Entre la tripulación algunos miembros de la prensa, aprendieron rápidamente la primera lección del mar: no olvidarse nunca de la Biodramina, la pastilla que evita los mareos, ya que algunos pasaron varias horas con los ojos cerrados esperando solamente regresar a tierra firme. Se recomienda también mucha paciencia, ya que las ballenas son animales tímidos ante las cámaras y hay que corretearlos en su territorio.
Durante esta visita, apenas se pudo apreciar la espalda de un par de ballenas que salieron a respirar, pero muchas de las cámaras abordo, se quedaron con ganas de captar el momento en que la cola gigantesca saliera del agua. Después de dos horas, apenas pudimos apreciar un par de ballenas jorobadas en la distancia. En estos viajes, a veces es mejor limitar la expectativa y esperar que la suerte envíe a alguna ballena a honrarnos con su presencia.
Después de varias horas de andar buscando las ballenas en mar abierto, la expectativa fue muriendo. Quién sabe si habrá sido por tantas cámaras, o por las ruidosas canciones de Rigo Tovar que el capitán tocaba por unos parlantes, pero no llegó el espectáculo que se esperaba.
Justo cuando el barco regresaba a tierra firme, una escuela de delfines decidió montar su propio show. Docenas de ellos llegaron junto al barco saltando como niños en un parque hambrientos de atención. Se deslizaron majestuosamente sobre el mar verde que brillaba con el reflejo del sol. Los delfines color pardo llegaron tan cerca al barco que casi se podían tocar, emitiendo sonidos que sólo un delfín puede entender.
Después de varios minutos, poco a poco fueron saltando entre las olas y desapareciendo en el horizonte, no sin antes haber demostrado que en esta agua, hay mucho que ver.
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