dimos el regalo a mi padre, ante la mirada de mi madre. Papá lo abrió y, con los ojos brillando de felicidad, preguntó: "¿A qué hora?" No quería arriesgarse a llegar tarde.

Dos meses más tarde, cuando llegó el día "T", me sentí alegre y serena. La emoción de mi madre se adaptaba a la idea de que su marido y su hija estarían en la mesa de cirugía al mismo tiempo. Mi padre estaba como un niño en Nochebuena, esperando para abrir su regalo a la mañana siguiente.

Recuerdo vagamente a mi esposo, a mi madre, a mi hermana y a una amiga sentados al costado de la cama cuando desperté de la cirugía. El riñón que me quedaba y yo estábamos bien, y me enteré de que mi padre y mi otro riñón también lo estaban.

Recuperé total conciencia temprano a la mañana siguiente. Necesitaba ver a mi padre. Una enfermera me ayudó a arrastrar el soporte móvil de suero mientras caminaba con torpeza por el pasillo. Me asomé a la habitación de mi padre. Dormía plácidamente y su piel, que en un momento había estado amarilla, estaba rosada. Volví a llorar, esta vez de felicidad.

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