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Inspiración

Cómo pinté mi obra maestra

Siempre quise ser artista. Finalmente, encontré quien me enseñara a serlo.

Hugh Delehanty pintando sobre un lienzo

Una de las principales influencias sobre Aimone fue una rama del surrealismo conocida como automatismo psíquico. Este grupo pensaba que el “dibujo automático” —una forma de garabateo espontáneo— puede revelar algo sobre la vida íntima del artista que las otras formas de dibujo más conscientes no pueden hacer. Inspirado por los trabajos de ese grupo, Aimone elaboró una serie de ejercicios para estimular este tipo de creatividad. “La cuestión es aprovechar la inteligencia de su cuerpo —y su subconsciente— y usarla como una fuente a partir de la cual expresarse”.

El taller se llevó a cabo en un estudio grande, con techos altos, y algunas de las inquietantes pinturas en blanco y negro de Aimone dispersas. Algunos de los estudiantes eran artistas profesionales, pero la mayoría no había estudiado arte con anterioridad, incluidos un artista escénico, una terapeuta, un diseñador textil, un publicista de libros y el cartero local. Luego de una rápida presentación, empezamos con el primer ejercicio: hicimos tres dibujos con pintura negra, cada uno de los cuales debía contener un círculo, un cuadrado y un triángulo.

El objeto, explicó Aimone, era mostrar cuánta intriga se puede crear con tres simples formas. Cuando las formas se relacionan entre sí en el papel, dijo, se convierten en entidades animadas. “Tienen carácter, personalidad, energía y peso”, expresó. “Están vivas”.

Y resultó cierto. Algunos de los dibujos que surgieron estaban cargados de sentimientos de temor, ira y furia acumulada. El dibujo del diseñador textil se parecía a un retrato grupal de una familia en conflicto, mientras que el trabajo estrictamente ordenado del artista escénico representaba un mundo vacío en el que nadie se tocaba.

Para mí, el proceso fue sorpresivamente liberador. Estaba encantado de pintar despreocupado, dar pinceladas de "kooninguescas", sin intentar hacer que el dibujo se parezca a nada. Sentí que algo salvaje y desinhibido se despertó en mi interior, algo que gritaba desesperadamente por salir.

Ese fue sólo el comienzo. El siguiente proyecto fue un ejercicio de pintado automático sobre una hoja de papel de 5 por 3 pies, con dos o tres colores de pintura acrílica. La idea, dijo Aimone, era crear una pintura sin pensar en lo que se quería lograr. Nos alentó a usar los músculos grandes del cuerpo más que los dedos y la muñeca. Cuando uno trabaja con los músculos más chicos, explicó, usa la memoria muscular de la escritura, y eso dispara el pensamiento (pobre Vermeer).

Pero cuando usa los brazos y hombros, golpea las más profundas y subconscientes fuentes del conocimiento.

Aimone nos indicó que nos paráramos aproximadamente a 10 pies del papel pegado a la pared, untáramos el pincel con pintura y luego arremetiéramos hacia el papel sin una noción preconcebida en mente. “Lo primero que les venga a la mente, háganlo”, dijo. “No analicen. No se preocupen. Sólo háganlo”.

Después, debíamos volver a la marca de los 10 pies, observar la pintura por unos segundos y volver a ejecutar el procedimiento. “Es como un baile”, dijo. “Van hacia atrás y adelante, atrás y adelante, hasta que les guste lo que han hecho, o no se les ocurra nada más que hacer. Entonces paren”.

No podía esperar. Unté mi pincel y ataqué, desparramando una mancha gigante de pintura negra sobre el lado izquierdo de la superficie. ¡Sí! Unté otro pincel y salpiqué una ráfaga de rojo brillante en la esquina superior derecha. Boom. Mi cuerpo cosquilleaba. Negro. Rojo. Negro. Rojo. Alguien dijo que parecía un guitarrista principal ejecutando un rock en solitario.

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